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La AVENTURA DE UN CORDOBÉS EN EL PACÍFICO SUR

Tras la sombra caníbal

Las remotas tierras de la Melanesia están habitadas por tribus de origen caníbal, con océanos y aldeas que parecen sacados de un libro de Julio Verne

 

Distintas escenas tribales de las poblaciones. - PACO ACEDO

Distintas escenas tribales de las poblaciones. - PACO ACEDO

PACO ACEDO
05/11/2017

«Se desaconseja el viaje bajo cualquier circunstancia». Así de rotundo comienza el texto a través del cual el Ministerio de Asuntos Exteriores Español da «sugerencias» en su página web para los intrépidos viajeros que se puedan plantear viajar a las remotas tierras de Melanesia, en el Pacífico Sur. Tierras habitadas por tribus ancestrales con un origen caníbal tan real como la aventura que, pese a las recomendaciones, viví durante mes y medio recorriendo en solitario montañas, océanos y aldeas ancladas en el tiempo y como sacadas de un libro de Julio Verne. Las Islas Salomón y Papúa Nueva Guinea (que nada tiene que ver ni por localización ni por cultura con Guinea Ecuatorial en África), serían mi hogar durante esta aventura cuyos objetivos eran bucear en los restos sumergidos de la batalla de Guadalcanal durante la Segunda Guerra Mundial, pero, sobre todo, sentarme cara a cara con tribus de las tierras altas de Papúa Nueva Guinea descubiertas no hace ni cien años y las cuales aún conservan esa esencia salvaje y Caníbal que la «supuesta» evolución del ser humano hace poco a poco desaparecer, persistiendo pese a ello las leyendas sobre canibalismo que aún impregnan esta región en la cual oficialmente fueron los bisabuelos de los actuales pobladores los últimos en practicar el canibalismo y la necrofagia.

DESARROLLO

Mi primera parada sería en Honiara, capital de las Islas Salomón, donde la aventura no se hizo esperar embarcando al poco de aterrizar en un masificado y destartalado barco para un viaje de día y medio hacia lo más remoto del archipiélago, donde me encontraría con la excitante realidad de familias aisladas en el Pacífico más salvaje, donde habitan los únicos «negros rubios», debido a una mutación en el color del cabello sin una clara explicación científica hasta el momento.

Paco Acedo se adentra por aguas de la Melanesia.

No hacen falta muchos días para sacar las mismas conclusiones en cada expedición. Lo más importante, lo que le da sentido, lo único indispensable para que un viaje sea completo de verdad son las gentes, las personas que aparecen formando parte de cada aventura. Da igual que sea una expedición al Ártico, al Himalaya o al fin del mundo.

Para conocer un país hay que tomar fotos, claro, pero acto seguido hay que acercarse, sentarse a charlar, escuchar y dejar que disfruten escuchándonos, ya que para ellos que un extranjero se acerque a saludar y charlar un rato es básicamente un soplo de aire fresco a una vida bastante compleja y con pocos alicientes o distracciones. A estas alturas de mi vida y tras recorrer tantos países yo ya no entiendo el viaje de otra manera.

No esperaba los brazos tan abiertos de estos supervivientes que desde nuestra vida cómoda nos parecen como sacados de una película y sin embargo son tan reales como uno mismo. A día de hoy me arriesgo a decir que son las personas más acogedoras con las que me he topado después de recorrer ya tantos lugares remotos. Este lugar está lleno de historia, vida y muerte, de náufragos en cierta manera como la gran Lupa, una ruda pescadora con la que compartí ratos de pesca y buenas charlas con su familia, o el agradable Barney, que llena su vida buscando por toda la isla restos de la Segunda Guerra Mundial para crear un pequeño museo a la entrada de su casa y poder sacar ocasionalmente algunas monedas. Personas sencillas, nobles y humildes son básicamente las que abundan aquí.

Como en otros muchos lugares del pacífico las huellas de la Segunda Guerra Mundial están muy presentes miremos donde miremos, en superficie y bajo el agua, todo mezclado con un pasado ancestral lleno de leyendas, luchas tribales y tsunamis.

Decenas de barcos sumergidos, aviones, submarinos y toda variedad de armamento militar son testimonio directo de la mítica batalla de Guadalcanal, durante la cual el ejército de los Estados Unidos y sus aliados se enfrentaron justo aquí a las fuerzas japonesas en agosto de 1942, dándose la circunstancia de que un joven Teniente y futuro presidente de los Estados Unidos J.F. Kennedy, tras ser torpedeado por un destructor japonés consiguió salvar la vida gracias a dos indígenas que hicieron llegar a través de la líneas enemigas un mensaje de socorro escrito a machete por el mismo Kennedy sobre la corteza de un coco. Kennedy siempre dijo que esos dos indígenas melanesios cambiaron el curso de la historia.

Perdidas también en este inmenso océano, decenas de pequeñas islas deshabitadas y secretas ocultan cientos de restos humanos cuyo origen se remonta a viejas luchas tribales en épocas en las que las tribus del pacífico se atacaban las unas a las otras para tomar el control de este rincón del planeta. Los enemigos eran decapitados y sus restos guardados como trofeos, siendo el canibalismo algo bastante habitual en tiempos remotos con el objetivo principal de adquirir la fuerza del enemigo derrotado.

