Me asomé a las 21.21 del 22 de septiembre, el último día del verano, a la calle Real de mi pueblo --por donde mi imaginación siempre se ha escapado al mundo- porque al anochecer los cielos se ponen rojos por el camino mozárabe de Santiago, dirección Hinojosa.

El último día del verano

El otoño borró toda huella del estío y los cielos enjuagaron el ambiente de cualquier rescoldo veraniego. En la soledad de la casi noche de un pueblo las pocas personas que vi ya se habían colocado una prenda de manga larga y las calles mojadas habían borrado cualquier empeño vecindario de sentarse al fresco. Aunque fuera la última noche de verano. Y en Lucena, el agua ya se hubiera desatado como todos los comienzos de otoño y en las Islas Canarias un volcán calentase la tierra de La Palma. Deben ser los finales y comienzos de algo. Siempre imprevisibles. Cuando se acaban los veranos los pensamientos se alejan del dolce far niente y se entregan a la inefable agenda, esa que tiene renglones con casi obligación de vivir. Como le ocurre a los párvulos, colegiales, bachilleres y universitarios. Y a la Universidad de Córdoba, cuyo curso han inaugurado los reyes.

Agendas algo obvias pero que son la esencia de la humanidad, que comienza cada otoño: que las aulas, escuelas y colegios transmitan el saber a los más jóvenes es el mayor milagro de la vida y la constatación de que el ser humano mantiene todavía algunas bondades. Aparte de la de saber conservar la belleza en trayectos de tanta historia como -cuando se viene del dentista- el de la entrada a Córdoba desde el Sector Sur, el que divinizaron a su estilo los árabes que nos construyeron la Mezquita, el arca de oro para el turismo y para algún que otro colectivo religioso, cuya propiedad será reclamada al Gobierno el 6 de octubre en la puerta del Congreso de los Diputados.

Ahí enfrente están los cielos de Córdoba, que cubren el verdor de la Sierra y que toman forma de monumentos delante de edificios como el Palacio de Orive, el Museo Arqueológico o la iglesia de san Lorenzo. Y ahí a la derecha, el atrezzo de la Córdoba histórica, turística y sentimental, la Torre de la Calahorra, el Puente Romano y la Mezquita, adornados con la Judería, los Baños Califales, el Alcázar de los Reyes Cristianos y el Seminario, y reconfortados del calor en verano por el Guadalquivir, el río que guarda todos los misterios de Córdoba.

Como los pueblos guardan sus secretos de verano, no en los ayuntamientos ni en sus papeles oficiales sino en las terrazas de sus bares, que desde que el covid dejó de apretar se han convertido, sobre todo viernes y sábados, en salones públicos donde hasta hay que reservar sitio con antelación. Terrazas cubiertas con las estrellas de los cielos starlight que convocan cada verano, antes del otoño, a nativos de estas tierras que al final encontraron en Sant Boi de Llobregat lo que en su día no le pudieron ofrecer Villaralto o Bujalance. Como les ocurre a Mari Carmen y a Pedro, que han empleado parte de sus vacaciones en visitar a su tío Máximo, un auténtico personaje de la historia de Villaralto, que ahora está en el Prode de Pozoblanco. Para eso sirven, entre otras cosas, las terrazas de verano, para volver a ver aquellas caras que el curso nos aleja. Y comprobar cómo de la vida algo ajetreada vamos desapareciendo los viejos y quedando sólo jóvenes, a los que no conoces. El verano, que acabó el pasado miércoles, es ese ejercicio anual en el que puedes desenvolver tus conocimientos de geografía local. Me fui a Añora atraído quizá por su alma y por aquella tormenta con música clásica a toda potencia que viví en el Seat Panda de Manuel Pérez Moya, entonces cura de mi pueblo y ahora deán-presidente del Cabildo Catedral. En las calles no sonaba Mozart ni Beethoven pero sí un silencio envolvente que te susurraba la belleza de un pueblo que en su arquitectura popular destacan las «fachadas de tiras formadas por sillares de granito con el rejuntado blanqueado con cal». Un pueblo resucitado, cuidado y limpio en el que ví solo dos carteles de «se vende». Al lado de Dos Torres, donde la belleza se torna clásica. Como clásicas han sido estas noches de verano donde las terrazas han unido a quienes saben que los otoños son el comienzo del otro mundo, el de la oscuridad del invierno.