Opinión | macondo en el retrovisor

La conversación del bus

Es incoherente no ver el potencial de exponer y poner en valor las lenguas cooficiales

A algunos españoles adinerados les gusta que sus hijos hablen idiomas, pero les parece una ‘desfachatez’ que se utilicen lenguas distintas al castellano en el Parlamento de los diputados. Así de claro me quedó, a mí y a todo el pasaje que hablara español, en uno de los autobuses de línea del centro de Dublín hace unos días.

La capital irlandesa estaba a rebosar de turistas aprovechando el Puente del Pilar. Y entre ellos se encontraban las dos señoras, que mantuvieron la susodicha conversación, mientras sus maridos estaban atentos a su parada, Trinity College, la universidad más ilustre de la isla esmeralda, donde al parecer está estudiando uno de sus hijos.

Y no, no crean que me enteré de todo esto pegando la oreja, aunque podría ser, por pura deformación profesional, pero en este caso no hizo falta. Como les suele suceder a muchos viajeros, las dos amigas debieron pensar eso de que «como estamos en otro país, se puede hablar sin ‘filtros’, porque, total, como no se enteran...».

Así fue cómo pudimos escuchar, entre parada y parada en Dame street, que «el uso del catalán, el euskera y el gallego en el Parlamento, nos divide, pero el inglés nos unifica». Bueno, a ver, en realidad, y leyendo entre líneas, dejaban bien claro que también nos separa, pero por clases, claro. Y eso, al parecer, no es división, sino orden.

No en vano, durante décadas el dominio de esta segunda lengua ha representado en nuestro país la verdadera brecha que separaba en formación a los niños y jóvenes, dependiendo del poder adquisitivo de sus padres.

Sólo aquellos que venían de ‘familia con posibles’ se podían permitir el lujo de clases particulares con profesores nativos o estancias en el extranjero. Añadiendo a su currículo un extra, que no estaba al alcance de todos los españoles y que era clave en sus aspiraciones y sus opciones laborales.

Para subsanarlo, a principios del siglo XXI, se apostó por la implantación de centros públicos bilingües, repartidos por toda la geografía española. Una iniciativa que buscaba fomentar una mayor equidad, facilitando el acceso a otra lengua a estudiantes procedentes de hogares con menor renta. Aunque cada vez es más evidente que no se ha logrado el objetivo.

Estos días, me he dado de bruces con un estudio sobre centros bilingües en Andalucía, que analiza un millar de colegios, ubicados en los 29 municipios de más de 50.000 habitantes; y que deja patente que hay muchos más de estos colegios en los barrios de clase media/alta y alta.

Así mismo, exponía también el hecho de que este tipo de educación, a la que se acogen las escuelas de forma voluntaria, es el doble de frecuente en los centros concertados (72% de los casos) que en los públicos (36%), en los que estudian la mayoría de los estudiantes de las familias más desfavorecidas.

Entrar a valorar el sistema en cuestión merece un artículo aparte. El sinsentido que supone estudiar sociales, historia o biología en inglés. Aprender a redactar y leer en esa lengua y no hacerlo correctamente en castellano. Incidir en la acumulación de vocabulario anglosajón, en detrimento del patrio. O la falta de nivel del profesorado en el idioma, muy lejos del deseable y pocas veces equiparable al de un nativo.

Pero en cualquier caso, el análisis deja en evidencia que siguen siendo los privilegiados los que más fácil tienen el aprendizaje y la inmersión en el inglés. Y bien que les gusta presumir a los papás de ello, cuando van a visitarles al ‘extranjero’, aprovechando las festividades, mientras critican, sin embargo, el uso de las lenguas cooficiales en el Parlamento.

Resulta cuanto menos incoherente ese afán por que sus hijos sean bilingües como herramienta de acceso y llave a un futuro mejor, y sin embargo, no vean el potencial de exponer y poner en valor la existencia y el uso de otras lenguas, que nos enriquecen, nos hacen más plurales y abren otras puertas. Aunque no sé de qué me sorprendo, porque no ha sido la primera, ni será la última vez, que la derecha de este país se ensaña con medidas y leyes, para luego beneficiarse de ellas, a la chita callando.

Ahí están las hemerotecas para recordar cuántos políticos y conocidos conservadores se han divorciado, por ejemplo, después de haberse opuesto radicalmente en su momento a la ley que lo permite, vilipendiando a sus impulsores. Porque la coherencia es para ellos una desconocida, en el bus y en el ruedo político.

*Periodista