Pero el auténtico territorio comanche se encontraba en las tierras altas de Papúa Nueva Guinea, mi destino final, la auténtica tierra con esencia caníbal y donde me planté sin apenas nada preparado, con un solo contacto que haría la labor más de guardaespaldas que de guía durante la primera semana en tierras altas. Se trata de un lugar complejo y poco recomendable para visitar de la manera en que yo lo hice, mezclándose con las gentes y visitando tribus muy poco acostumbradas al contacto con el turista, ya que hasta hace muy poco no sabían de la existencia de nadie más en la tierra.

Pese a historias reales de ataques a turistas que osaron aventurarse en solitario por las montañas de Papúa, irónicamente fueron las tribus más aisladas las que me recibieron de mejor agrado, faltándoles tiempo para proponerme sentarnos alrededor del fuego a «contar historias» como ellos decían y compartir al fin y al cabo la realidad tan remota para ellos de vivir en el otro extremo del planeta.

Las buenas vibraciones desaparecen totalmente cuando uno accede a las poblaciones menos aisladas, a los pies de la montañas, donde se concentra parte de la población junto con indígenas que bajan de las montañas buscando un futuro que desgraciadamente no existe allí y que les lleva a acabar vagando sin rumbo ni nada que hacer. Un caldo de cultivo para el alcoholismo, la violencia y la delincuencia en un ambiente nada recomendable para cualquier turista sensato.

Hasta tres guardaespaldas tuve que llevar en la población de Mt. Hagen, (uno el mío y otros dos chicos locales para proteger a mi guía, ya que los «intrusos» aunque sean del mismo país tampoco son bienvenidos por aquí), donde ver a un turista por las calles es como toparse con un tentador botijo de agua fresca en medio del desierto.

Coincidiendo casualmente con mi visita a Melanesia, las tensiones tribales se acentúan en época de elecciones cada 5 años, cuando suele haber enfrentamientos a vida o muerte entre las diferentes tribus que apoyan a los diferentes candidatos en unas elecciones nada fiables a una presidencia del país que siempre acaba siendo corrupta, impidiendo el desarrollo y en cierta manera la «civilización y culturización» de esta tierra tan rica e impresionante antropológicamente hablando, pero con un índice de escolarización extremadamente bajo.

No hay que olvidar que se trata de un país con una extensión similar a la de España con una población nativa constituida por cientos de grupos étnicos que habitan en su mayoría en las montañas desde hace decenas de miles de años y donde se hablan más de 800 lenguas distintas, el 12% de las lenguas que se hablan en todo el planeta.

ENFRENTAMIENTOS TRIBALES

Con el objetivo de acercar a estas cientos de tribus las unas a las otras y crear una conciencia de país único y multicultural, se lleva a cabo cada año el Mt. Hagen Show, un espectáculo para el cual muchas etnias indígenas descienden de las montañas para mostrar la riqueza de su cultura y a través del cual, pese a haberse convertido también en la principal atracción turística del país, se pretende apaciguar las habituales tensiones y acabar con los enfrentamientos tribales persistentes aún.

De dichos enfrentamientos fui testigo desde el primer día, cuando mi guía me hizo saber que sería imposible llevar a cabo la ruta inicialmente planificada, ya que pocos días antes algunas tribus se habían enfrentado matando a varios de sus miembros y destruyendo los puentes de acceso a las montañas. Pese a planificar una nueva ruta por zonas menos conflictivas viví en mis carnes situaciones muy tensas con las que no contaba, teniendo que ser «evacuado» a todo correr montaña abajo ante un inminente enfrentamiento implicando a la tribu con la que estaba conviviendo. Os diré que con diferencia es el país en el que más miedo he pasado, teniendo que afrontar en más de una ocasión situaciones en las que mi vida corría peligro real. Como ya intuía al preparar mi viaje a estas tierras, la única opción segura en Papúa Nueva Guinea es salir del país, así de simple.

Pocos o casi ningún turista encontré por allí y los pocos que había salían escoltados a alguna «excursión express de ida y vuelta» al hotel, sin tener casi contacto con la gente local. Vivir con las familias y tribus de por aquí es otra historia; Una historia que me ha llevado a vivir experiencias intensas y cercanas con tribus muy acogedoras con el «hombre blanco», como me llamaban, pero a la vez violentas y con las que conviene llevarse bien y ser cordial. Alcohol, pobreza, miseria, bajísima educación y nivel cultural, poco aprecio a la vida y muy poco que perder es la tónica general aquí.

Afortunadamente el sabor de boca tan amargo que llevaba de tierras altas se me quitó durante los últimos días en la región de «Tufi», la tierra de las caras tatuadas en la costa norte del país, conviviendo con pescadores de aldeas remotas donde poco saben de enfrentamientos tribales y es que, parece ser que el mar, la brisa y la vida en torno a una canoa y un anzuelo calma el espíritu guerrero de estas gentes, las cuales a cambio sólo de unas pocas medicinas me colmaron de regalos pese a tener muy pocas posesiones.

CIERRE

Pese a todo ha sido un viaje inolvidable. Me llevo muchos nuevos amigos dispuestos a dar su vida por el «hombre blanco» y a los que muy probablemente jamás volveré a ver. No seré yo quién les juzgue cuando en nuestra historia pasada quizás nosotros fuimos incluso más salvajes de lo que pudieran ser ellos.

También ellos pensaron que somos salvajes cuando les contaba sobre los atentados que los fanáticos de la religión están llevando a cabo en tantas ciudades supuestamente «avanzadas» y civilizadas del mundo. Todo sigue su proceso natural y con un poco de suerte, tiempo y políticos menos corruptos, la riqueza de Melanesia y Papúa Nueva Guinea pueda ser preservada para compartirla con el resto del mundo sin necesidad de guardaespaldas.