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ASTRONOMÍA

El color del aire

Cada vez más gente vive en ciudades plagadas de luces y cada vez quedan menos ‘refugios’ desde donde disfrutar del espectáculo visual de cielos oscuros

 

Panorámica del cielo nocturno una noche sin luna sobre el Observatorio de Paranal (Atacama, Chile). - Y. Beletsky (LCO)/ESO.

Los cielos de nuestras ciudades dejaron de ser oscuros hace décadas. Algunos dirán que se trata del progreso, muchos otros sostenemos que el derroche loco de luz que supone la contaminación lumínica no tiene nada de bonito, no sólo por el enorme impacto medioambiental y a nosotros mismos que supone, además del enorme y tonto gasto económico que supone, sino porque hemos perdido nuestro contacto con el cielo estrellado. El problema se agrava ahora con el lanzamiento de las mega-constelaciones de satélites. Iniciada por el proyecto Starlink de la compañía privada aeroespacial estadounidense SpaceX, que en pocos años quiere poner miles de satélites en órbita baja terrestre (ya lleva unos doscientos) las mega-constelaciones de satélites van a cambiar nuestro firmamento para siempre (o, al menos, hasta que ‘se caigan’ los satélites), al tener muchos más ‘puntos que se mueven’ que estrellas en un cielo contaminado por el alumbrado humano.

El firmamento observado bajo un cielo completamente oscuro una noche sin luna proporciona una paz y serenidad difícil de conseguir de otra manera. Bien lo expresó el famoso astrónomo francés Camille Flammarion en el siglo XIX:

En la hora silenciosa de la medianoche, en la tranquila soledad de los campos o en las orillas del mar, con su eterno murmullo, la contemplación del cielo transporta nuestras almas a esa paz de las regiones lejanas e infinitas que es ese grandioso y sublime espectáculo del cielo.

Ha sido precisamente observando ese cielo estrellado como durante milenios los seres humanos se han planteado grandes interrogantes: no pocas ideas científicas y preciosas obras de arte han sido consecuencia de las reflexiones que produce la observación del cielo oscuro. Posiblemente el lector haya tenido alguna de estas experiencias en alguna noche de verano perdido en la naturaleza y lejos de las nefastas luces de nuestra orgullosa civilización.

Sin embargo cada vez más y más gente vive en ciudades plagadas de luces y cada vez quedan menos de estos ‘refugios’ desde donde disfrutar de cielos oscuros. Ciertamente sí están creciendo a nivel mundial las iniciativas de promover el turismo astronómico en lugares donde se respeta la correcta iluminación nocturna, que se coloca de forma eficiente y sólo donde es realmente necesaria. En la Sierra de Córdoba tenemos la enorme suerte de contar con una ‘Reserva Starlight’, que cuenta con un cielo oscuro adecuado para el disfrute del cielo. En efecto, Los Pedroches cuenta con numerosos puntos adecuados para observar las estrellas, entre los que destacan parques periurbanos, ermitas o antiguas minas que se distribuyen por la comarca, formada por los 17 municipios de Cardeña, Conquista, Villanueva de Córdoba, El Guijo, Santa Eufemia, El Viso, Villaralto, Alcaracejos, Torrecampo, Añora, Pozoblanco, Pedroche, Dos Torres, Hinojosa del Duque, Fuente la Lancha, Villanueva del Duque y Belalcázar.

Los observatorios astronómicos profesionales suelen estar lejos de las fuentes de contaminación lumínica, incluso se han creado ‘leyes específicas’ para proteger la oscuridad del cielo nocturno. Cuentan con estas normativas los observatorios profesionales de Calar Alto (Almería) y los de las Islas Canarias (El Roque de los Muchachos en La Palma e Izaña en Tenerife), pero aún así a lo lejos siempre queda un halo de luz difusa de las ciudades.

Esto no pasa en observatorios astronómicos localizados en lugares aún más remotos. Quizá el paradigma de ellos sea el Observatorio de Paranal (Chile). Gestionado por el Observatorio Europeo Austral (ESO por sus siglas en inglés) y localizado a 2635 metros sobre el nivel del mar, en lo más profundo del desierto chileno de Atacama, el Observatorio de Paranal goza de uno de los cielos más oscuros de la Tierra al estar completamente alejado de la contaminación lumínica de ciudades y pueblos, siendo así un enclave único para la investigación astrofísica a nivel internacional. Los telescopios allí instalados, destacando las cuatro unidades de 8.2 metros de diámetro del Telescopio Muy Grande (‘Very Large Telescope’, VLT en inglés), escudriñan el universo profundo bajo unas condiciones atmosféricas envidiables.

Irónicamente la oscuridad extrema que se tiene bajo los cielos del Observatorio de Paranal ha permitido observar un fenómeno que se conoce desde mitad del siglo XIX pero que hasta recientemente no se había podido registrar bien: el cielo nocturno también puede brillar, y además lo hace en colores.

La imagen que mostramos hoy es una panorámica de gran campo mostrando el cielo del verano austral (esto es, nuestro invierno), con el oeste hacia la derecha (donde aparece las constelaciones de Orión y Auriga), el sur en el medio (las Nubes de Magallanes y las constelaciones de la Cruz del Sur y Carina) y el este a la izquierda (constelaciones zodiacales de Escorpión, Ofiuco y Sagitario), con la Vía Láctea (ese ‘arco difuso de estrellas’) recorriendo de punta a punta la toma. Esta fantástica fotografía la obtuvo el famoso astrofotógrafo Yuri Beletsky (LCO/ESO) desde la ubicación del telescopio VISTA (acrónimo de ‘Visible and Infrared Survey Telescope for Astronomy’, ‘Telescopio Astronómico de Rastreo en Visible e Infrarrojo’). También muestra el sendero de tenues luces amarillas que conduce hacia Cerro Paranal, la montaña del centro de la imagen, donde casi puede discernirse en la cima el complejo VLT.

Pero, además, esta preciosa imagen muestra algo muy curioso: hay colores rojizos y verdes en el cielo. Estos colores son reales, están ahí, en nuestra atmósfera, que brilla de forma muy irregular.

¿A qué se deben esas tonalidades de color? Se trata de un fenómeno conocido como ‘luminiscencia nocturna’ (‘airglow’ en inglés), que es el ligero resplandor en el aire creado durante el proceso en el cual los átomos y moléculas de la atmósfera se combinan y emiten radiación. El fenómeno lo describió por primera vez el físico sueco Anders Ångström, uno de los padres de la espectroscopía.

El efecto de la ‘luminiscencia nocturna’ es más intenso a baja altura, dado que nuestra visual corta mucha más atmósfera que cuando miramos cerca del cenit. Los colores rojos y verdes dependen de los gases involucrados en la emisión. La más común (rojiza) es la formación de monóxido de nitrógeno (NO) como consecuencia de la unión de nitrógeno y oxígeno, una vez la luz solar ha roto las moléculas de oxígeno (O2) y nitrógeno (N2) y dejado los átomos libres.

Al igual que pasa con las auroras, la ‘luminiscencia nocturna’ cambia poco a poco durante la noche. Algunos vídeos time-lapses han permitido ver esta evolución, que a veces es muy dramática y por supuesto también afecta a las observaciones astronómicas. Aunque el efecto es muy evidente desde el Observatorio de Paranal dada su extrema oscuridad, la ‘luminiscencia nocturna’ se puede fotografiar con las cámaras digitales actuales desde muchos otros lugares, incluso con baja contaminación lumínica.

¡Cuántas maravillas del la Tierra y el Cielo nos perdemos inundando nuestras ciudades de luces!.

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