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AL CONTRAATAQUE

Las segundas oportunidades

 

Milena Busquets Milena Busquets
12/10/2017

Tengo una amiga que se plantea volver con su exnovio, al que dejó cuando este se enamoró de otra mujer y reconoció --al menos fue honesto-- que a pesar de tener dos hijos en común y de adorarla, se sentía incapaz de dejar de ver a la otra mujer. Y tengo otro amigo, periodista, que se está planteando volver --han venido a buscarlo ellos-- al diario con el que colaboró al inicio de su carrera, a pesar de que le trataron mal y de que no supieron en aquel momento calibrar su verdadero talento. Y tengo un amigo dispuesto a perdonar el abandono de su mejor amiga durante la larga enfermedad y la muerte del padre de él. Los tres son buenas personas. Elijo a mis amigos (y espero que ellos me escojan a mí) ante todo por ser radicalmente buenos y por estar radicalmente abiertos al mundo, las demás cualidades me dan un poco igual. De hecho, muchas de las demás cualidades las encuentro en los libros: donde no llegan mis amigos amados llegan mis libros amados, y donde no llegan mis libros amados siempre llegan mis amigos. Mis tres amigos, claro, se mueren de ganas de volver, a su guapo novio, a su rutilante primer diario, a su divertida y estimulante amiga. Yo no estoy muy a favor de las segundas oportunidades, no suelo darlas ni dármelas.

Hay un fragmento muy famoso de Samuel Beckett sobre el fracaso que dice: «Lo intentaste. Fracasaste. Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor». Dejando de lado el hecho de que los emprendedores (que jamás han leído a Beckett) piensan erróneamente que se trata de una frase de superación cuando es en realidad una frase de un pesimismo absoluto, no estoy nada de acuerdo con ella. Fracasar es un coñazo, y si el mundo fuese como debería ser (pero casi nunca lo es) no fracasaríamos nunca mucho. Las segundas oportunidades son las oportunidades del cansancio. Si algo no sale bien a la primera, es rarísimo que salga bien a la segunda. Como cuando te vienen a ver dos amigos que fueron pareja, cogidos de la mano, sonrientes y con los ojos cansados, y te dicen que lo van a volver a intentar. Y uno exclama, sabiendo muy bien que es mentira: «¡Ah, qué bien! Seguro que esta vez todo sale de maravilla».

O como cuando vas a una tienda a buscar algo y después de dar muchas vueltas y de no encontrarlo, te quedas con el jersey de cachemira azul marino, que está bien, tienes cinco iguales y los llevas constantemente, pero no es lo que querías cuando saliste de casa. La paciencia está sobrevalorada, hay que ser perfectamente generoso y absolutamente impaciente. No me des nunca una segunda oportunidad, dame una tercera.

* Escritora

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