La conmemoración del centenario del nacimiento del gran artista Ginés Liébana, que felizmente tuvo lugar el pasado 2 de marzo, tiene una trascendental relevancia para la cultura. La mera estimación de una obra pictórica como la suya, de semejante nivel cualitativo, ya constituiría razón suficiente para motivar todo homenaje, pero si a ello sumamos que se trata de uno de los más sorpresivos y singulares artistas plásticos contemporáneos, y que felizmente aún contamos con la presencia física del propio autor entre nosotros, quien afortunadamente conserva y disfruta esa vitalidad que siempre le ha caracterizado a lo largo de su ya extensa biografía, en verdad podemos afirmar que se trata de una conmemoración singular, inusual y difícilmente repetible, y que ciertamente nos sobran los motivos para evidenciar las razones que avalan la celebración de esta efemérides.

Y lo cierto es que valorar mediante un sucinto texto la labor creativa de un personaje tan excesivo como el que nos ocupa, no es tarea fácil, sobre todo por causa de centrarse en la consideración de la obra de un artista tan plural y prolífico como lo es Ginés Liébana, quien a través de sus 100 años ya recorridos ha dejado constancia de sus múltiples lecturas, de sus diversificadas y heterogéneas capacidades creativas, de su permanente e inquieta proclividad discursiva, vigente en toda circunstancia tanto para las letras como para la plástica. Nació Ginés a caballo entre dos tierras hermanas, dando sus primeros pasos en Torredonjimeno (Jaén), donde vino al mundo en 1921, para abrir sus ojos escrutadores a lo existente apenas cinco años más tarde en la Córdoba de una infancia que ya siempre latirá en sus lienzos; «aquella Córdoba de los largos inviernos, de los lutos y las primeras renuncias», que recreara el poeta Pablo García Baena al narrar sus comunes vivencias de juventud... desde la que ese joven de «perfume íntimo y recogido», que alternaba sus inquietudes formativas entre el Instituto Provincial y la Escuela de Artes y Oficios, llegaría a convertirse, pasados los años, en reconocido pintor, poeta y dramaturgo, de poliédrica y fecunda personalidad. Cierto es que el inicio de su formación plástica en la escuela cordobesa le marcará profundamente para lo sucesivo, «pues en ese largo viaje de su vida y su arte –ya Adriano del Valle le retratará viajero como el joven Tobías–, la antigua asimilación enamorada de la ciudad surge espontánea, como un fondo de aguas profundas que un día devuelven la joya rara y perdida de una mirada», como acertadamente señalara García Baena.

Ya adolescente, inicia una entrañable amistad con el poeta Juan Bernier, con quien fundará la revista 'Cántico'

Ya adolescente, inicia una entrañable amistad con el poeta Juan Bernier, con quien más adelante fundará –junto a Ricardo Molina y Pablo García Baena– la revista Cántico, vinculada al grupo literario de posguerra de idéntico nombre, en la que participa junto a Miguel del Moral como ilustrador en sus páginas a lo largo de sus veintiún números de vigencia, convirtiéndose ambos en intérpretes de excepción de la misma, tanto en las portadas como en la iconografía de su interior, donde Ginés da desarrollo a su particular ficción, tan sorprendente, siempre turbadora e imaginativa, de filiación surrealista. En 1941 se traslada a Madrid para integrarse como dibujante en la redacción del semanario El Español, donde llegó a desarrollar una notable labor con sus trabajos, en esta época secuenciados con un sentido de lineal esquematismo. En 1950 marcha al extranjero, instalándose varios años en Río de Janeiro, y más tarde, viviendo en Portugal, Francia y Suiza, recorriendo en repetidas ocasiones toda Italia, y habitando largas temporadas en Venecia, hasta instalarse en 1961 definitivamente en Madrid.

El tránsito por distintos lenguajes

La travesía vital de Ginés Liébana, y su fecunda prodigalidad creativa, le han llevado a transitar distintos lenguajes artísticos: pintura, poesía, escenografía, dramaturgia..., manteniendo de manera constante –en estado de perpetua adolescencia– una portentosa y sorpresiva inventiva a lo largo del siglo de existencia que este 2021 conmemoramos, compartido con las otras dos seculares evocaciones de Pablo García Baena y Julio Aumente, poetas nucleares del colectivo que, junto a Ginés y a las pasadas rememoraciones de Juan Bernier, Miguel del Moral y Mario López, nos concitan para poder hablar ya de un Cántico centenario.

