«Entre rincones de niebla/ dicen que habita la herida». Quizá por ello Juana Vázquez nos ofrece una lumbre llameante en esa soledad prematura que rutila en la mañana. Voz de niebla, último poemario de la escritora pacense, se erige en una intensa meditación cuyo ritmo fluvial nos interpela. Hay en ese paisaje de la cubierta —en el que podría aparecer un caminante perdido más sobre un mar friedrichiano de niebla y albura— muchas sendas ocultas, acaso los sonidos vidriados de un invierno que recién acaba o una voz que nos guía hace un valle en que respirar el azul del mediodía. El yo poético grita en la noche del tiempo para encontrar su lugar en un mundo de incomprensión («No me dejes sola en la madrugada/ cuando la historia calla/ y solo oigo el zumbido del universo/ remolino caótico de tiempo»). Hay en los versos de Vázquez una llamada universal que acoge a un tiempo la voz y el silencio.

Voz de niebla desarrolla una búsqueda extrema y volitiva que, en mitad de una belleza silente, nos sumerge en una neblina que fue destello y ahora es tiniebla, que fue latido y ahora es memoria…que fue silencio y es silencio, inevitable y puro, el único paisaje válido para el poema y para la palabra: «Para qué me levanto por la mañana/ si la mudez de la página del universo sigue igual». En la obra, incesante en la intemperie de un paisaje lóbrego e inhóspito, una voz que nos enfrenta al proceso de escritura, en una espacio donde vida y poema son la misma herida de un devenir incierto.

En ese afán creativo y sensorio, hay un sonido benévolo que podría dar cobijo a un yo que deambula por una orilla cualquiera. Y es que ni siquiera la naturaleza es consuelo («Que pare ya esta música/ que solo me trae ecos/ pues el lenguaje es bruma/ en los rincones de la mente»). Ni siquiera el lenguaje ofrece una salvación definitiva en un mundo que agoniza más allá del tiempo. El yo lírico lucha en esa sombra nebulosa pero, al tiempo, se refugia bajo ella, acaso temeroso de ese mutismo ignoto de la realidad: «¿Por qué te escondes siempre entre las horas mudas (…)». Con todo, en mitad del desamparo, del asombro, de la muerte de las cosas que esconde el misterio, hay una historia que nos grita y nos invita a ser temporáneos, a desenredar esa madeja que nos abraza.

Hay en Voz de niebla una orfandad del páramo, un vacío descorazonador aunque puro, un grito en el centro de la tierra («Por eso lloro y grito en las cuevas de la madrugada»), en esa senda húmeda y chasqueante donde muere las agujas de pino, donde apenas se oyen las pisadas de esas voces que están por venir y morirán: «Somos bruma, solo bruma/ enredada en los zarzales de las palabras muertas». Juana Vázquez nos desvela ese lenguaje caliginoso que se oculta debajo del silencio («Pues después de todos los lenguajes/ solo está lo indecible»), un lugar umbroso donde estalla esa luz que refulge en lo que, más allá de las nubes de los siglos, fue por un tiempo innombrable.

Portada de 'Voz de niebla'.

FICHA DEL LIBRO

Título: Voz de niebla.

Autora: Juana Vázquez.

Edita: Ars Poetica, 2020.