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Fuera de trama

Cuesta de enero

 

Resbaladiza, glacial y contagiosa. Qué tiempos aquellos en los que la cuesta de enero consistía en apretarse el cinturón (el figurado, al otro más bien hacerle algún agujero nuevo) porque nos habíamos pasado de la raya gastando en regalos y comilonas.

Entre asaltos a la democracia estadounidense, esa que se empeña en identificarse como la mejor del mundo, el desastre meteorológico cuya ineficaz gestión ha colapsado buena parte de nuestro país y la muy previsible y pavorosa escalada en los contagios de coronavirus, el 2021 comienza casi como una película de terror. Luego están otros elementos que lo complementan, como la obscena subida del precio de la luz cuando más se necesita. Una indecencia más del mundo en que vivimos. Una se imagina a los grandes directivos sonriendo pérfidamente ante el descenso de temperaturas y dando al botón que nos sube las tarifas. O como las idas y venidas de quienes crean mandatos y prohibiciones al final del día, que nos desconciertan hasta el punto de no poder decidir sobre nuestras vidas a cuarenta y ocho horas vista, no digamos ya si eres comerciante u hostelero y la supervivencia de tu negocio depende de cómo se gestionen esos cierres temporales intermitentes arbitrados en disposiciones de última hora. Para tirarse de los pelos hasta quedarse sin ninguno. Pero que no se vayan a Turquía a reponerlos, por lo que más quieran.

Por si no fuera poco, están los negacionistas del cambio climático, de las vacunas y, en el colmo del ridículo, hasta de la nieve. Si bien podrían ser objeto de mofa en ciudadanos de a pie, se convierten en peligros andantes cuando quienes sueltan esas lindezas por la boca o la red social son dirigentes políticos, esos que nos gobiernan y a los que se les presupone –cada vez menos, a tenor de lo vivido– una capacidad de discernimiento y un sentido de la responsabilidad que se esfuerzan en manifestar que no poseen.

Uno de los pocos rayos de esperanza lo ha supuesto comprobar que los responsables de algunos de los gigantes tecnológicos –que nos gobiernan bastante más que los que ganan elecciones– se han atrevido al fin a privar de su megáfono preferido al desequilibrado más conocido del planeta. Miles de bulos durante todo su mandato, glorificación de la violencia, incitación a la insurrección, discurso de odio, desprecio absoluto de la democracia. Aun con todo, tuvo que morir gente para que dieran el paso. Veamos si los senadores estadounidenses tienen también los arrestos necesarios para condenarle en el juicio político y abrir así una puerta para la inhabilitación de esa amenaza global en forma de hombrecillo naranja. Eso sí que sería hacerle un gran favor a su país, y de paso, al mundo entero.

Otra noticia esperanzadora es que las vacunas, tras unos inicios tambaleantes en los que a algunos se les olvidó contar con el personal que tendría que administrarlas, parece que cogen el paso y van llegando a más gente. Eso sí, lentas, muy lentas. Frente a las previsiones optimistas de tener al setenta por ciento vacunado a final de año, los nuevos datos hablan de que a este ritmo podría tardarse unas seis veces más.

Mientras, nos volvemos cada vez más ermitaños, normalizamos las videoconferencias en pantalón de chándal y nos acostumbramos a una situación que ya va camino de darle la vuelta al calendario. Visto hacia atrás, parece exagerada la que se lio con las manifestaciones del pasado ocho de marzo, los mítines y los partidos de fútbol, como si su prohibición hubiera evitado que nos alcanzara la pandemia. Está claro que el maldito virus nos pillaría antes o después. A cuántos de esos que sacaban pecho por estar haciendo las cosas bien no ha cerrado bocas. Este virus no atiende a muchas razones, no hay más que ver la incidencia misteriosa en Extremadura, una región eminentemente rural con escasa y desperdigada población. Una ya solo espera que la vacuna le vaya metiendo en vereda y el 2021 no nos depare un nuevo giro de guion en forma de nueva cepa o quién sabe qué.

En tanto, cuídense, cuídennos, y no salgan de casa sin la mascarilla ni los crampones, que en algunos hospitales ya no queda yeso. Tan verídico como surrealista, porque este nuevo tiempo ha hecho compatibles términos oximorónicos, tales como realidad y distopía. Esperemos que El Mundo Today no cierre porque el escenario actual ha superado todas las expectativas del absurdo. Que nos faltara el humor sería otra terrible noticia.

* Escritora

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