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ASTRONOMÍA

El murciélago celeste

Localizada en la constelación de Orión, la nebulosa de reflexión NGC 1788 es un gigantesto amasijo de gas y polvo situada a unos 2.000 años luz de distancia de la Tierra . Fue descubierta en el siglo XVIII por Wiliam Herschel

 

Imagen de la nebulosa de reflexión NGC 1788, el ‘Murciélago Cósmico’, en la constelación de Orión. - ESO / ÁNGEL R. LÓPEZ-SÁNCHEZ

Ya a finales de invierno, a punto de comenzar la primavera (lo hará el miércoles 20 de marzo a las 22:58, hora local en la España peninsular), la constelación de Orión, una de las más importantes del cielo, comienza su lento declinar hacia el oeste. En verdad aún será visible durante los dos próximos meses, aunque en esta época del año, con la duración de las noches disminuyendo y con días cada vez más largos, parece que las constelaciones occidentales «corren más rápido» hacia su crepúsculo (todo lo contrario que lo que ocurre tras el equinoccio de otoño, cuando su velocidad parece que se ralentiza). Tras desaparecer en mayo por su cercanía al Sol y su posición en el ecuador celeste no recuperaremos a Orión hasta las madrugadas de agosto, por eso es bueno disfrutar de sus secretos mientras aún podamos.

La constelación de Orión (el «cazador celeste») se encuentra en plena Vía Láctea, aunque no mirando hacia su centro, sino casi en dirección contraria. Aun así encontramos multitud de cúmulos de estrellas, nebulosas brillantes, nebulosas oscuras, estrellas de diverso tipo y cadáveres estelares. Además de la famosa Nebulosa de Orión (M 42, visible a simple vista como un punto borroso desde cualquier lugar donde la contaminación lumínica no sea importante) existen muchas otras nebulosas en esta zona del cielo, desde la esquiva pero preciosa Cabeza de Caballo a un gigantesco arco difuso sólo apreciable en fotografías pero casi tan grande como la misma constelación de Orión, el «Bucle de Barnard».

Por supuesto, las nebulosas que más destacan en el firmamento son brillantes «nebulosas de emisión», como M 42. Esto es así porque el gas emite luz de forma intrínseca, en unos colores muy puros dados por los elementos químicos que alberga la nebulosa. Otro tipo de nebulosas son las «nebulosas oscuras», básicamente gigantescas nubes frías de polvo y gas denso, que «absorben» la luz que hay detrás, apareciendo como un manchón negro en el cielo. La nebulosa Cabeza de Caballo es un ejemplo de nebulosa oscura. Sin embargo, existe un tercer tipo de nebulosas: aquellas que no emiten luz pero son capaces de reflejar la luz de estrellas cercanas. A este tipo de nebulosas se las designa como «nebulosas de reflexión». A veces son difíciles de ver, al ser muy poco luminosas, pero muchas de ellas pueden ser bastante llamativas.

Es el caso de la nebulosa de reflexión NGC 1788. Localizada en la parte sudoriental de la constelación de Orión, relativamente cerca de la brillante estrella Rigel, NGC 1788 es un gigantesco amasijo de gas y polvo localizado a unos 2.000 años luz de distancia de nosotros. En el interior de la nebulosa existe un grupo de estrellas jóvenes: pueden distinguirse a través de los jirones de gas y polvo. Las estrellas jóvenes emiten su luz principalmente en colores azules, de ahí que el color difuso predominante de la nebulosa de reflexión sea el azul. Pero además NGC 1788 posee una banda alargada de polvo interestelar que la atraviesa. Esta peculiaridad le ha dado un apodo: a NGC 1788 también se la conoce como el «murciélago cósmico». El polvo absorbe de forma muy eficiente la luz azul, de ahí que en la zonas menos densas aparezcan destacados los colores anarajados y rojizos. Incluso las estrellas en sus partes centrales (como las dos cercanas que podrían parecer los «ojos» del murciélago) aparecen amarillas y no azules, como son en realidad, por la acción del polvo.

Aquí mostramos una nueva imagen de NGC 1788 obtenida usando el instrumento FORS2, instalado en Antu, una de las Unidades de Telescopio del VLT (Very Large Telescope) de 8.2 metros de tamaño, en el Observatorio de Paranal (Chile) y propiedad del Observatorio Europeo Austral (ESO). FORS2 lleva 20 años proporcionando impresionantes imágenes y datos científicos, pero su versatilidad ha permitido también crear fantásticas estampas del firmamento, como esta imagen de NGC 1788. No en vano, la imagen pertenece al programa de divulgación científica «Joyas Cósmicas de ESO», en la que se producen fotografías de objetos interesantes y atractivos con un fin educativo y divulgativo cuando las condiciones meteorológicas no son óptimas para el uso científico.

NGC 1788 fue descubierta a finales del siglo XVIII por el famoso astrónomo germano-británico William Herschel, quien la incluyó en su catálogo de objetos nebulosos. Con el tiempo sería su hijo, John Herschel, quien en 1864 compilaría todos los objetos nebulosos conocidos (cúmulos estelares, nebulosas y galaxias, entonces la naturaleza de éstas no se conocía) en un enorme compendio: el Catálogo general de nebulosas y cúmulos de estrellas, donde muchas de las entradas (como NGC 1788) eran descubrimientos de su padre. El catálogo de John Herschel fue ampliado 24 años más tarde por el astrónomo danés John Louis Emil Dreyer, quien constituiría el famoso Nuevo catálogo general (New General Catalogue, NGC), que da nombre a más de cinco mil objetos nebulosos.

Chorros calientes

En realidad mucho no se conoce sobre NGC 1788. Esta imagen del VLT es la mejor obtenida hasta la fecha. Los astrónomos creen que la nebulosa fue formada por potentes vientos estelares procedentes de estrellas masivas más lejanas. Los vientos estelares de estrellas masivas no dejan de ser chorros calientes de plasma a gran velocidad, y darían forma a las nubes de NGC 1788. Esta nueva toma revela, no obstante, nuevos detalles no conocidos hasta ahora, como la estructura filamentosa del gas, incluyendo «hilillos difusos de polvo» que bien podrían estar guiados por los campos magnéticos existentes en la nebulosa. Pero, como tantas veces, harían falta nuevas observaciones detalladas y usando otros instrumentos para comprender realmente su naturaleza. Nos encontramos de nuevo, así, ante un caso de retro-alimentación de la divulgación científica, cuyos resultados pueden usarse muchas veces para comenzar una nueva investigación científica.

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