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Diario Córdoba

Joaquín Pérez Azaústre

Una retirada

Lo que más sobresale en Rafael Nadal es el pulso eterno que mantiene consigo mismo

Nadal ha sido siempre una musculatura en movimiento con el corazón por delante. Una especie de Rocky Balboa de la tierra batida, el cemento o la hierba. Ese tipo que no se rinde nunca, que hace de la lucha en resistencia una vida salvaje. Ha pasado por etapas muy diversas en nuestra percepción: desde sus comienzos de guerrero indio, tan moreno y nervudo como Toro Sentado, el último gran jefe de la nación sioux, antes de arrasar ese romanticismo algo suicida del general Custer, hasta su evolución final de ajedrecista que sabe administrar sus desventajas hasta darles la vuelta. Hemos ido creciendo, viviendo, amando y sufriendo mientras veíamos jugar, esforzarse y sufrir a Rafael Nadal, que quizá ya sea la última gran figura deportiva de nuestra generación todavía en activo; y hemos podido ir apreciando matices en el planteamiento de su juego, en la dosificación de sus lesiones, de su cuerpo cansado y poderoso aún, con la mentalidad de quien no tiene nada que perder, salvo una exigencia radical a sí mismo que seguramente podemos compartir. Lo hemos visto ganar y lo hemos visto perder; y más allá de aquellas primeras efusiones juveniles --era maravilloso verlo revolcarse por la tierra roja de París, ganándose a ese público enfrentado--, lo cierto es que después ha ido atemperando sus victorias, y también sus fracasos. Nunca lo hemos visto hundido, nunca lo hemos visto desesperado, nunca ha tenido un gesto que al final desentone. Gestiona bien sus sombras, porque las tendrá, con la misma serenidad con que sabe medirse en sus triunfos, y se tiene bien cogida su medida.

Podríamos darle al rodillo evocador y seguir poetizando con Nadal, que habría hecho las delicias de Píndaro el beocio, de lo que significa cada gesto suyo, y también de las aristas que provoca involuntariamente en quienes son contrarios a lo que representa. Pero de todas sus características, de todos estos destellos que deja al fin un hombre cuya obra deportiva está ya bastante hecha --aunque no sabemos si más o menos concluida--, lo que más sobresale en Rafael Nadal es el pulso eterno que mantiene consigo mismo y con las circunstancias: cuanto más se le encrespen, más se revuelve él para afianzarse en su fe indoblegable ante el presente. Es un tipo que parece estar diciéndose siempre: Yo puedo con esto. Voy a pensar cómo, voy a cambiar de estrategia, de intensidad o pegada, de lo que haga falta, pero voy a darle la vuelta a todo esto para poder vencer o para no rendirme, que en Nadal es lo mismo. Ese tipo de naturaleza que cree poder con todo, y casi siempre acierta. Eso ha sido Nadal, y por eso Chris Hemsworth, el hercúleo intérprete de Thor, ha dicho de él que se merece ser un superhéroe Marvel. Lo es: especialmente, cuando más vencido nos parece y nos recuerda la frase de Hemingway en ‘El viejo y el mar’: que el hombre no está hecho para la derrota. Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado.

Nadal no está hecho para la derrota, pero unas semanas después de retirarse de Wimbledon por su lesión abdominal quiero analizar su gesto. Las imágenes de su padre y de su hermana gritándole desde la grada eran tremendas. Déjalo ya, no merece la pena. Le estaban diciendo eso justo al hombre que nos ha enseñado que sí merece la pena, que hay que perseverar contra viento y marea, que el dolor y la pérdida sólo son la antesala de la gloria. Sin embargo, cuánta majestad muda hubo en la retirada de Nadal. Ahí te quedas, Wimbledon. He besado tu hierba un par de veces, te he ganado ya, pero voy a dejarlo. Más tenistas te han regado antes con su sangre y sudor, pero yo ya te he dado demasiado.

Lo que nos enseña el tipo que nunca se rinde es que rendirse, a veces, en aquello que se ama, puede considerarse una victoria. Que no hay que insistir tanto sobre el daño --su abdomen seguía abriéndose en silencio, dolorosamente, sin que nada pudiera protegerlo-- porque lo importante eres tú. Han pisado ese césped muchos otros tenistas y cada año hay un ganador de Wimbledon: pero sólo hay un Nadal. Claro que nos hubiera resultado heroico ver a Rafa ganar con el abdomen a punto de romperse, pero no hace falta dar tanto, porque ya lo ha hecho todo y no tiene que demostrar nada. Habrá más ocasiones si tiene que haberlas, porque sigue teniendo el tiempo a su favor y Wimbledon siempre será Wimbledon. Quizá más adelante vuelva a pisar esa hierba, pero exigir su tiempo y racionalizar esa pasión propia de su esfuerzo le da la dimensión solar del hombre que se gana a sí mismo frente a los elementos.

* Escritor

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