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Tribuna abierta

China, nacionalismo central contra periféricos

 

China, nacionalismo central contra periféricos - JEROME FAVRE

Georgina Higueras Georgina Higueras
06/08/2019

La situación en Hong Kong, Taiwán y Xinjiang se complica enormemente para un Xi Jinping agobiado por la guerra comercial con EEUU y la necesidad de mostrar a sus ciudadanos que el barco que comanda no zozobra. Aunque los medios de comunicación continentales, todos estatales, ofrecen una información muy limitada sobre las manifestaciones que se suceden desde hace más de dos meses en la antigua colonia británica de Hong Kong, entre los chinos del interior crece el malestar hacia quienes consideran unos “privilegiados económica, social y políticamente”.

Desde su fundación en 1921, la prioridad del Partido Comunista Chino (PCCh) fue expulsar a los extranjeros, recuperar la soberanía nacional y levantar a China (Zhongguo qilai) de la postración impuesta por los imperialistas tras la Guerra del Opio (1839), cuya derrota acarreó la pérdida de Hong Kong. Este fuerte componente nacionalista del PCCh convirtió la integridad territorial en la gran meta de los dirigentes del partido, empezando por Mao Zedong. La fórmula de Deng Xiaoping ‘Un país, dos sistemas’ facilitó la devolución de Hong Kong (1997) y de la colonia portuguesa de Macao (2000). Xi Jinping sueña con recuperar Taiwán, pero lo que no se puede permitir, ni él ni ningún otro líder comunista, es perder ni una micra de territorio.  

Las protestas de Hong Kong contra el proyecto de ley de extradición ya suspendido, apoyadas abiertamente por Taiwán, evidencian un claro aumento de la fractura entre el nacionalismo central que sustenta el PCCh y las demandas democráticas de la periferia. Los jóvenes de Hong Kong, que no han vivido los tiempos de la colonia sino las libertades que los británicos negociaron para ellos -aunque se guardaron mucho de dárselas a sus padres- perciben que las están perdiendo, mientras los de Taiwán, nacidos en una isla de facto independiente, rechazan el plan de ‘un país, dos sistemas’ que les colocaría bajo el paraguas comunista.

El actual pulso de los hongkoneses contra Pekín tiene dos importantes precedentes. En 2003, unas protestas menos masivas tumbaron un proyecto de ley antisubversión que penaba la sedición y la traición a China. En 2014, sin embargo, la Revolución de los Paraguas no logró la elección directa del jefe del Gobierno de la Región Administrativa Especial (RAE). La violencia desatada ahora podría haber sobrepasado los límites de la tolerancia de Pekín, cuya eventual respuesta apunta a limitar las libertades y la autonomía de Hong Kong.

Amenazas
Las voces que se alzan en el continente contra las protestas en la RAE son cada vez más altas. Si las redes sociales se incendian, todo el país corre peligro de desestabilización, lo que compromete el futuro del PCCh. Pekín nunca -hasta el asalto, el 18 de julio, de la Oficina de Enlace (la delegación del Gobierno central)- había amenazado con utilizar al Ejército Popular de Liberación (EPL) para poner fin a la violencia. El EPL tiene estacionados desde 1997 en Hong Kong 6.000 soldados. El artículo 14 de la Ley Básica de la RAE establece que las unidades militares solo podrán interferir en los asuntos internos de la región cuando el Gobierno local lo solicite “para mantener el orden público o en caso de catástrofe”. El dramático recuerdo de Tiananmen (1989) y el empeño de China por preservar su imagen internacional frenan, aunque es difícil prever por cuánto tiempo, la intervención militar.

La gran beneficiaria de este choque es la presidenta de Taiwán y líder del independentista Partido Democrático Progresista, Tsai Ing-wen, cuya popularidad se ha disparado al ser vista como la única política capaz de defender Taiwán de las fauces comunistas. Al Partido Nacionalista (KMT), cercano a Pekín, que parecía enfilado a ganar las elecciones presidenciales de enero, se le ha puesto muy difícil el camino, pese a haber elegido como líder a su rutilante estrella Han Kuo-yu.

Además, el nacionalismo central se identifica con el de la mayoría han, la etnia a la que pertenece el 91% de la población de China. Naciones Unidas y Occidente critican duramente a Pekín por internar en campos de reeducación a un millón de uigures para supuestamente “impedir su radicalización” y en la ideología del PCCh. De religión musulmana y lengua túrquica, los uigures poblaban mayoritariamente Xinjiang, la región más occidental y pobre del país, pero las migraciones forzosas de hanes les han reducido al 45% de los 21 millones de habitantes. Para “ganarse el corazón uigur”, Xi prepara un programa de desarrollo de Xinjiang, pero ha de hacerlo con tiento, ya que muchos hanes consideran que las 55 minorías nacionales gozan de prebendas que ellos no tienen.

* Periodista

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