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Diario Córdoba

ENTREVISTA José María Valls Psiquiatra y secretario de la Fundación Castilla del Pino

"Ahora no hay manera de quedarnos tranquilos y disfrutar de la vida"

El psiquiatra José María Valls posa delante de una iglesia en Cantabria el pasado viernes.

El psiquiatra José María Valls (La Rambla, 1950) clausuró este viernes un curso en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP) de Santander sobre cómo objetivar la subjetividad de la Escuela de Psiquiatría y Ciencias de la conducta Carlos Castilla del Pino, de la que él es el director. Sostiene que vivimos momentos de inseguridad y de incertidumbre que «nos impiden disfrutar de la vida y pasar página del todo». Desde la experiencia de su consulta en Córdoba, considera que han sido los adolescentes los que han vivido con mayor ansiedad la pandemia.

Tras dos años de pandemia, ¿cómo ha afectado esta a la salud mental de los ciudadanos?

Ha habido mucha patología, pero fundamentalmente ha habido dificultad para recuperar el ritmo debido a la pandemia, sobre todo en grupos de edades, especialmente en los adolescentes, que estaban en el momento de configurar sus redes sociales y la han vivido con una fuerte ansiedad. No está suficientemente objetivado que haya aumentado el número de suicidios. Sí que ha habido más. Aproximadamente entre 3.000 y 4.000 son los suicidios anuales en España y han podido subir en unos 40. Realmente no ha sido una tendencia clara que se haya podido deber al confinamiento, pero sí las crisis de ansiedad y de depresión han sido mucho mayores en el grupo de edad de los jóvenes y en el de los solitarios. Aquellos que están más aislados, con menos relaciones sociales, soportan mucho peor la pérdida de las que tienen, de las que dependen mucho más que las personas que viven su vida normal con muchos contactos, que han soportado bastante mejor el confinamiento. También, las personas que podían mantener su actividad laboral han soportado mejor la situación de la pandemia.

¿Ha perjudicado mucho la pandemia a nuestra salud mental?

Sí. En conjunto, ha habido un aumento importante de patologías psiquiátricas, pero no en patologías excesivamente graves.

Quizás el grupo más afectado ha sido el de los adolescentes…

Sí, con trastornos de ansiedad e intentos de suicidio y autolesiones. Es el grupo que más depende de las relaciones sociales, porque están formando su cerebro en ese momento.

La tendencia era tradicionalmente ocultar los suicidios y ahora parece que su visualización es más positiva para prevenirlos. ¿Qué opción le parece más acertada?

Es pronto para decirlo. La prevención del suicidio ocultándolo y maltratando el cadáver del suicida viene desde los griegos. En general, se ha intentado no generar imitación. De hecho, a lugares que incitaban al suicidio como el viaducto de Madrid, al lado del Palacio Real, se le han puesto paredes de cristales muy altos para evitarlo. En mi opinión, lo importante en la imitación del suicidio es el duelo. Psicológicamente es muy difícil poner fin a la vida, porque siempre la imaginas reflejada en los demás, si van a sufrir o no. Por eso, se intenta que no quede recuerdo del suicida. Esa ha sido la labor de prevención desde la Grecia clásica. Respecto al intento ahora de que se conozca el suicidio, se pueden dar indicaciones a la familia sobre la situación o a los profesionales que se ocupan de su prevención, pero respecto a dar publicidad al suicida, creo que hay que pensárselo. Si el suicida es muy recordado, es peligroso.

Se ha producido un fenómeno nuevo, el síndrome de la caverna. Aquellas personas que optan por mantenerse aisladas o que sienten añoranza por el confinamiento. ¿Es un trastorno psiquiátrico?

Sí, pertenecen más a ese grupo de personas muy solitarias que perdieron los pocos contactos sociales que tenían y que les cuesta mucho trabajo retomarlos. Ya les costó mucho crear esos pocos contactos que tenían. Yo creo que con el tiempo, lo irán solucionando. No hay mal que cien años dure… Además, en seguida han venido catástrofes sucesivas para que el problema empiece a ser otro. Catástrofes económicas, el cambio climático y la amenaza de guerra en Europa.

Realidades como la guerra de Ucrania o la subida de los precios, ¿están manteniendo nuestro nivel de ansiedad y de estrés?

Hay una inseguridad, que además no se puede concretar. La subida de precios se concreta en la plaza todos los días, pero hay incertidumbre. Hay un cierto temor de qué me va a pasar ahora y eso sí pueden ser restos de la pandemia… La ansiedad e inseguridad que generó la pandemia se ha mantenido por esta situación tan inestable desde el punto de vista social y político. Y nosotros no estamos muy cerca de Ucrania, quizás lo noten más los países más cercanos como Los Bálticos. Sin duda, es una situación de estrés generalizado, no tan concreta como fue con la aparición del covid. En cualquier caso, no hay manera de quedarse tranquilos, de disfrutar de la vida y de pasar página del todo.

