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Día Mundial del ictus

El coste invisible del ictus: transformar el sistema para cambiar vidas

Especialistas y pacientes reclaman una atención continuada que combine prevención, rehabilitación y seguimiento

Haber sufrido un ictus incrementa el riesgo de volver a padecerlo. La comunidad médica insiste en la importancia de controlar los factores de riesgo y mantener el tratamiento

La doctora María del Mar Freijo, jefa de Sección de la Unidad Neurovascular del Hospital Universitario de Cruces; Julio Agredano, presidente y fundador de la Fundación Freno al Ictus y el doctor Jaime Masjuan, jefe del Servicio de Neurología del Hospital Ramón y Cajal.

La doctora María del Mar Freijo, jefa de Sección de la Unidad Neurovascular del Hospital Universitario de Cruces; Julio Agredano, presidente y fundador de la Fundación Freno al Ictus y el doctor Jaime Masjuan, jefe del Servicio de Neurología del Hospital Ramón y Cajal.

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Cada año se registran alrededor de 120.000 casos de ictus en España. Es la primera causa de muerte en mujeres y la segunda en hombres. 1 de cada 4 personas sufrirá uno a lo largo de su vida. Son cifras de la Fundación Freno al Ictus, dedicada a reducir el impacto de la enfermedad en la sociedad a través de la prevención y la inclusión de los afectados; tras ellas hay miles de afectados que pueden arrastrar secuelas físicas, cognitivas y emocionales que condicionen su día a día y el de sus familiares o cuidadores.

Con motivo del Día Mundial del ictus, que se conmemora el 29 de octubre, especialistas y pacientes ponen el foco en la importancia de una atención continuada, que no se limite a la fase aguda y que incida tanto en la prevención como en los cuidados posteriores.

Prevenir un segundo episodio

Haber sufrido un ictus incrementa el riesgo de volver a padecerlo. Según datos de la la Sociedad Española de Neurología, de no seguir un tratamiento adecuado, la probabilidad de recurrencia es del 10% a la semana del suceso, del 15% al mes y del 18% a los tres meses. Aumenta con el tiempo, alcanzando hasta el 25% a los 5 años y el 40% a los 10 años. Cada episodio es más incapacitante que el anterior y se asocia también con una mayor mortalidad y un mayor riesgo de demencia.

Por eso, la prevención secundaria es esencial. “Hay cuatro imprescindibles, como las cuatro patas de una mesa: mejorar los hábitos de vida, seguir el tratamiento farmacológico indicado, controlar de forma regular los factores de riesgo —la presión arterial, la diabetes y el colesterol— y no fumar. Si cuidas esos cuatro factores las probabilidades de repetir un ictus son menores, pero si una de ellas está débil todo el plan pierde fuerza”, explica el doctor Jaime Masjuan, jefe del Servicio de Neurología del Hospital Ramón y Cajal de Madrid.

Julio Agredano, presidente y fundador de la Fundación Freno al Ictus, que conoce de primera mano las consecuencias de la enfermedad, destaca que la implicación del paciente es fundamental: “Después de sufrir un ictus hay que evitar que vuelva a ocurrir. No basta con superarlo y salir del hospital, hay que estar preparado para adquirir nuevos hábitos y afrontar nuevas necesidades. No es fácil, pero merece la pena por ganar calidad de vida. Al final, nosotros somos los primeros responsables de nuestra salud.”

Más que secuelas físicas

Lamentablemente, superar un ictus no siempre significa recuperar la vida que se tenía antes. Aunque la evolución varía según cada caso, algunas personas mantienen secuelas que afectan a su autonomía y dificultan tareas cotidianas como caminar, vestirse, comer o asearse. Otras presentan problemas de memoria, concentración o comunicación que pueden pasar más desapercibidos, pero que también condicionan la vuelta al trabajo, las relaciones personales y la recuperación.

Y las consecuencias no son solo físicas. La doctora María del Mar Freijo, de Osakidetza y jefa de Sección de la Unidad Neurovascular del Hospital Universitario de Cruces, en Baracaldo, recuerda que las alteraciones cognitivas y emocionales derivadas de la enfermedad pueden dificultar la adaptación a la nueva situación del paciente y repercutir también en su círculo más cercano: “El ictus puede hacer que una persona que era totalmente autónoma deje de serlo de repente, y eso cambia tanto su vida como la de su entorno. En los casos en que se necesita ayuda para las actividades básicas, los familiares pueden asumir buena parte de los cuidados, con el desgaste físico y emocional que eso supone.”

Julio Agredano advierte, además, de que el alta hospitalaria no siempre viene acompañada de la orientación necesaria para gestionar todo lo que viene después: “Tras regresar a casa, pacientes y familiares necesitan mucha información, por ejemplo, para solicitar el reconocimiento de la discapacidad o la dependencia, para conocer las ayudas disponibles o para encontrar recursos que les permitan continuar la rehabilitación. Muchas familias no saben a quién acudir.”

“La recuperación no puede depender únicamente de la capacidad de cada familia para encontrar y asumir esos apoyos”, añade la doctora Freijo, que defiende que el alta debe ir “acompañada de un plan de seguimiento que garantice la continuidad de los cuidados y la coordinación entre todos los profesionales implicados.”

Nuevas vías de tratamiento

La investigación y los avances médicos están ampliando las posibilidades de abordar el ictus, desde el diagnóstico y la atención en la fase aguda hasta la rehabilitación y la prevención de nuevos episodios. El objetivo es mejorar la respuesta ante una enfermedad que continúa siendo uno de los grandes retos del sistema de salud español.

El doctor Masjuan destaca el potencial de nuevas estrategias farmacológicas que podrían reducir el riesgo vascular: “Se están investigando nuevos fármacos antitrombóticos que actúan sobre el factor XI de la coagulación y que podrían ayudar a prevenir el ictus sin aumentar el riesgo de sangrado”.

La doctora Freijo señala la importancia de avanzar en la personalización del tratamiento: “Existen medicaciones, por ejemplo, para el control del colesterol, la hipertensión o la diabetes. Y se están desarrollando nuevos tratamientos que tienen el potencial de mejorar el manejo de los factores de riesgo y disminuir la recurrencia. Es importante analizar cada caso de forma individualizada, para identificar de qué intervención puede beneficiarse más.”

Detectar rápido los síntomas salva vidas

La prevención y el tratamiento del ictus debe ir acompañada de una mayor capacidad de la sociedad para reconocer los síntomas de alarma. “La pérdida repentina de fuerza en un brazo, la dificultad para hablar, la visión borrosa, la pérdida de sensibilidad en un lado de la cara o la aparición de mareos, vértigos y pérdida de equilibrio pueden ser señales de un ictus y requieren actuar de inmediato. Ante cualquier sospecha, por mínima que sea, hay que llamar al 112 o al 061. Cada segundo es crucial”, recuerda Julio Agredano.

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