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La semana nupcial

La repre

Ramón García Romero GUADAMECILERO : "Para mí el tiempo no existe, me pongo ante el cuero y me evado"

 

ROSA LUQUEROSA LUQUE 20/05/2004

LUGAR DE NACIMIENTO CORDOBA

EDAD 62 AÑOS

TRAYECTORIA HA EXPUESTO SUS GUADAMECIES EN NUMEROSAS MUESTRAS EN CORDOBA, ESPAÑA Y EL EXTRANJERO, Y ALGUNOS FORMAN PARTE DE COLECCIONES PRIVADAS Y MUSEOS. ES EL AUTOR DEL REGALO DE CORDOBA PARA LA BODA DEL PRICIPE

Para adentrarse en las moradas de Ramón García Romero, la que habita y la que sueña, hay que parar el reloj y saborear el aire de otra época, cuando Oriente y Occidente derrocharon en esta ciudad lo mejor de sí mismos. En estas estancias de silencio --sólo lo quiebra al fondo el chorro de una fuente en el patio--, entre el bosque de flora, fauna y arabescos arrancados al cuero con arte y paciencia, el guadamecilero cordobés, último guardián fiel de la tradición califal, encuentra quietud y armonía contemplando en soledad la imponente exposición de más de 80 obras que guarda sólo para sus ojos. "No es que me importe enseñarla --advierte hospitalario--, pero esta colección particular es mi vida, el trabajo de 40 años, mis estados de ánimo. Y no me desprendería de ella por nada del mundo. Quiero que se quede en Córdoba". Ahora, sin embargo, acaba de hacer una excepción, porque una pieza suya ha sido el regalo de boda del Ayuntamiento al príncipe Felipe y su prometida.

--Estará contento de que uno de sus trabajos adorne el palacio del futuro rey, ¿no? ¿Usted dónde lo colocaría?

--Pues en cualquier lado. Para mí es un honor esta distinción. Yo al Príncipe le diría: "Señor, tomadla, es mi más bella obra". Y eso que todas las que he hecho son parte de mí, en todas pongo el mismo cariño. Por eso no es fácil que me desprenda de ellas.

--Pero esta vez la ocasión merecía la pena. Nada menos que representar a Córdoba en el ajuar real.

--Así es, Córdoba está siempre presente en todo lo que hago. Su historia, su ambiente, su color, su música... Procuro plasmar la belleza de esta ciudad. Ese guadamecí representa el árbol de la vida, símbolo de la felicidad, de sabiduría, de espiritualidad. Creo que representa la esencia de Córdoba. Muchas de mis obras están pensadas para alabar a Córdoba, lo mismo que los árabes creaban belleza para alabar a Dios. También yo lo hago a veces, porque creo que Dios es el que me mueve.

--¿Escogió usted el motivo o se lo sugirió el Ayuntamiento?

--No, esto surgió de la forma siguiente: hace unos meses vino la señora alcaldesa a verme, acompañada de otras personalidades. Yo entonces no lo sabía, pero venía con una idea muy clara para encargarme. Le mostré la exposición y de pronto se paró ante ese guadamecí, y exclamó "¡Esto es lo que yo quiero!". Me insinuó si querría desprenderme de él y le dije que no, que formaba parte de mi colección particular que para mí es sagrada, aunque no me hubiera importado ceder el guadamecí para representar a Córdoba en algún evento, como he hecho en otras ocasiones con algunos. Quiso saber también cuánto tiempo me llevaría realizar otro igual y le contesté que como mínimo nueve meses. En fin, estuvo muy agradable y se marchó. Y ya más cercana la boda, un día Rosa Aguilar repitió la visita, y me dijo que se trataba de una cosa muy especial para la ciudad y para mí mismo. Y estando destinado a quien lo estaba por supuesto acepté.

Estamos sentados ante la mesa del estudio, tan en perfecto orden como el resto de la casa. No es una casa cualquiera, sino una singular vivienda cercana a la Mezquita que el artista ha mimado en su restauración hasta el último detalle, de forma que hoy sus suelos de mármol, capiteles y artesonados --un patrimonio a escala doméstica, nada ostentoso, que dice mucho de su dueño-- parecen echar un pulso al presente en el que siempre gana el tiempo detenido. "Para mí el tiempo no existe, me pongo ante el cuero y me evado de todo, aunque hace tiempo que no me encuentro bien y no hago nada, por eso ves el estudio tan limpio. Ahora me dedico más a la familia, que me necesita", explica García Romero, a quien el cuerpo y el ánimo se le vinieron abajo tras jubilarse de su oficio de diseñador gráfico, que es el que le ha dado de comer. Porque, como él puntualiza, "de esto, hecho con ortodoxia y detenimiento, no hay quien viva. Sólo es un hobby , es mi ilusión".

Sin saberlo, ya la alimentaba cuando, siendo niño, se sentía atraído por las formas y el color sin saber cómo encauzar la tentación. "Sería muy ingrato si no hiciera referencia a las fuentes de las que he bebido", dice amagando un pequeño discurso cargado de método --es tan metódico como tímido, hasta el punto de que costó la misma vida que se dejara retratar--. Unas palabras donde la gratitud se alía a la historia más desconocida del arte cordobés. "Hasta que el barón de Davillier hizo un estudio sobre los cueros cordobeses en 1870 ni se recordaba que hubiera existido esta tradición --sostiene--, y a Enrique Romero de Torres se debe, en 1924, la primera exposición en Córdoba. Pero mi maestro fue Rafael Bernier, tío del poeta. Era profesor de la Escuela de Artes Aplicadas y un artista excepcional. Me abrió las puertas de su estudio de la calle Encarnación".

--¿En qué se diferencia un guadamecí de un cordobán?

--Hay mucha diferencia. El cordobán era la piel curtida, bien en plan utilitario o bien ornamentada, que desde aquí llegó a todo el mundo. Para el guadamecí, que nació en la Córdoba omeya, sólo sirve la piel de carnero, que hay que platear, más tarde dorar y policromar --creo que la investigación en pintura ha sido mi aportación a su rescate-- y por último ferretear. Es la aristocracia del cuero, un proceso completamente artesanal.

--¿Cómo ha podido conjugar durante tantos años su profesión con una vocación tan ajena a las prisas como la suya?

--A mi trabajo de creación gráfica le he dedicado mucho tiempo, pero luego no me importó sacrificar vigilias o lo que fuera. Esto ha sido para mí un refugio. Mis tristezas, mis alegrías están volcadas en estas obras.

--Hace ocho años que no expone. ¿No echa de menos el contacto con el público?

--Es que no acabo de encontrarme bien. Yo he expuesto mucho, dentro y fuera de España. Y el motivo que me ha movido siempre ha sido Córdoba, difundir su legado omeya, además de la propia satisfacción ante un arte que me fascina.

--¿Qué necesita Córdoba para ser capital cultural de Europa?

--Sobre todo saber vender lo suyo. Detrás de cada muro hay un artista en silencio. Eso es muy cordobés. A mí me gusta.