El consumo de psicofármacos también se ha disparado, ¿piensa que puede haber descendido o que lo puede hacer en poco tiempo?

No lo sé, pero no lo creo. Es posible que haya disminuido el uso de algunos psicofármacos, porque las crisis de angustia han disminuido y los cuadros depresivos agudos, también. Pero, en general, el consumo de psicofármacos en España es muy alto. No sé si somos el segundo país del mundo en consumo de psicofármacos por habitante.

¿Es un tópico que las mujeres consuman más psicofármacos que los hombres?

No, no es ningún tópico. Es así. Primero, porque a las mujeres les da menos vergüenza pedir ayuda. Y en segundo lugar, porque muchas patologías tienen una mayor incidencia en la mujer que en el hombre, entre ellas, las patologías afectivas. La mujer intenta suicidarse tres o cuatro veces más que el hombre, pero el hombre se suicida dos veces más que la mujer. Los intentos como manifestación de la ansiedad que es mucho más alta en las mujeres llevan a intentos de suicidio no consumados. Mientras que en el caso de los varones, los intentos de suicido no consumados son mucho menores, pero los consumados son mayores.

¿El equilibrio mental de la mujer es más débil?

La patología psiquiátrica mayor es más masculina que femenina. La esquizofrenia, las psicosis y los suicidios, también, pero la patología afectiva menos grave es mucho más frecuente en la mujer. Además de razones biológicas, ya que, sin duda, el ciclo menstrual, ese sube y baja hormonal, tiene su incidencia en la aparición de cuadros de ansiedad, está que socialmente su situación es más insegura, menos empoderada y eso provoca mayor número de cuadros. Eso es así, prácticamente en todas las culturas. No es fácil hacer conclusiones contundentes. Pero, probablemente, todos esos factores estén influyendo.

¿Ha servido la pandemia para quitarnos prejuicios para pedir una consulta al psiquiatra?

En gran medida, sí. El prejuicio de pedir ayuda y asistencia cada vez es bastante menor, aunque también depende de la autoestima. Por eso digo que los hombres piden menos ayuda y cuándo la piden hay que asustarse porque ya están en las últimas. La demanda de la mujer responde a patologías menos severa que la demanda de los varones.

¿Cuáles son las carencias que observa en la atención de la salud mental? ¿Falta de profesionales, de recursos?

Desde luego, faltan profesionales. Pero, sobre todo, una orientación que existía que comenzó en la Transición y que no se llegó a hacer por motivos económicos y por modelo. Es la medicina comunitaria, que supone la proximidad de los servicios sanitarios a la población, que el médico conozca el ambiente en el que está su paciente, que el paciente conozca a su médico y a todo su equipo, que el tratamiento al paciente sea lo más pegado a su entorno. Lo opuesto es centrar la asistencia en el hospital y ahí es dónde hemos acabado. Los hospitales funcionan muy bien para los medios que tienen y son hospitales ejemplares en el mundo. En Europa tenemos una asistencia hospitalaria estupenda, el problema es que fuera no hay nada. Usted sale del hospital y se cae en mitad de la selva. Es dificilísimo que la asistencia primaria lo pueda asumir, llevar unos cuidados pegados a su medio. Urgencias es la puerta de entrada al hospital y eso es una barbaridad, la entrada debería de ser la atención primaria. Se ha recortado fundamentalmente en la asistencia primaria, al menor estornudo se colapsan los hospitales. Fuera de estos, la asistencia es mínima, consultas de tres o cuatro minutos, en los que no da tiempo ni a enterarse de cómo se llama. Esa para mí es la gran carencia no solo de la salud mental, sino de toda la atención sanitaria.

No hay ningún plan para relanzar ese tipo de asistencia…

Estamos cuatro viejos que lo recordamos. Lo que no hay es inversión. Andalucía echa a la calle a ocho mil sanitarios después de la pandemia, los centros de salud continúan bloqueados, los pacientes no llegan, el médico no los puede ver. En otras comunidades es aún peor como Madrid, que los cierra, o Cataluña, que los ha privatizado. Prácticamente en Cataluña, la sanidad es privada, excepto la cara, que está a cargo del Estado. La sanidad no puede ser un negocio, tiene que ser una inversión para que el resto de los negocios puedan funcionar mejor. Si tú tienes una población sana y atendida estás contribuyendo enormemente a la economía del país. Creo que no hay más remedio de que esto cambie. Buscarán la salida menos comprometida. El País Vasco tiene la sanidad mejor dotada de España, casi un 40% más de inversión que Andalucía por habitante y año. Hay ya movimientos para comprar lo más fácil en el País Vasco. Hay que ir hacia una sanidad comunitaria que mire por prevenir. La sanidad tiene que ser un servicio rentable para el resto de la sociedad.

