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Diario Córdoba

Ángela Labordeta

EL TRIÁNGULO

Ángela Labordeta

Los presidentes son culpables

No son inmortales, y su hallazgo es nuestra mejor cadena perpetua

Los presidentes siempre son culpables y lo son hagan una cosa o su contraria, porque siempre habrá una mayoría para la que todo es un clamoroso desastre, descalificando sus decisiones e incluso los más osados determinarán con audacia y decisión que el presidente es desleal y lo peor que nos podría haber pasado en tiempos de crisis y pandemia.

Los presidentes son tipos hechos de otra piel y no precisan de bondades para intuir cuantas realidades opuestas constituyen el alma de sus conciudadanos que se ahoga al despertar cada mañana y no encuentra asiento cuando las cosas le resultan incomprensibles, no porque sean incomprensibles, sino porque en su verdad ideológica y ética todo lo que sucede es cuestionable y todas las decisiones políticas son un desastre y vaticinan el peor de los fracasos.

Los presidentes, a veces, no duermen e incluso cuando duermen sueñan con soluciones que nunca llegarán y los problemas son duras caídas en los que invierten tiempo y recursos y un sinfín de explicaciones que nadie quiere entender y mucho menos escuchar y así que siga la bronca y el baile de máscaras no termine nunca y cuando el presidente no encuentre aliento ni descanso sus adversarios arañarán pequeños momentos de gloria.

Los presidentes desarrollan un escudo que es la parte menos humana de su condición y casi siempre terminan por considerarse intocables y olvidan que en ocasiones no tienen razón y que el hombre es el esclavo de sus dioses y compite con todos los demonios para acariciar la gloria de los justos, algo a lo que un presidente no puede aspirar porque la justicia es un dado con todas caras iguales y él debe acariciar la diferencia, protegiéndola de los iguales.

Los presidentes hablan y así intentan defenderse y explicar tal o cual acción, pero da igual qué palabras utilicen porque su discurso está condicionado por la realidad, cuestionable o no, de aquellos que lo escuchan y que ya han prejuzgado al presidente, de forma que da igual lo que diga, sea lo que sea será criticado por unos y aplaudido por otros y como la vida su reflejo tendrá seguidores y detractores que una y otra vez acusarán al presidente, afirmando que miente. Lo peor que le pueden decir a un presidente es que miente, porque en la mentira anidan los rencores y todas las sospechas.

Dicen que los presidentes lloran y que lo hacen por cuestiones mínimas: un desencuentro fugaz cuando todo iba ya excesivamente mal o una llamada a destiempo en el tiempo de descuento. Los presidentes se equivocan y no encuentran las palabras oportunas y en ocasiones arrastran a su pueblo a un caos dialéctico por cuestiones excesivamente superfluas, casi florales, como de música postiza.

Los presidentes no son inmortales y su hallazgo es nuestra mejor cadena perpetua.

*Escritora y periodista

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