No hay nadie más importante para cada uno de nosotros que nosotros mismos, debe ser la evolución del instinto de supervivencia, pero noto un cierto ensimismamiento en nuestros asuntos como en esos primeros meses de enamoramiento juvenil en los que no ves más allá de esa nueva burbuja y cualquier gesto te parece un maremoto. La nueva ola ómicron que nos ha devuelto al desconcierto, nos resulta difícil entender que vivimos en la cuerda floja, reafirma cómo ponemos la lupa en lo particular y abrimos poco el angular para preocuparnos de lo general. A las declaraciones públicas sobre la desobediencia en el uso de mascarilla en el exterior se unen las de aquellos que quieren seguir haciendo cotillones o reunirse por encima de nuestras posibilidades, ambas sublevaciones en dirección contraria, pero con el mismo ardor guerrero.

Más allá del acierto o desacierto de la decisión política, me resulta sorprendente que nos azuce tanto la indignación de tener que llevar mascarilla en la calle durante unas semanas y nos movilizaran tan poco los despidos de los 28.000 trabajadores sanitarios que fueron incorporados como refuerzos por la crisis de la pandemia. No solo por la situación de desprotección de esos trabajadores sino por la fragilidad de la atención primaria que necesitarás más que tu ansiada libertad para ir como quieras, donde quieras y con quien quieras.

La ausencia de previsión en la provisión de antígenos en esta ola, como ocurrió con las primeras con otro tipo de material sanitario, es también una de las noticias inesperadas cuando parecía que las administraciones y las entidades privadas habían aprendido sobre esto. Lo que no resulta tan novedoso son los casos de acaparamiento individual de los test, a imagen y semejanza del papel higiénico a principio de la pandemia, más inútil, porque éramos más ignorantes sobre la enfermedad, pero igual de talismán para agarrarnos a alguna cosa. Hemos modulado nuestro pánico, ya no está entre la vida o la muerte, ni en atravesar por una grave enfermedad con final incierto, la principal preocupación ahora es sufrir los días de aislamiento, las bajas laborales o recibir la llamada de un rastreador, y esta es una realidad bien distinta a la del año pasado. Pero hay vida más allá de la nuestra y necesitamos que mejore incluso en nuestro propio beneficio, queremos nuestras terceras dosis pero también deberíamos preocuparnos por elevar el 7% de población vacunada del continente africano. Las burbujas afectivas, políticas o de interés no resisten en un mundo globalizado, somos poca cosa aislados y ciertamente inoperantes.

* Politóloga