No le veo muy optimista.

La verdad es que no. La tendencia en sanidad es a escatimar ya hasta lo imposible. Compañeros que trabajan en los hospitales dicen que la tendencia es a uberizar, como con los taxis. Se hace una medicina muy esquemática. Afortunadamente, los hospitales se defienden, aunque el personal está muy quemado. Donde realmente no hay nada y es urgente que se haga una gran inversión es en la atención primaria y dentro de ella, en salud mental.

Estamos soportando unas olas de calor realmente imposibles. ¿Afecta el calor al equilibrio mental?

Mucho. Incide en el equilibrio somático y biológico. Afecta especialmente para temperaturas a las que no estamos acostumbrados. La capacidad para adaptarse a ese cambio de temperatura afecta mucho a todo el organismo y, por supuesto, al cerebro. El golpe de calor es una disfunción cerebral para mantener las constantes vitales. Aparte de esto, el calor pone muy nervioso.

El teletrabajo es una opción laboral ya en España, ¿puede tener consecuencias psíquicas negativas?

Hay mucha discusión sobre este tema. En general, se considera perjudicial desde el punto de vista del equilibrio personal y del rendimiento laboral. Del equilibrio personal, porque el contacto es fundamental, aunque sea para tropezar en el pasillo o para insultar al que tienes en frente. Esa parte de vida no laboral que está inserta en el trabajo es fundamental para que el rendimiento sea mejor y para que la persona se equilibre mejor. Las relaciones personales inciden mucho en el equilibrio personal y en el rendimiento laboral. La mayoría de las empresas que vieron en el teletrabajo una reducción de costes están viendo que la creatividad y la productividad no van acordes con que no se trate. La mayoría de las empresas intercalan el trabajo en la oficina con el teletrabajo. Todavía es un fenómeno muy nuevo.

Acaba de clausurar en el Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander un curso sobre la subjetividad. ¿Se puede acotar o medir la subjetividad?

Todavía no. No se puede objetivar la subjetividad como objetivamos el metabolismo del calcio del riñón o el funcionamiento de una neurona. No sabemos, por ejemplo, como está viviendo el sujeto ese color rojo, que sí sabemos cómo se ha convertido ese estímulo luminoso en el color rojo. De momento, el método científico tradicional todavía no lo consigue hacer. Utilizamos métodos probabilísticos o imaginárnoslo. No tenemos todavía ningún aparato para ver la mente de otra persona. Esa falla, esa dificultad, afecta a toda la vida social, no solo a la salud mental. En el curso han intervenido un economista, dos filósofos y un especialista en derecho penal. Se plantea que la economía es una ciencia exacta, pero no es así, porque depende de lo que decidamos hacer en cada momento con nuestro dinero y nuestras decisiones no son lógicas, no somos matemáticos. Somos intuitivos. Se puede intentar manejar esa intuición a través de la publicidad o del big data, pero también falla. No es posible prever cien por cien el comportamiento. La otra cara de la moneda es que la libertad está garantizada. Si el funcionamiento del cerebro fuera mecánico, no existiría la libertad. Ese problema de momento no tiene arreglo. Hay una hipótesis que plantea que dentro de 50 años se podrá tener una imagen clara de lo que ocurre en la subjetividad del cerebro.

¿Se controlará el libre albedrío?

Esa imperfección para conocer el por qué se toma esa decisión es la que deja un resquicio al libre albedrío. La otra cara es que hacemos lo que debemos hacer, porque no tenemos capacidad de opción. Determinadas acciones el cerebro las ha decidido varios segundos antes de que el sujeto lo haya hecho. El funcionamiento eléctrico del cerebro realiza acciones segundos antes de que el sujeto decida hacerlas. Toda nuestra cultura está basada en que somos libres, esto también está en discusión. Más incertidumbre.

Se cumplen cien años del nacimiento de Castilla del Pino este próximo mes de octubre. Uno de sus temores era perder la memoria, ¿usted comparte este temor?

Carlos Castilla del Pino lo quería recordar todo. Llevó un diario extensísimo toda su vida. La memoria lo mejor es que no se quede muy fija, la memoria tiene que servir para el futuro, no para el pasado. Hacemos un proyecto y este tiene que ser coherente con todo lo que hemos hecho. Cuando hay algún recuerdo que no podemos eludir, suele ser un recuerdo traumático, te hace un duelo. Crea un trauma. Una situación de ansiedad, que te bloquea. La memoria está para el futuro, para poder proyectar cosas, para ayudar a lo que vamos a hacer, pero no a que estorbe. No tener un recuerdo que te impida seguir adelante. A él no le estorbaba la memoria. Era muy amigo de sus recuerdos.

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