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La memoria viva de Córdoba / Entrevista

"El dinero no me importaba, lo que quería era poner la colección a disposición del pueblo"

Manuel Ruiz Luque, bibliófilo

 

Manuel Ruiz Luque sostiene uno de los ejemplares únicos que atesora la biblioteca de la Fundación que lleva su nombre, ubicada en la Casa de las Aguas de Montilla. -

ROSA LUQUE
04/11/2012

NACE EN MONTILLA (1935).

TRAYECTORIA AUTODIDACTA DE HUMILDES ORIGENES, HA REUNIDO UNA DE LAS MEJORES BIBLIOTECAS DE ESPAÑA, QUE CEDIO A SU PUEBLO.

Si por él hubiera sido habría coleccionado de todo, pues Manuel Ruiz Luque es persona de infinita curiosidad e inteligencia práctica, capaz de sacar utilidad a la pieza más inservible. Pero como había que elegir optó desde muy joven por dar rienda suelta a su pasión por la letra impresa. Y así, empezando por los tebeos y estampas que entretenían las horas de los niños de postguerra, este montillano tenaz y paciente --solo se le revuelve el ánimo cuando recuerda alguna dolorosa traición-- hizo de su casa un paraíso libresco habitado por joyas de la bibliofilia, muchas de ellas de los siglos XVI, XVII y XVIII, que Ruiz Luque ha mimado como el más preciado objeto de deseo.

Hace ya años que esa imponente colección, creada a imagen y semejanza de su dueño --es decir, con tanta discreción como ambición intelectual--, ha abandonado el ámbito privado para asentarse en la Casa de las Aguas de Montilla, sede de la biblioteca de la Fundación Manuel Ruiz Luque, quien la cedió a su pueblo para que "lo que uno hace como una hormiguita sea útil para otros". En ella nos recibe junto a su director, José Antonio Cerezo, para compartir no solo recuerdos de toda una vida, sino el placer de poner en nuestras manos ejemplares tan valiosos --que una sostiene con miedo a que se caigan-- como las Constituciones sinodales del Obispado de Córdoba , alhaja gótica impresa en Sevilla en 1521, o la primera edición comentada de las obras de Góngora, de 1645. Un placer para los sentidos.

--Supongo que ver su legado en tan noble acomodo le dará tranquilidad de cara al futuro.

--Claro, da tranquilidad. Yo tuve muchas ofertas para la colección desde fuera y siempre las rechacé porque todo el que venía lo que quería era comprarla y llevársela. Y yo lo que quería es que estos libros por los que he luchado toda mi vida se quedaran en Montilla. El dinero no me importaba, lo que quería era poner la colección a disposición del pueblo y de todo el que desee consultarla, historiadores, aficionados, curiosos... Yo no he vendido mi biblioteca sino que la he donado y en compensación el Ayuntamiento me da una cantidad durante 25 años, pero que en nada se aproxima al precio real de una venta.

 

--¿Es que ha habido críticas o malos entendidos?

--El sarampión de la gente roma, que no sobrepasa la altura de su techo, y ven maldad en todo menos en ellos. Menos de dinero, son pobres de todo.

 

--¿Suele visitar la biblioteca?

--Sí, prácticamente a diario. Vengo por aquí y charlo con las personas que la atienden, puestas por la municipalidad. Y lo paso muy bien, porque hablar de libros me remueve la memoria, y con ella las sensaciones y los sentimientos.

 

--Hablando de memoria, cuando aún conservaba los libros en su casa sabía el lugar exacto que ocupaba cada uno, y eso que eran unos 40.000 repartidos en varios espacios. ¿Aquí también controla su ubicación?

--Sí, porque afortunadamente se ha seguido la misma ordenación que tenían en mis estantes. Lo han hecho bien, cuando entro parece que me veo en mi casa. Allí había tres sedes y aquí solo una, pero es como cuando tienes muchos hijos dispersos y compras una casa grande para juntarlos a todos, te sientes como la gallina rodeada de sus polluelos.

 

En su casa guardaba "lo más allegado", elementos de trabajo como la bibliografía y los volúmenes más singulares y queridos. Otros llenaban la planta alta de su estudio fotográfico de la calle Corredera --el otro sancta sanctorum de Rúquel, nombre con el que se ha ganado la vida tras la cámara-- y el resto lo guardaba en dos habitaciones atiborradas de libros en la calle Escuelas. Y era un deleite para este hombre de aspecto tranquilo y alma inquieta pasear alguna que otra noche ante las estanterías o acariciar el lomo de un incunable. "Es una locura, pero muy agradable --dice--. Te desvelas y dudas de cómo estaba tal libro, y como no te cuesta ningún trabajo, porque lo tienes cerca, te vas al libro y lo miras. A mí me gustan los libros para leerlos pero sobre todo para consultarlos".

