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Cines gaza

 

JOAQUIN PEREZ Azaústre
20/07/2014

Vamos a ver la muerte con su juego sonoro, con racimos colgantes de incendios en pantallas de piel. Vamos con palomitas, sillas plegables y prismáticos, porque con suerte aun será posible distinguir cómo revienta una cabeza mínima, con su migraña líquida manchando el fotograma de pensamiento infantil. Vamos a la frontera, disfruta el espectáculo. Lo están haciendo varias familias israelíes, mirar el bombardeo de los ciudadanos palestinos en Gaza, sistematizado y público, en este nuevo cine de verano no sólo por la tarde, sino desde las 9 de la mañana: porque el show debe continuar y lo hace muy temprano, con las primeras casas arrasadas bajo la piel mordida del escombro.

Todavía han muerto pocos, unos 200 palestinos solamente: seguro que la cifra podría incrementarse invirtiendo en efectos especiales, sin rigor de apariencia. ¿1.500 heridos? Para eso se ataca Gaza cada amanecer, para dar espectáculo. Mirar el horror ajeno, con cámara en la mano, es una ocupación estimulante y casi gratuita, quitando los refrescos y la gasolina, si te acercas en coche. Ver morir palestinos resulta, al parecer, entretenido, y ver volar aviones de combate como estigmas de plata, abriendo el cielo en dos, masacrando al vecino más molesto, a su esposa y sus hijos, oscurecidos por la piel del rezo, les abre el apetito antes del desayuno. La imagen la divulga el The New York Times : israelíes que van con sus hamacas a ver morir al prójimo, brindando cada vez que aciertan los misiles sobre Gaza, algo no muy distinto a lo que ya se viera en 2009.

La barbarie no es nueva: durante la Guerra de Secesión americana, también las altas damas de la burguesía iban con sombrilla y juego de té a ver esos despliegues militares de las tropas matándose entre ellas, toda esa juventud sacrificada en el tablero de la libertad, hasta que la metralla caía demasiado cerca de las enaguas frígidas y el calor de la pólvora las hacía volver. No es lo mismo: porque aunque la muerte por violencia acabe siendo siempre un barbarismo, no puede ser igual una lucha entre adultos, decidida o forzada, que el asesinato de unos niños, indefensos y ajenos a este cielo opaco de cuchillas. Porque en Gaza se están asesinando niños mientras los israelíes, además de matarlos a través del bombardeo no indiscriminado, sino seguro en esa exactitud, van con pipas de agua y frutos secos, aplaudiendo cada vez que una bomba llega a su objetivo, con esos gritos broncos de alegría con el gas del horror saliendo de las cámaras y el campo de exterminio convertido en la noche del sábado.

Mientras, la diputada ultraderechista Ayelet Shaked, del partido sionista The Jewish Home --integrado en la coalición de Gobierno--, recomienda, durante su discurso en el Knesset --algo así como su parlamento local-- "matar a todas las madres de Palestina para que no nazcan más terroristas" porque "todos los palestinos son nuestros enemigos y deben morir, su sangre debe estar en nuestras manos". Toda una declaración de intenciones directa, quizá demasiado bronca, pero no tan ajena a ciertos sentimientos muy ocultos, puestos de manifiesto cuando un país arrasa, y no es la primera vez, a la población civil de su vecino, y la población propia no se levanta a golpe de protestas.

Tengo amigos judíos y admiro la epopeya del pueblo de Israel, sus Sagradas Escrituras y su dolor sagrado, y hasta he escrito un libro sobre la comunidad poética sefardita en Lucena. Pero estoy ya un poco harto de los golpes de pecho de La lista de Schlinder , la capitalización del sufrimiento y la apropiación de palabras como exterminio y holocausto --que algunos judíos sólo puede referirse al nazismo-- mientras en Gaza se cuece, se quema y se silencia un nuevo genocidio, con su propia crueldad.

Pero si criticas un ápice ciertas actitudes judías, inmediatamente serás tiznado de antisemita. Pero más allá de la vergüenza estomacal, de la indignidad venosa, de que me encantaría poder meter a estos espectadores dentro de ese fuego que ahora aplauden, me agota la apropiación continua de la historia, y también del lenguaje. A diferencia del secretismo nazi, para estos escenarios de exterminio hay largas colinas, butacas y vistas.

* Escritor

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