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Carolina González

EL TRIÁNGULO

Carolina González

Aguantar, empatizar o ambas

Vaya días de sobresaltos. No en la economía o en la política, que también. Porque menudos mordiscos se están dando en Vox justo cuando la ultraderecha llega al poder en Italia, y las promesas fiscales no hacen más que darnos un disgusto tras otro. Pero esta semana, permítanme tratar otro asunto más prosaico: el tratamiento del dolor ajeno cuando hay un famoso de por medio.

Estos días han llenado portadas varias rupturas. La más sonada, la de la hija de Isabel Preysler y un chico bien de Madrid. Tamara Falcó e Íñigo Onieva, por si entran en redes sociales y leen los hastags que son trending topic. A estas alturas de la película parece que todo el pescado está vendido. Entre su anuncio de compromiso --‘engagement’ lo llamó él como término relacionado con el márketing-- y la ruptura no pasaron ni 48 horas. Un vídeo besándose con otra hacía saltar por los aires los planes de la heredera de la reina de la prensa rosa. Aceptaba primero las excusas de su prometido, pero las mentiras, la traición y el reconocimiento de la infidelidad después la llevaron a la residencia Preysler a llorar y tomar la decisión. Se acabó.

Durante ese tiempo, imagínense cómo han hervido las redes sociales, los programas de televisión y las revistas del corazón. Algún periódico supuestamente serio también ha recogido la noticia porque el tirón mediático y social ha sido importantísimo. El culebrón estaba asegurado: amor, ruptura y... linchamiento o endiosamiento.

Los millones de comentarios en internet que generaba todo lo relacionado con la pareja desataban empatía y aversión a partes iguales. Indistintamente a uno u otro. Además de los clásicos insultos relacionados con los astados cuando se trata de una infidelidad, se cuestionaba la inteligencia, autenticidad e intencionalidad de Tamara. Desde un «se lo merece» por ser así hasta un «lo sabía pero miraba para otro lado» porque ya conocía el carácter conquistador de su novio. A él también le cayó lo suyo, por supuesto. Vividor, aprovechado, inmaduro...

La ventaja de ser famoso es que puedes convertir tu vida en negocio. Ganar dinero por decir o callar. Rentabilizar presencia en actos y convertir tu imagen en medio de vida. Puedes vender tu suerte o tu desgracia. Sin embargo --he aquí el dilema--, no sé si todo ello es razón suficiente para tener que leer y escuchar lo que cualquiera desde su sofá, móvil en mano, pueda opinar con la distancia moral que proporciona el espacio físico. Tengo dudas de ese peaje. No sé si los personajes públicos deben aguantarlo todo porque va incluido en el negocio o el resto tenemos que cortarnos un poco. El peliculón no ha hecho más que empezar. Compren palomitas.

** Periodista

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