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LA CONTRACRÓNICA DE LA JORNADA

¡Viva el ‘procés’!

Salvo por las ausencias y los lazos amarillos, los veteranos tenían la sensación de estar siendo protagonistas de ‘El Ministerio del Tiempo’

 

La bandera española junto a la ‘senyera’, ayer. - AFP / LLUIS GENE

RAFA JULVE
18/01/2018

Solo Alfons López Tena y sus compañeros de Solidaritat, allá por la novena legislatura, en septiembre del 2012, osaron retirar la bandera de España que, en el estrado, tras la bancada de la Mesa, preside junto a la senyera el hemiciclo del Parlamento catalán. Aquella acción apenas duró unas horas y a los autores les valió el enfado de la presidencia, en manos entonces de Núria de Gispert, hoy adalid de los hiperventilados.

Aquella rojigualda seguía ayer en el mismo sitio. Tampoco nadie arrió la misma enseña que ondea con la cuatribarrada en la fachada del Parlament los días de Pleno (ambas son retiradas las jornadas de ordinario). El atrezo, en el que hay que incluir las decenas de cámaras de fotos y TV que superpoblaban los pasillos, era por tanto el mismo que meses atrás. Pese a las caras nuevas que ocupaban algunos escaños, más de un veterano tenía la sensación de estar protagonizando un episodio de El Ministerio del Tiempo, del doctor Who si lo prefieren los más cosmopolitas, de haber retrocedido al 2017, al 2016, al 2015… porque estaba claro que el estreno iba a girar sobre lo mismo.

El procés ha muerto, o murió con el 1-O, la DUI y el 155, pero las urnas dijeron el 21-D que viva el procés. Suma y sigue. Con una enorme diferencia que el presidente de la Mesa de edad, Ernest Maragall, se encargó de resaltar en su discurso: «Es la primera vez que el pleno de constitución del Parlament se hace con la bancada del Govern vacía». La ausencia de los encarcelados Oriol Junqueras, Jordi Sànchez y Joaquim Forn y de los cinco dirigentes huidos a Bruselas (Carles Puigdemont, Clara Ponsatí, Toni Comín, Meritxell Serret y Lluís Puig) la suplieron los independentistas no solo con lazos amarillos en las solapas (de tela o de merchandasing de metacrilato), sino también con el mismo símbolo pero a escala mucho mayor situado en los asientos de quienes no habían acudido a votar, estén en la cárcel o no.

«Tenemos consellers presos y a otros en el exilio [...]. El Estado español no quiere saber nada de reconciliación. No sabe ganar, sabe derrotar», asestaba Maragall. «Ya empezamos. ¡Venga ya, hombre!», se quejaba la popular Andrea Levy desde la última fila.

En los asientos de invitados, el diputado a Cortes Gabriel Rufián, sentado detrás de Joan Tardà, trasteaba con su teléfono móvil y preguntaba a su compañero de filas si tenía cobertura. La sesión estaba resultando tediosa.

La petición de reconsideración efectuada por Inés Arrimadas después de que la Mesa de Edad permitiera la delegación del voto de los políticos encarcelados pareció encender un poco los ánimos, pero Maragall se ventiló el asunto en cero coma, mirando a derecha (Ruth Ribas) e Izquierda (Gerard Gómez del Moral) y a otra cosa mariposa.

Llegó la hora de votar al presidente de la Cámara y al resto de integrantes. Aplausos soberanistas cada vez que se pronunciaba el nombre de algún ausente. Saludos entre compañeros o entre rivales cuando se levantaban a depositar la papeleta. Pelín de morbo cuando Antoni Castellà, que se presentó por las listas de ERC, y su excompañero de Unió Democràtica, Ramón Espadaler, que concurrió bajo las siglas del PSC, encajaron las manos con una sonrisa. Y finalmente Roger Torrent resultó elegido. Y hubo hasta un aplauso que unió a diputadas de todos los grupos. Fue cuando Elisenda Alamany, de Catalunya En Comú Podem, reprochó que solo haya una mujer en la Mesa (Alba Vergès, de ERC).