Con una sutil mirada sonriente me has mostrado a lo largo de este último trayecto, que la vida es mucho más que un latido o una respiración, mucho más que la sobrevalorada mera vida que, absolutizada, se convierte en fin último, que solicita y desenfoca todas nuestras energías.

Mera vida vacía que estando carente de un por qué vivir, nos hace insoportable el cómo hacerlo; Aun más, cuando estando atrapada en la cama por la enfermedad, el fin incuestionable es la desaparición permanente de tu conciencia. Tu salvación fue saber, a tiempo, que la vida es finita y en un ejercicio de responsabilidad con tu vida, con el regalo otorgado por la providencia, buscaste como lo habías hecho siempre, un nuevo objetivo, un propósito, una nueva causa, en definitiva un sentido a la vida.

El deseo de encontrar un sentido concreto a la vida es un impulso muy primario, único para cada uno de nosotros y cambiante, modulado por las demandas que la vida nos plantea en cada momento.

Implica abrir los ojos contemplar nuestro entorno, nuestra realidad e identificar las causas a las que entregarse, el amado por el que merezca la pena hasta morir.

Tu dolor intenso, que en ningún momento alcanzó la categoría de sufrimiento, nos hizo buscar una solución para cumplir con tu penúltimo propósito vital, llegar a conocer y abrazar a esa nueva vida que llegaba una planta más abajo del hospital San Juan de Dios.

Una nueva vida, que hacía a la tuya eterna. Aún ahora cierro los ojos y sobrecogido te observo desembarazada y desprendida de ti misma, relevada de todo querer, de todo deseo, de todo interés.

Eres ahora más que nunca, apunto de abrazar tu destino y después de haber vivido, quietud eterna, eres belleza.

* (El autor es oncólogo médico)