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NOCHE BLANCA DEL FLAMENCO / CRÓNICA EN LOS ESCENARIOS ABIERTOS

En la calle, «el flamenco flamenco»

La Noche Blanca de este año ha sido un ‘dos en uno’, una sola jornada dividida en dos estilos, dos ambientes, dos espacios y dos públicos diferentes, una noche en la plaza de toros y otra en el casco histórico que se encontraron ya de madrugada

 

El Ballet Flamenco de Andalucía abrió la Noche Blanca en Las Tendillas. - A. J. GONZÁLEZ / MANUEL MURILLO / CHENCHO MARTÍNEZ

Araceli R. Arjona Araceli R. Arjona
16/06/2019

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Con el nuevo alcalde recién estrenado, sin tiempo siquiera para calentar en la mano la vara de mando, Córdoba despertó anoche al flamenco arrebatada por el estrés. Las prisas de una jornada complicada marcaron el ritmo del gobierno local antes de afrontar la prueba de fuego. El flamante alcalde, José María Bellido, con parte de su equipo y la primera dama municipal, Verónica Martos, ejerciendo como tal, acudió a la inauguración «convencido» de que todo iba a salir bien «porque sé cómo trabajan los funcionarios de la casa, la Policía y confío en el trabajo de los anteriores responsables». En su primer acto como primer edil, Bellido puso el acento en la esencia femenina de la noche y el acierto de extender «la mancha del flamenco» por los barrios, al tiempo que subrayó la combinación de talento consolidado y juventud y el reto de convertir «los grandes eventos de Córdoba en marca de la ciudad y fuente de riqueza».

Ajenas a la política, las divas del cante, la música y el baile fueron una a una rompiendo el hielo en una noche flamenca más fresca que la mayoría. Lola Pérez, Mercedes de Córdoba, Ángeles Toledano, Remedios Amaya, Esther Weekes, Patricia Guerrero, La Macanita o María Terremoto fueron las primeras en subirse a las plazas de Córdoba. Por muchas miradas que hubiera puestas en la dama de uñas imposibles, los amantes del sonido flamenco y el cante jondo sabían, con el cartel en la mano, que era fuera de Los Califas donde se podían cortar más orejas. «¿Rosalía yo? No hija, yo soy de flamenco flamenco», me dijo acertada una madre de familia escuchando a Remedios Amaya en la Fuensanta, rodeada de jóvenes, niños y mayores amantes del cante. Y es que este año ha habido dos noches blancas en una, en plazas diferentes. A cual mejor. El pistoletazo de salida, como siempre, se dio en Las Tendillas, con el Ballet Flamenco de Andalucía, que arrancó con bulerías y el Romance del Conde Sor. Calidad por los cuatro costados que, sin embargo, cuesta seguir cuando uno está de pie, rodeado de cabezas y a demasiada distancia. Los que disfrutaron de lo lindo fueron los alumnos aventajados que, hora y media antes, ya tenían silla reservada. Anoche se estrenaba también el nuevo hotel Colomera como palco privilegiado de la clientela. No faltó público tampoco en el Patio de San Basilio, donde hubo gente que ni siquiera pudo entrar para ver a las bailaoras de la tierra, Lola Pérez y Mercedes de Córdoba, que hicieron las delicias de los presentes con esa mezcla de arte y elegancia que las define.

Por cierto que, pese a que los hosteleros no hayan dejado de quejarse de que las reservas no han estado a la altura de otros años, los bares estaban hasta la bandera. Y no solo de cordobeses. No sé si la gente que viene a la Noche Blanca sabe de flamenco o no, no sé si el flamenco gusta tanto como parece, lo que sí sé es que a todo el mundo parece encantarle una cerveza fresquita, un flamenquín con papas y una ración de calamares con flamenco sonando de fondo. Doy fe.

Como doy fe de que uno de los espectáculos de flamenco de más altura tuvo lugar anoche en La Fuensanta, donde abrió fuego Ángeles Toledano con unas alegrías de aúpa, seguida por la bailaora negra Yinca Esi Grave, que conquistó a los presentes antes de que la gran Remedios Amaya, emocionada, saliera al escenario vestida de rojo. «A Camarón lo tenemos en el cielo, nos está mirando, él fue el más grande del cante gitano flamenco», dijo antes de dedicarle unos tangos y unas bulerías. «¡Viva Córdoba, aquí estamos para pasar un ratito maravilloso». Y digo si cumplió.

Luego, con la luna casi llena, como un farol, la noche se fue desparramando por las plazas, desde La Calahorra, con los movimientos metálicos de Patricia Guerrero, acompañada por el rumor del piano; hasta el Compás de San Francisco, envuelto en las manos de la Reina Gitana, o San Agustín, donde dicen que la Terremoto, junto a la Macanita, hizo honor a su apellido. Esperanza Fernández y La Tremendita fueron las encargadas de poner la guinda del pastel a una noche infinita donde el lujo se regaló a pie de calle. Quédense con eso y que nos quiten lo bailao.

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