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Tribuna abierta

Estallido de cólera, no una revolución

 

Estallido de cólera, no una revolución -

Ana Belén Soage Ana Belén Soage
07/01/2018

La ola de protestas que sacude Irán es la más importante desde el Movimiento Verde del 2009, pero su naturaleza es muy diferente. Las movilizaciones de entonces, que comenzaron como reacción a la reelección fraudulenta del conservador populista Mahmud Ahmadineyad, estaban lideradas por intelectuales reformistas y reflejaban las reivindicaciones políticas de las clases medias; las actuales carecen de liderazgo y comenzaron expresando los agravios económicos de los más desfavorecidos. En el 2009, centenares de miles de personas marcharon en las calles de Teherán y otras grandes ciudades, en general de forma pacífica; las acciones de los últimos días, a menudo violentas, se han extendido a docenas de poblaciones de todo el país, pero la participación ha sido mucho menor.

Las protestas comenzaron el 28 de diciembre en Mashhad, un bastión conservador al noreste de Irán, aparentemente incitadas por predicadores locales, pero no tardaron en propagarse a otras localidades y franjas demográficas. Así, al día siguiente los disturbios más importantes tuvieron lugar en la ciudad kurda de Kermanshah, donde un terremoto dejó centenares de muertos y miles de heridos en noviembre y muchos consideran inadecuada la respuesta de las autoridades a la catástrofe. Sin embargo, los reformistas, que apoyan al presidente Hasan Rohaní y recelan del radicalismo de los manifestantes, han preferido mantenerse al margen.

Las movilizaciones por motivos económicos son relativamente frecuentes en Irán. Años de sanciones han afectado gravemente a la economía, con una inflación que ronda el 10% y una tasa de paro oficial de casi el 12% (entre los jóvenes, más del doble). Rohaní había asegurado que el acuerdo sobre el programa nuclear que firmó con las potencias mundiales en el 2015, al que se oponían los sectores más duros del régimen, conduciría a una bonanza. La recuperación ha sido más modesta de lo esperado --en parte por la belicosa actitud de Donald Trump, que intranquiliza a los inversores--, y ello ha generado sentimientos de frustración. Los más pobres, además, se han visto especialmente perjudicados por los recortes con los que el Gobierno ha intentado equilibrar las finanzas públicas.

Los eslóganes de los manifestantes expresan su cólera contra aquellos a quienes juzgan responsables de sus dificultades económicas, pero también su descontento con el sistema político. Al inicial «Muerte a Rohaní» pronto se añadió «Muerte al dictador», en referencia al líder supremo, Alí Jameneí, y «Reza Shah, descansa en paz», en honor al fundador de la dinastía depuesta por la revolución islámica de 1979. Se han coreado, asimismo, consignas denunciando el poder de los clérigos, condenando la corrupción y criticando la costosa política exterior en Siria, Palestina, Líbano y Yemen.

Rohaní se ha mostrado conciliador, afirmando que los iranís tienen derecho a manifestarse pacíficamente, pero no a cometer actos de vandalismo. Los conservadores se han mostrado más severos. Jameneí ha acusado a enemigos externos de fomentar los disturbios, y el secretario de Consejo Supremo de Seguridad Nacional, Alí Shamjani, ha identificado a dichos enemigos como EEUU, Gran Bretaña y Arabia Saudí. Por su parte, el presidente del Tribunal Revolucionario de Teherán, Musa Ghazanfar-Abadi, ha advertido que algunos de los más de medio millar de arrestados podrían enfrentarse a cargos de moharebah, o guerra contra Dios, que acarrea la pena de muerte. No obstante, hasta el momento la actuación de las fuerzas de seguridad ha sido relativamente comedida.

Ante esta situación, los líderes mundiales han preferido reaccionar con cautela... salvo Trump, que a través de Twitter ha expresado su apoyo al «gran pueblo iraní (...) hambriento de comida y libertad». Sin embargo, Trump no es popular en Irán, al que ha incluido en su polémica lista de países cuyos ciudadanos tienen prohibida la entrada en EEUU, y sus tuits sirven los intereses de los sectores más duros en Teherán, puesto que parecen sustanciar la tesis de la conspiración extranjera.

En realidad, es poco probable que las protestas cuajen en un movimiento coherente que suponga una seria amenaza contra el régimen. Incluso podrían acabar unificando y reforzando a sus elementos más conservadores contra Rohaní y sus aliados reformistas, quienes sin duda representan la mejor apuesta de futuro para Irán y para el resto del mundo.

* Especialista en asuntos del Islam y Oriente Medio. Analista de Agenda Pública

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