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Diario Córdoba

Antonio Gil

PARA TI, PARA MÍ

Antonio Gil

La parábola del hijo pródigo, metáfora de Dios

«Escribió Thomar Merton que el miedo es el principio del odio y el odio es el principio de todas las guerras»

La cuaresma de este año está marcada por una guerra que conmueve las entrañas del mundo entero, que rompe y quebranta todas las leyes humanas y divinas, que nos deja no sólo sorprendidos sino conmovidos y nos hace abrir el corazón de par en par para acoger a los refugiados y ayudar a tantas víctimas inocentes. Escribió Thomas Merton que el miedo es el principio del odio y que el odio es el principio de todas las guerras. Y el odio más peligroso no es el que sentimos los unos hacia los otros sino hacia nosotros mismos, un odio anterior y más enraizado, ya que nos hace ver nuestro mal en los demás y nos incapacita para la convivencia. «En el origen de todas las guerras hay un hombre que no sabe soportarse y vive con grandes divisiones, un hombre que sufre después de todo», nos dice el escritor y poeta Jesús Montiel. Nuestra relación con los demás depende de nuestra relación con uno mismo. Es la misma tesis del psicólogo social Arno Gruen, que psicoanalizó a cantidad de personas que vivieron la tragedia nazi, a uno y otro lado. «El odio a los demás siempre tiene que ver con el odio a uno mismo. Si queremos entender por qué las personas torturamos y humillamos a otras personas, antes tenemos que analizar lo que detestamos en nosotros mismo. Pues el enemigo que creemos ver en otras personas tiene que encontrarse en nuestro propio interior». Para Gruen, la solución es «afrontar el dolor propio y fortalecer la vida interior». Preciosas reflexiones para esta cuaresma que, en su cuarto domingo, hoy nos presenta en el evangelio de las eucaristías, la conocida parábola del «hijo pródigo», conocida también como la «parábola del padre bueno». No quería Jesús que las gentes de Galilea sintieran a Dios como un rey, un señor o un juez. Él lo experimentaba como un padre increíblemente bueno. Tres personajes configuran la historia: un padre y dos hijos. El hijo menor dice a su padre: «Dame la parte que me toca de la herencia». Al reclamarla, está pidiendo de alguna manera la muerte de su padre. Quiere ser libre, romper ataduras. No será feliz hasta que su padre desaparezca. El padre accede a su deseo sin decir palabra: el hijo ha de elegir libremente su camino. ¿Acaso no es ésta la situación que vivimos en la sociedad actual? Muchos quieren hoy verse libres de Dios, ser felices sin la presencia de un Padre eterno en su horizonte. Dios ha de desaparecer de la sociedad y de las conciencias. Y lo mismo que en la parábola, el Padre guarda silencio. Dios no coacciona a nadie. El hijo se marcha a «un país lejano». Necesita vivir lejos de su padre y de su familia. Pronto se instala en una «vida desordenada». Y al poco tiempo, su aventura empieza a convertirse en drama. Sobreviene un «hambre terrible» y solo sobrevive «cuidando cerdos». El joven «entró dentro de sí mismo» y ahondando en su propio vacío, recordó el rostro de su padre. Podemos decir que «inventa», de alguna manera, los «ejercicios espirituales». En su interior se despierta el deseo de una libertad nueva junto a su padre. Reconoce su error y toma una decisión: «Me pondré en camino y volveré a mi padre». Y aparece la silueta del padre, que «sale corriendo al encuentro de su hijo, se le echa al cuello y se pone a besarlo efusivamente». Se olvida de su propia dignidad, le ofrece el perdón antes de que se declare culpable, lo restablece en su honor de hijo, lo protege del rechazo de los vecinos y organiza una fiesta para todos. ¿Será esta la mejor metáfora de Dios: un padre acogiendo con los brazos abiertos a los que andan «perdidos» y suplicando a los que le son fieles que acojan con amor a todos? Desgraciadamente falta el hijo mayor, un hombre de vida correcta y ordenada, pero de corazón duro y resentido. El padre sale también a su encuentro y le revela el deseo más hondo de su corazón de padre: ver a sus hijos sentados a la misma mesa, por encima de enfrentamientos y odios. Pueblos enfrentados por la guerra, terrorismos ciegos, políticas sectarias e insolidarias, religiones de corazón endurecido, países hundidos en el hambre... Nunca compartiremos la Tierra de manera digna y dichosa si no nos miramos con el amor compasivo de Dios. Si el hombre con miedo es el origen de todas las guerras, el remedio es un hombre sin miedo. Un hombre sin miedo es un hombre que perdona a sus enemigos. «Fue el hijo de un carpintero hebreo quien supo interrumpir el odio con una mansedumbre extraterrestre». ¡Qué maravilla sentirse amado, acogido y perdonado en los brazos de un Padre de ternuras y bondades!

* * Sacerdote y periodista

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