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Tribuna abierta

Aerosoles y discotecas

Aunque el covid sigue planteando interrogantes, se saben cosas que ayudan a controlarlo mejor

 

Joaquín Rábago Joaquín Rábago
12/08/2020

Confieso no entender – o tal vez sí lo entiendo, por la presión que están ejerciendo sin duda los empresarios del ocio nocturno- el hecho de que se permita en España que las discotecas permanezcan abiertas hasta determinada hora de la noche, como si el coronavirus solo atacase a partir, por ejemplo, de la medianoche y no en cualquier momento.

Ni entiendo tampoco cómo no hay reglas que valgan para todo el país y que regulen cuestiones como esa, que afecta no solo a la salud de los jóvenes que frecuentan esos lugares, en los que es ciertamente difícil mantenerlos amordazados porque bailan, beben y tienen que hablar en voz muy alta debido a la música, sino también a todos aquellos con los que, si se infectan, puedan entrar en contacto.

Todos hemos sido alguna vez jóvenes y sabemos que es propio de la juventud sentirse invulnerable, pero, en caso de un virus tan insidioso como está demostrando ser el de Wuhan, habría que exigirles también responsabilidad para con los demás, sobre todo con los mayores, empezando por sus propios familiares. ¿O debe primar únicamente el egoísmo, el «después de mí, el diluvio»?

El covid-19 sigue planteando todavía muchos interrogantes a la comunidad científica mundial, pero algunas cosas se van sabiendo que pueden ayudar a controlarlo mejor mientras se trata de encontrar una vacuna: por ejemplo, que se propaga mediante aerosoles, partículas sólidas o líquidas de milésimas de milímetro de espesor que no obedecen las leyes de la gravedad.

Esas partículas, que generamos al hablar, sobre todo si es en voz alta, pero también muchas veces por el solo hecho de respirar, permanecen durante horas como flotando en el aire cuando se trata de espacios cerrados y sin apenas ventilación.

Según Detlef Lohse, físico de la Universidad holandesa de Twente, esas gotitas minúsculas son de larga duración y, dado su pequeñísimo tamaño, se infiltran fácilmente en los pulmones de quienes respiran el aire de un local cerrado como pueden ser también un bar o un restaurante.

La propia temperatura corporal de las personas que están en el local imprime a esas partículas un movimiento ascendente de tipo térmico, y bastan dos o tres minutos para que se propaguen por toda una sala, señala, en declaraciones a la revista Der Spiegel, Martin Kriegel, de la Universidad Libre de Berlín.

Las posibilidades de contagio aumentan conforme más tiempo permanezca una persona en un espacio cerrado, coinciden los científicos, según los cuales la ventilación es absolutamente imprescindible en ese tipo de situaciones. Y se recomienda además no quitarse la mascarilla en ningún momento, algo prácticamente imposible en una discoteca.

Ventilar bien, abrir todas las ventanas, es asimismo de capital importancia en los colegios, que van a abrir ahora sus puertas para acoger a los alumnos en un nuevo curso escolar que se presenta en principio muy complicado. En Alemania, país de gentes viajeras, muchos temen el regreso a las aulas de tantos niños que han pasado sus vacaciones en el extranjero y pueden ser transmisores asintomáticos del virus.

El antes citado científico, Kriegel, aconseja a los directores de escuela que dispongan que a cada media hora de enseñanza siga una pausa de un cuarto de hora para airear bien el aula, a la vez que recomienda utilizar aparatos capaces de medir la concentración allí de dióxido de carbono porque su abundancia puede coincidir con la concentración de aerosoles en el ambiente.

Mientras tanto, otros expertos como Christian Kähler, profesor de dinámica de los fluidos en la Universidad de las Fuerzas Armadas de Múnich y estudioso de los aerosoles, recomiendan desconectar de vez en cuando los sistemas de circulación del aire en las oficinas o fábricas y abrir también todas las ventanas para dejar entrar la mayor cantidad de aire fresco posible.

El biofísico David Brenner, de la Universidad de Columbia (Nueva York), propone a su vez utilizar la luz ultravioleta UV-C , de onda larga - 220 nanómetros (diezmillonésimas parte de metro)-, para eliminar en cuestión de minutos virus y bacterias. Él mismo dice haberlo probado en ratones, a los que sometió durante varios meses a 8 horas diarias de ese tipo de radiación sin que se produjera daño alguno en su piel.

Según Brenner, en las aulas, en los hospitales, en los trenes y restaurantes, podrían instalarse lámparas de ese tipo, capaces de acabar en 25 minutos con el 99,9% de los virus que permanecen suspendidos en el aire. Hay que señalar, sin embargo, que la Administración de Alimentos y Medicamentos de EEUU no ha dado aún la debida autorización a ese procedimiento.

Además, todos recordarán que el tan ignorante como autocrático presidente de EEUU, Donald Trump, preguntó un día en público a sus expertos si no podría utilizarse lejía, pero también irradiar el cuerpo con luz ultravioleta, para eliminar ese virus que estaba poniendo en peligro su reelección al paralizar la economía. No es precisamente la mejor recomendación. 

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