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Jose Manuel Ballesteros Pastor

Francisco Escalera

Sí, tiempo y espacio sostienen estos cuadros, y por ello su buena acogida

Pensé que no llegaba a tiempo para escribir sobre este pintor nuestro que expone en el Teatro Cómico (c/. Ambrosio de Morales) su ‘Memoria del paisaje. Tres décadas de pintura’. Y lo hubiera sentido, porque tenía necesidad de ver en directo este recorrido que nuestro artista nos ofrece sobre su obra. Menos mal que se ha prorrogado la clausura hasta el 20 de noviembre, dada la extraordinaria acogida que ha recibido.

Y ésta es la mejor crítica que se le puede hacer, pues comprobamos que es una obra destinada al pueblo, no a recrearse en sí misma, como tantos artistas nos tienen maltratados. La cita sobre el Libro de Job, con la que nos recibe la exposición, es un buen preámbulo: «El tiempo se escapa como las nubes, como las naves, como las sombras». Sí, tiempo y espacio sostienen estos cuadros, y por ello su buena acogida, porque tiempo y espacio son las coordenadas en las que se mueve nuestra existencia.

Todo arte que no se sostenga dentro de ellas es solo un pobre juego intelectual, frío, muerto, que, por tanto, nace destinado a la nada. En Francisco Escalera, como buen trabajador, sincero, humano, sabio, leal, su arte es pura vida, y por eso despierta el alma de quien lo contempla. Impresiona de este pintor la evolución de la perspectiva en la línea del horizonte, cómo nos va haciendo partícipes de cada paisaje, cómo va bajando del aire a la tierra, hasta llegar a introducirnos en el cuadro. Y así hace nuestros sus temas, pues los enmarca en el espacio y, sobre todo, en el tiempo.

El agua, el cielo, la luz no son abstracciones, sino momentos existenciales, que ya permanecerán para siempre; son instantes que se han hecho eternos y vibran llenos de vida en sus colores quebrados, en la perspectiva aérea de algunos de sus temas, en lugares donde las personas caminan o miran hacia el infinito, o se confunden con la circunstancia de ese momento, en una playa, una calle, un edificio. Así la atmósfera envuelve el cuadro y sale de él, y por esto mismo no podemos permanecer ajenos y pasar sin más a contemplar otro cuadro. No, de cada uno de ellos palpita un algo profundo de existencia, de melancolía, de soledad, debido al imposible detener del paso del tiempo; pero también de luminosidad, de alegría, de plenitud: los dos mundos del alma humana.

* Escritor

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