... siendo esencial que el artista aprenda permanentemente y se divierta con el despliegue de su arte

Su formación se fue conformando con una inquietud inquebrantable y una decidida vocación hacia el despliegue de los medios de expresión plásticos, en especial hacia la práctica del dibujo y la pintura; en todo momento ha evidenciado una inequívoca capacidad integradora respecto a las diferentes disciplinas artísticas, ya que, al margen de su paralela dedicación a la poesía, la narrativa y el teatro, siempre ha significado a través de sus propias composiciones pictóricas un evidente sentido poético y musical; ha constituido una constante programática de su trayectoria poner siempre de manifiesto su permanente afán innovador, dando desarrollo a una dinámica creativa fundamentada en la proyección de su «yo interior», y cimentada en privativos recursos de experimentación; en toda circunstancia ha considerado primordial compartir sus hallazgos, ya que considera que los esfuerzos en solitario carecen de sentido, puesto que no trascienden, y que sólo se propaga con capacidad fecundante aquello que surge del vínculo colectivo, lo que él mismo vino a denominar como Isla Amistosa, siendo esencial que el artista aprenda permanentemente y se divierta con el despliegue de su arte, lo cual incorpora a su programa el aliento de la tolerancia, y... ¡cómo no!, su propensión por proyectar internacionalmente el fruto de su trabajo, lo cual le ha deparado un importante reconocimiento dentro del contexto contemporáneo de las artes.

Ginés Liébana. MATEO LIÉBANA

A Ginés Liébana le queda un tanto episódica, dentro del amplio recuento de sus habilidades, la mera alusión de su condición de «ilustrador», sobre todo porque su actitud no es la de complementar asiento estético alguno, sea este textual, verbal, teatral o figurado..., Liébana siempre desparrama sobre el papel –de manera tan insólita como directa– su prolífica imaginación creativa: así, las ideas y las formas que irrumpen constantemente en su mente se concretan de inmediato por causa del fulgurante aleteo de unas manos transmutadas por un extraño vigor capaz de activar una suerte de movimiento infinito, cuyo empuje, de enigmático magnetismo, parece extraído de la esencia vital del colibrí; de tal manera, que Liébana no transita mediante planeo, no divaga, sino que gusta investirse en suministrador de energía, en omphalos pujante y decidido, en activo ejecutor. Podríamos decir que su pensamiento y la concreción de éste no quedan establecidos con la prelación lógica con que se concretan en todo humano, sino que ambos irrumpen de la mano, como el haz y el envés de una misma moneda, como signo y forma providenciales e inseparables, que no siempre mantienen una concreción ilusionista, puesto que el mundo de las ideas no sólo se circunscribe a la órbita de lo reconocible, tal y como acontece en el dominio de los sueños.

Liébana tiene una visión cósmica de la existencia, en una línea muy oriental

Para la consideración de su obra creativa es preciso moverse en un lenguaje disperso, siendo complicado extraer conclusiones finales a propósito de la misma. Los planteamientos conceptuales de Ginés son diversos, a veces complejos, pero tremendamente reveladores para entender su obra: Liébana tiene una visión cósmica de la existencia, en una línea muy oriental. Todo está interrelacionado, también la pintura; por eso concibe el despliegue de la plástica como una manera de vivir («cada cuadro es el comienzo de una nueva biografía»); también, para él, la propia vida puede ser una ficción, como lo es aparentemente la pintura. De la mano de los postulados de Heráclito, concibe la vida como un torrente. La pintura se ha de considerar así también. Nada está acabado; por eso Ginés retoca constantemente sus cuadros. Para el artista es necesario desarrollar los músculos de la voluntad, para rescatar de lo invisible las ideas que desean ser nombradas –barreras invisibles nos impiden ver la esencia real de las cosas–. El pintor no ha de obsesionarse con esta búsqueda. Los descubrimientos han de aflorar de manera natural («es importante elaborar la obra con sosiego, entonces el Arte irrumpe con sigilo, casi de puntillas, para que no te des cuenta, pero ya se ha situado junto a ti y tú eres ahora capaz de captar el fulgor de su presencia»). A Ginés le preocupa menos pintar bien que transmitir, que el cuadro esté dotado de impresión dinámica. El ingenio y la facilidad de factura son, a su juicio, instrumentos peligrosos para el artista. Los conceptos de belleza y sentimiento –emoción–, como fundamentos creativos, enriquecen la estimación de la pintura, de manera que no comparte el actual desdén respecto a la belleza. En su proceder encuentra, a veces, la belleza mediante la consideración del fragmento en la obra de arte. Propugna el luminismo seráfico, una suerte de humildad franciscana que nos permite descubrir el mundo sencillo, natural y sabio que todos llevamos dentro. Para hablar a través de la pintura, lo más eficaz y sutil es la insinuación, la ambigüedad, dejar a un lado los discursos originales. En su obra no se omite el sentido del humor, al que otorga un gran protagonismo.

