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Diario Córdoba

Luis Mendoza Pantión

COLABORACIÓN

Luis Mendoza Pantión

Supervivencia

Con ninguno o con el más pequeño de los esfuerzos voy consiguiendo acostumbrarme. Acostumbrado se sufre menos con lo que no nos gusta, como si no hiciera falta o, tras la nube, ocultar la verdad que nos hunde, inconscientes, en la infelicidad. No veo maldades en mi entorno ni al pasar junto a los más terribles horrores: me estoy acostumbrando al mal olor, a las visiones más terribles, a los peligros que están junto a otros hombres, por abandono, descuido o la nombrada mala suerte. Me ando curtiendo y creo que es cosa de mayorías, de madurez, simplemente, de hombres que, hechos, cruzan sin percatarse de que el dolor a todos puede tocar y toca.

Las bombas abren caminos en medio de la vida: desde la fresca y verde hierba, a la sonrisa familiar por la esperanza y el amor de siempre, el amor en paz y falsamente eterno. Y atraviesa salones entre sonrisas y proyectos, entre sueños que nos ayudan a cruzar. La maldad o el obús arranca las ventanas, proyecta los techos, los nidos donde aseguraban aquellos futuros por los que no sospechábamos sufrir. La torpeza destroza los proyectos, el alivio de la somnolencia: nos aleja de aquella rutina necesaria como cobijo de, quizá, felicidad normal por ignorancia.

Me estoy acostumbrando al dolor de los otros, también al mío, como aguarda el pequeño y ruidoso jilguero en su jaula. ¿O acaso lo sabe? ¿Conoce el motivo de su alegría? ¿O canta por la pena? Arrancaron las ilusiones, nuestros pasos, también nuestros, de nuestros hijos y de los hijos de éstos, con los balcones y ventanas, con los suelos y techos, con los retratos amarillos de todas las historias. ¿Y ahora? ¿Después de verlo? ¿De saberlo...? No es una fantasía, una duda de horror que queremos borrar y que borramos. Todo esto es verdad... Si es también verdad la vida...

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