--¿Y lo sigue haciendo? Lo digo porque no se habrá desprendido de todos, ¿no?

--Aquí está prácticamente el 99% de la biblioteca. Hace nueve años que no la tengo en casa, pero sigo comprando libros de una curiosidad extraordinaria. Ese es un gusano que no se me va. Sigo rastreando librerías, leyendo catálogos, encuadernando...

--¿Le dolió mucho renunciar a la obra de toda una vida?

--Fue como un parto, algo doloroso seguido de una enorme satisfacción posterior.

 

Hacia mediados de los años cuarenta su padre, que tenía una chamarilería, compró una biblioteca en Montilla, y ahí empezó todo. Fueron tantos los libros que aquel niño letraherido apartó para sí que apenas dejó margen de ganancia en la operación. "Escribía cartas a otros coleccionistas para intercambiar propaganda --recuerda--. Y el cartero me decía: "Niño, que te traigo más cartas que al banco".

 

--¿Qué más cosas recuerda de su infancia?

--Mi abuelo me llevaba a Cortijo Blanco, propiedad del duque de Medinaceli. Mi abuelo alquilaba tierras y sembraba melones que llamaban de la pipa pelá , porque las pipas no tenían cáscara. Las secabas, les echabas la sal y te las comías a puñados. Como éramos siete hermanos, yo el mayor, siempre había jaleo. A mi hermano Rafa, el tercero, lo enseñé yo a andar. Lo cogía de los bracillos y lo llevaba por la casa.

 

--Su madre estaría entretenida con tantos embarazos.

--Mi madre tenía una humanidad tremenda. Era guapísima y de una afectividad entrañable. Nunca tenía pereza por nada ni decía que no a nadie. Yo la he visto darle de comer a gente que llegaba hambrienta. Siempre tenía soluciones para el que llamara a su puerta. Y mi padre era un hombre inteligentísimo.

 

--¿Cómo encaró su familia la guerra?

--Tuvo que irse de Montilla por problemas políticos. Mi padre basculaba hacia el socialismo, y a uno de sus hermanos lo fusilaron en Montilla. Primero fuimos a Valencia y luego a Campo de Criptana, buscando la cercanía de mi tío Juan, que también murió fusilado en el 39. Recuerdo a mi madre corriendo conmigo y mis hermanas Angelita y Rosario porque un avión hizo estallar un molino de viento.

De vuelta a Montilla, el padre, albañil de oficio, puso un negocio de compra-venta de chatarra que llevaba directamente la madre, mientras su marido seguía trabajando en la construcción. Eran tiempos muy duros, y Manuel, que con 14 años estaba ya arrimando el hombro en la chatarrería, solo pudo asistir un curso al colegio, el de los Salesianos. "Hacían una revistilla, Nuestro Auxilio se llamaba, que también yo he coleccionado --dice--, y verme ahora en el cuadro de honor como primero o segundo de la clase me hace pensar que no era tan tonto".

--De hecho, ya se ve el partido que le sacó a aquel curso.

--Tuve una maestra extraordinaria, que es la vida. Los libros me han producido mucha felicidad; también sufrimientos, porque cometes errores. Pero lo que más me emociona es lo que he aprendido de los demás, personas sabias y generosas.

 

--¿Cómo le fue de chatarrero?

--Abrimos un local en Fernán Núñez y yo iba con mi bicicleta por la mañana y venía por la noche. Así cuatro años. No era más que un niño y me engañaron muchísimas veces, pero aprendí a una velocidad terrorífica. Había personas analfabetas perdidas pero de enorme integridad, y había rateros y aprovechados.

 

--Suena a 'La lucha por la vida', la famosa trilogía de Baroja.

--Es que era así. Un soldador de Montemayor que iba por las casas me vendió un latón dorado diciendo que era cobre y yo me lo creí. Cuando me di cuenta fui andando desde Fernán Núñez a Montemayor con el lanero, un amiguete de La Rambla, a decirle que me había engañado, y lo encontré borracho en su casa. Tenía unas 150 varillas de estaño para soldarlas, que valían mucho dinero, y mi primer impulso fue robárselas para desquitarme. Pero el que venía conmigo me dijo: "No lo hagas, porque entonces cometerás el mismo delito que él ha cometido". Fue una buena lección.

 

--¿No le quedaba tiempo para divertirse como otros jóvenes?

--No. Bueno, por el hábito de ir a Fernán Núñez en bicicleta me 

aficioné al ciclismo y compré una bici de carreras que nunca utilicé por falta de tiempo.

 

--¿Cómo era Montilla entonces?

--Era muy humana. Todavía en las calles se sentaban las abuelas al fresco y todo el mundo se conocía. Aunque en Montilla aún sales a la calle y te conoce todo el mundo. Es muy agradable.