Fuentes de inspiración

En lo concerniente a sus fuentes de inspiración temáticas, podríamos destacar dos referencias fundamentales: «lo mediterráneo», manifiesto mediante las referencias constantes en su obra a «lo andaluz», de sesgo popular, que propicia la eclosión de la hipérbole, su proclividad hacia la dramaturgia, su barroquismo…, y el «factor nórdico», que fundamentaría su quehacer miniaturista, su dicción objetiva, crítica, a veces también grotesca.

Está considerado como uno de los más cualificados dibujantes de la actualidad, y como tal ejerce sin descanso, trazando líneas obsesivamente en su bloc al tiempo que mantiene una animosa conversación. Es un extraordinario exegeta de la línea, un alquimista atemporal de la forma, fascinado por la práctica experimental en el laboratorio de la vida. A Ginés gusta transmitir lo que descubre, como fórmula de enriquecimiento personal. Reconoce el artista que su mayor capital es el entusiasmo, que se ha pasado la vida entera suministrando energía. Tampoco cree conveniente ejercer control alguno sobre las emociones; a su juicio, hay que arriesgar y equivocarse, no estar continuamente sometido al código del miedo. Se trata de dar desarrollo preeminente al impulso emocional; entonces fluye algún grado de verdad en el trabajo del artista.

Es un extraordinario exegeta de la línea, un alquimista atemporal de la forma

La actitud de Liébana ante el proceso artístico jamás ha consistido en la ratificación de una certeza, en convalidar un feliz hallazgo que reiterar una vez tras otra como seña de identidad (¡lo cual no es poco al cabo!... ni recurso baladí al que todo artista suela aspirar). Por el contrario, Ginés siempre dinamiza su travesía: simuladamente enajenado encuentra el modo de elucubrar otro metalenguaje plástico, otra dicción sugeridora, otra distensión respecto a la lógica normativa, sin llegar a desprenderse del todo del tronco medular que ha de nutrir toda búsqueda fundamentada. No se trata de dar saltos en el vacío, sino de gozar de las piruetas sin descalabrarse por el abismo. Así en el caso de Liébana; su afán por la creación inesperada, por la búsqueda desconcertante de nuevas maneras, le han llevado a estar cambiando de ritmos y de contenidos, hasta tal punto que aún a sus años sigue explorando, reconociendo y reinterpretando nuevas posibilidades –ahora mediante el despliegue del collage–, manipulando en lúdica cabriola las formas preestablecidas para generar insólitas visiones: el mundo se transforma en sueño, la imagen se liebaniza... queda sumergida en una atmósfera insólita, se impregna de una extraña veladura, habita un espacio cuyos intersticios suponen una reiterada constatación del fecundo e inagotable imaginario del artista, eclosionando entretanto insólitas asociaciones en la representación, un alarde de potencialidades que en toda circunstancia sorprenden por su fuerza y vigor creativo. Y es que toda obra de Ginés inquieta, abruma, e incluso de partida desazona, pero siempre expone más de lo que es capaz de captar una simple mirada; requiere ser visionada con algo más de atención, con una cierta perseverancia... que progresivamente se torna en complacencia, comunión y deleite apenas deducidas mínimamente las intencionalidades del artista.

Nada es lo que parece, no hay pose... tampoco pretensión baladí

Llegados a este punto, reconozco haber quedado seducido por sus collages, su obra más reciente; en ellos ha desparramado con su acostumbrado brío todo el ímpetu agitador que llegan a ocasionar la compilación de cargas de profundidad que integran su inagotable repertorio plástico de recursos. Ha utilizado la imagen gráfica para engastarla en una espacialidad y un metalenguaje volitivamente enigmatizados... nada es lo que parece, no hay pose... tampoco pretensión baladí. La dinámica plástica se insinúa –pero también se constata– como acto privativo, espontáneo, discrecional, para dar desarrollo, aún a sus cien años cumplidos, a una suerte de iconicidad cuántica que sigue trasluciendo de manera incólume un ímpetu energético de juventud. Ninguno de los cuadros de Ginés Liébana precisa del aditamento de un título, porque la esencialidad de estos trabajos radica justamente en suscitar el cuestionamiento y el enigma en el espectador; su lúdica reside en empujar engañosamente a éste para que se posicione, frente a frente, ante un microcosmos que, siendo común a todos los humanos, muy pocos elegidos se atreven a interiorizar.

Para finalizar, sólo resta reiterar la fascinación y el profundo reconocimiento que desde el contexto de las artes y la cultura profesamos por la obra y la persona de un ser irrepetible, un creador inagotable como lo es Ginés Liébana, al que desde aquí felicitamos encarecidamente por la celebración generalizada y conjunta de este jovial centenario.