Opinión | macondo en el retrovisor

Miedo en Dublín

Hay que tener bien presente que las noches de cristales rotos nunca trajeron nada bueno

Los dos son inmigrantes. El héroe y el villano del suceso que conmocionó Dublín el pasado jueves y que desencadenó, horas más tarde, disturbios de una violencia ya casi olvidada en la capital de Irlanda. Por eso es difícil justificar esa base de odio, tangible y desatado, hacia lo foráneo, culpándolo de los acontecimientos.

Es cuestionable, cuanto menos, que cuando el autor y el ‘revulsivo’ de esta tragedia en particular comparten el hecho de ser extranjeros se opte por poner el acento en el ‘malo’, cuando si no llega a ser por el ‘bueno’ el desenlace podría haber sido mucho peor.

Pero vayamos a los hechos. Ese día, sobre la una y media de la tarde, un hombre, natural de Argelia, apuñaló sin causa aparente a cinco personas a la salida de un colegio, situado en pleno centro. Tres de ellos eran niños de cinco y seis años; y dos de las víctimas siguen en estado crítico. Un brasileño, repartidor de comida, que pasaba por allí con su moto, redujo al agresor utilizando su casco como escudo.

A partir de ahí, muy cerca de dónde ocurrió el suceso, una pequeña concentración pacífica que se originó de manera espontánea para condenarlo derivó horas más tarde en una marabunta enloquecida que quemó a su paso un autobús de dos plantas, un tranvía y varios coches de policía, mientras campaba a sus anchas por O’Connell, una de las principales vías de la capital.

Luego se supo que grupos de extrema derecha habían organizado y azuzado la protesta, según ellos, para denunciar que los inmigrantes son una «amenaza para el país», con toda la ironía que conlleva que mientras lo hacían, sembraban a su paso el caos y el miedo.

Aquella tarde, los que paseábamos por la ciudad, tardamos en comprender lo que estaba pasando. Era difícil ver la correlación entre un terrible suceso aislado y el odio ciego que en ese momento mostraban unos quinientos desalmados, cuyos cabecillas iban tapados hasta los ojos y actuaban con total impunidad.

En la isla esmeralda viven casi 900.000 inmigrantes, según los últimos datos publicados por la ONU. De ellos, unos 8.900 son españoles. Las oportunidades laborales y el idioma son los principales atractivos; además de la hospitalidad y el buen carácter de los irlandeses.

Y es verdad que suelen ser incluyentes, generosos y serviciales con los extranjeros. Por eso resultaba tan sorprendente e impactante la patente xenofobia y el racismo que se desprendía del discurso y las actitudes de los protagonistas de los disturbios de aquella noche sin sentido, que se saldó con daños materiales estimados en unos 20 millones de euros. Pero también con un sabor amargo para todos los emigrantes que consideramos Irlanda nuestra segunda casa.

Con todos los establecimientos cerrando las puertas por temor a los destrozos y sin opciones de transporte públicos activos, para «evitar más vandalismo», la multitud que en esos momentos estábamos en el centro, en la víspera del ‘Black Friday’, tuvimos que buscarnos la vida para volver a casa en una ciudad en la que la inmensa mayoría vive en los suburbios.

La policía, que estuvo claramente superada por la situación, no hizo ningún intento por evacuar de forma ordenada ni segura a todos los que nos encontrábamos ‘atrapados’ en el corazón de la vieja Dublín. Con el olor a quemado metido en la nariz, impresionados por el sobrecogedor silencio de una multitud que huía sigilosa por miedo a convertirse en el objetivo de la ira, llegamos a casa agradecidos de cerrar la puerta por dentro.

Tras los acontecimientos, el balance de daños, los lamentos vacíos y los consabidos intentos de politizar y sacar rédito electoral de la situación. Personalmente me falta autocrítica constructiva y, sobre todo, profundizar en unos ‘síntomas’ que indican que existe un caldo de cultivo peligroso entre los dublineses, al que si no se le pone cerco, puede ir a mucho más.

Lo más inquietante: los intentos de quitarle hierro al asunto. El empeño por asegurar que ha sido algo puntual y anecdótico; hechos aislados y localizados, como pasó con el triunfo de Trump en Estados Unidos o los actuales resultados de las elecciones en Argentina.

No nos engañemos, todos tienen un denominador común: el oportunismo, la ignorancia y los intereses de unos pocos ‘listos’ que saben que el alcance del populismo, bien orquestado puede llegar muy lejos. Todavía estamos a tiempo de tirar de los libros de Historia, y tener bien presente que las noches de vandalismo y cristales rotos nunca trajeron nada bueno.

*Periodista