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Diario Córdoba

REPORTAJE

Los clásicos que nunca fallan

La feria conserva muchas de sus tradiciones, como los puestos de turrón, los de bocadillos y las churrerías y chocolaterías, lugares que siguen atrayendo a todo tipo de público y que han seducido a distintas generaciones

Churros | Son uno de los grandes clásicos de la feria, una cita ineludible para grandes y mayores. FRANCISCO GONZÁLEZ

Hay cosas que nunca cambian y algunas no lo hacen, sencillamente, porque a fuerza de repetirlas han pasado a convertirse en costumbres inevitables o en lugares capaces de transportarnos a rincones de la memoria que teníamos olvidados y que resurgen a la más mínima oportunidad.

Año tras año El Arenal se va vistiendo con casetas que se llenan de vida a finales de mayo pero con ellas vienen también los negocios tradicionales, los de toda la vida, esos que son capaces de transportarnos a la niñez, a aquellas ferias en las que íbamos cogidos de la mano de nuestros padres y abuelos para pasar un día inolvidable.

En aquellas ferias, como en las de ahora, olía a turrón, a churros con chocolate, a coco, a almendras garrapiñadas, a manzanas cubiertas de caramelo o a bocadillos que se disfrutaban junto a la calle del Infierno. Pequeños placeres que hoy nos seguimos dando y que son posibles gracias a los viajantes y artesanos de siempre.

Javier Pernía forma parte de la cuarta generación de un negocio familiar que desde hace décadas se instala en la Feria de Córdoba. Elaboran cada día cientos de churros que sirven solos o con chocolate, al estilo de siempre o con rellenos cada vez más sofisticados. Pero son churros, al fin y al cabo, el producto «más típico y tradicional de la feria», como él mismo relata.

Los turrones | Antonio Jiménez es artesano.

En su enorme puesto familiar preparan la receta de sus bisabuelos y se afanan «por hacer feliz» al personal: «Nuestra función es que la gente disfrute».

Trabaja junto a su mujer, Mari Carmen Pérez, que atiende desde la barra, mientras los tres hijos siguen su vida de siempre en Dos Hermanas (Sevilla), donde residen habitualmente y el lugar al que regresan después de cada feria que recorren. «Eso es lo peor de todo», indica Javier, pero reconoce que le gusta su trabajo, en el que atiende a clientes de todos los perfiles, desde mayores que se acercan a merendar a primera hora de la tarde hasta los jóvenes más incombustibles, esos que son los últimos en abandonar el recinto ferial aferrados a un chocolate con churros para endulzar el final de la jornada.

Mientras, Margarita Roldán se afana en la calle del Infierno por tener a punto sus bocados. Es también tercera generación de feriantes. Aunque sus padres vendían marisco ella optó por los bocatas caseros, como sus serranitos de ibérico, por las hamburguesas o los perritos, destinados, en su mayoría a un público familiar que esta baenenese conoce muy bien y con el que le gusta mucho trabajar, porque lo hace con tranquilidad.

Bocatas | Margarita Roldán está al frente del negocio.

Al otro lado del Arenal Antonio Ramírez Jiménez coloca con esmero las miles de tabletas de turrón de su puesto ‘Los Mellizos’. Él también forma parte de una tradición familiar, ya que es parte de la tercera generación de vendedores de turrón. Lleva toda la vida dedicado a este oficio, de hecho «no conozco otra cosa».

Disfruta con su trabajo, también acompañado de su mujer, y juntos han sabido transmitirles a sus descendientes su pasión por esta forma de vida, que les mantiene fuera de casa seis meses al año. Por eso, justo en frente, su hija prepara gofres en otro puesto, y en el del al lado, su hijo va ensartando las manzanas que después cubrirán de caramelo.

Esta familia comienza su viaje en abril, en Extremadura, y regresa a su casa de Lucena en octubre, tras la feria de Jaén, la más tardía en Andalucía. Sabe que el turrón y la feria son inseparables y uno de los símbolos de esta fiesta.

«Tengo todo tipo de clientes», asegura, y algunos son fieles desde hace años. Se acercan a comprar las almendras garrapiñadas y el piñonate que elaboran de manera artesanal, y también las tabletas de almendrados que traen desde Castuera (Badajoz), un clásico para el público cordobés que se compra de camino a casa y que evidencia, un año más, que uno ha pasado por el ferial.

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