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LA TENSIÓN ETERNA DE ORIENTE PRÓXIMO

La ciudad demasiado santa

Jerusalén es un foco en el conflicto árabe-israelí; la decisión de Trump de trasladar la embajada de EEUU puede prender la mecha

 

Vista nocturna de la ciudad de Jerusalén. - AFP / AHMAD GHARABLI

ANA ALBA / JERUSALÉN
06/12/2017

Vivir cerca de la frontera invisible que separa la Jerusalén occidental de la oriental es un privilegio. La melodía de los muecines que llaman a la oración desde las mezquitas llega a tu azotea, como las campanas de las iglesias cristianas. Los viernes, cuando cae el sol, el sonido impetuoso de una sirena te recuerda el inicio del shabat, día de descanso judío. La religión es omnipresente en la ciudad tres veces santa, cuyas piedras milenarias rezuman espiritualidad, violencia, una agitada historia e intrincada política. Es un cóctel explosivo y la posible decisión del presidente de EEUU, Donald Trump, de reconocer Jerusalén como capital de Israel puede hacer estallar una ola de violencia en la región.

Jerusalén es sagrada para las tres confesiones monoteístas mayoritarias, judaísmo, cristianismo e islam, y alberga la mayoría de sus lugares santos: la mezquita de Al Aqsa, el Muro de las Lamentaciones y el Santo Sepulcro, amparados por los altos muros de la Ciudad Vieja.

En este casco histórico de la zona este de Jerusalén, ocupada por Israel desde 1967, se encuentra la Explanada de las Mezquitas. En árabe la llaman Haram al Qudsi al Sharif (Noble Santuario de Jerusalén). Aquí se erigen la Mezquita de Al Aqsa, el tercer sitio mas sagrado para el islam, y la Cúpula de la Roca.

Para los judíos es el sitio más santo porque albergó los destruidos Primer y Segundo Templo. En hebreo, la Explanada se denomina Har HaBayit (Monte del Templo). Según la ley israelí, el acceso al recinto es libre para todas las religiones, pero se prohíbe el rezo a los no musulmanes. Los judíos oran en el Muro de las Lamentaciones, parte del complejo del Segundo Templo. En virtud del acuerdo de paz de 1994 entre Israel y Jordania, los jordanos administran el lugar con la autoridad islámica del Waqf.

En septiembre del 2000, el entonces líder de la derecha israelí, Ariel Sharon, entró en la Explanada y encendió la mecha que causó el estallido de la segunda intifada (levantamiento palestino contra la ocupación). La Explanada suele presentarse como el epicentro del conflicto entre palestinos e israelís, pero su lucha es política, no religiosa, aunque en este caso, la simbología de las confesiones tenga un gran peso.

«Yaser Arafat (líder histórico palestino) no era religioso, pero en las negociaciones de Camp David me dijo: no podemos renunciar a nuestra soberanía sobre Al Aqsa porque es un símbolo para todos los musulmanes del mundo», explica Moshe Amirav, miembro del equipo israelí que negoció la paz en Camp David en el 2000. «Cuando negocias y llegas a Jerusalén, tocas el hueso, el símbolo. Los símbolos son más importantes en Oriente Próximo que en ningún otro lugar», añade Amirav.

LA FRONTERA

Para la gran mayoría de israelís, Jerusalén es su «capital eterna e indivisible», pero la ley internacional no les da la razón. La ciudad está dividida por una frontera imperceptible, antaño marcada por alambradas: la Línea Verde, trazada en este color sobre el mapa del armisticio de 1949 que puso fin a la primera guerra entre Israel y una coalición de países árabes (1948-1949).

La línea divide la ciudad en este y oeste. Según el derecho internacional, la parte oriental pertenece a los palestinos –que quieren convertirla en la capital de su futuro Estado– y la occidental, a Israel. No obstante, la primera está ocupada y anexionada por los israelís. La comunidad internacional no reconoce a Jerusalén como capital de Israel. Si EEUU lo hace acabará con la idea consensuada de que el estatus definitivo solo puede determinarse en un acuerdo negociado.

De los 870.000 habitantes de Jerusalén, el 62% son judíos (el 25% religiosos ultraortodoxos), el 36% árabes y el 2% de otras comunidades. Los palestinos se concentran en el este de la ciudad desde que decenas de miles huyeron o fueron expulsados de sus casas en el oeste en 1948.

CIUDADANOS DE SEGUNDA

Los palestinos de Jerusalén –donde la Autoridad Nacional Palestina no tiene poder– no son ciudadanos de Israel, excepto una minoría. Su estatus es de residente permanente, son ciudadanos de segunda, aunque pagan los mismos impuestos que los israelís. Si están en el extranjero más de siete años pierden su permiso de residencia. Israel ha revocado más de 14.000 desde 1967. Por Jerusalén lucharon miles de cruzados cristianos y guerreros musulmanes legendarios como Ricardo Corazón de León y Saladino, y personajes como Sir Lawrence de Arabia tejieron aquí sus intrigas políticas en época del Mandato Británico en Palestina (1920-1948).

La demencial Jerusalén –que cuenta con un síndrome que hace creer a los enfermos que son Jesucristo o algún otro personaje bíblico– es un escollo en las negociaciones. La ONU propuso en el plan de partición de Palestina, en 1947, que la ciudad fuera un corpus separatum bajo régimen internacional.