 

De la mili, que hizo en Sidi Ifni, guarda buena memoria. Más que por la experiencia en sí, que le resultó interesante por lo que suponía de salir al mundo, porque formaba parte del plan personal que este tipo metódico se trazó a los 18 años. "Llegó un momento en que me pregunté ¿Yo qué soy? Porque no tenía oficio ni beneficio --reconoce--. Me dio primero por estudiar para radiotécnico, pero como muchos de mis amigos hicieron lo mismo pensé que iba a tener mucha competencia. Y vi una salida en la fotografía, pero esperar a acabar la mili con 23 años era mucha espera, así que me fui de voluntario porque cuanto antes empezara antes acababa".

--A veces se olvida, pero aparte de coleccionar libros es usted un artista de la cámara.

--Yo no me considero un artista, hacía fotos lo mejor que sabía. Cuando me licencié alquilé un local aquí en Montilla y me establecí. Antes de irme a la mili compré una cámara en Barcelona por 125 pesetas, que era un capital. Aprendí a retocar negativos con lápiz para disimular los defectos. Había que hacerlo con una transparencia, muy suave.

 

--Aparte de ser su medio de vida, la fotografía también le habrá dado satisfacciones.

--Yo he vivido de la fotografía, me ha valido para realizarme como persona. Y nunca he tenido pereza, he trabajado 20 horas o lo que ha hecho falta. No conozco vacaciones de ningún tipo. La Semana Santa era cuando más trabajo tenía, la gente se acicalaba e iba a retratarse.

 

--Se debe de aprender mucho de la condición humana detrás de un objetivo, ¿no?

--Muchísimo. Eres como un director de cine, tú no sabes poner la cara pero sabes la cara que tienen que poner, y eso tienes que provocarlo. Me ha gustado fundamentalmente el retrato, en él tienes que despersonalizar al que posa. Uno pone la cara que cree que le va a agradar al destinatario de la fotografía y se convierte en una mueca. Y tú tienes que hacer algún comentario, entablar una conversación para que la persona se relaje.

 

--Pura psicología.

--Sí, y tengo un montón de anécdotas. Llegó una familia con mellizos para retratarlos de primera comunión. A todos se les ponía un crucifijo o una virgen, una mesita... casi todas las fotos eran iguales. El hombre volvió a por las fotos de sus mellizos, las vio y empezó a decir que aquello era una porquería, para tirármelas a la cara. "¿Qué le pasa?" "¿Que qué me pasa?, que mis hijos venían de blanco y tú los has vestido de oscuro". Se fijó en el cambio de traje y no en que no eran sus niños sino otros.

 

Otra faceta de este hombre emprendedor es la edición de libros primorosamente encuadernados, que casi siempre acaban en poder de los amigos como singular regalo. Ruiz Luque empezó la afición allá por los años setenta, junto a José Cobos, José Antonio Cerezo y otros amigos. "Llamamos a la editorial Bibliofilia Montillana, y comenzamos editando diez libros sobre poetas de Montilla, algunos sobre el vino --comenta--. Confeccionamos una relación de suscriptores, que soportan el coste de la edición, y yo creo que ya hemos superado los doscientos títulos".

--Sospecho que la editorial más que negocio es divertimento. Seguro que les cuesta dinero.

--Cuesta dinero. Aquí en montilla haces 150 ejemplares y te sobra la mitad. Seguimos haciendo algunos libritos sumamente curiosos. Ahora estamos terminando un Catálogo de solteros --apunta sonriendo-- que viene a completar aquel Catálogo de solteras que tan mal entendido fue. Es solo una broma literaria.

 

--En algunos de esos libros firma el colofón, y lo hace como Espolín. ¿De dónde viene ese pseudónimo?

--Firmo como Espolín los colofones de los libros en torno a la Cofradía de la Viña y el Vino, a la que pertenezco. Todos tenemos en ella un nombre relacionado con el tema. Uno se llama Pámpano, otro Cepa, otro Sarmiento, otro Bota... Y yo soy el cofrade Espolín, que es la cuña que mantiene una bota encima de otra. Y en cuanto a mis colofones, son pequeñas ideas que se me ocurren, a veces un poco críticas.

 

--¿Y le queda tiempo para más aficiones?

--Por encima de todo, de lo que más me maravillo es de la bondad natural del ser humano, y de la sabiduría. Son dos cosas que envidio y me gustaría poseer. La bondad es un tesoro.

 

--Será por eso por lo que le gusta tanto rodearse de amigos...

--Lo intento, porque lo que más vale para mí es la amistad. Pero a veces la amistad es traicionada tan cruelmente que solo quieres olvidar lo más pronto posible el pseudoafecto que has recibido.

 

--¿Le ha pasado muchas veces?

--Pocas, pero alguna vez me ha producido hasta dolor físico.