La muerte de Almudena Grandes me ha pillado en Madrid. Una escritora tan racial difícilmente puede alcanzar unanimidades. La autora de Malena es un nombre de tango de ese incómodo meritorias, aunque una buena cuota de sus lectores rebasaban su propia coherencia ideológica.

Desde hace casi media centuria, Madrid se asocia con el mes de noviembre, la plástica de una metamorfosis que se alumbrar tras la muerte del dictador. Luces pardas y grisura retórica de un tiempo pacato en libertades, que luego añorarían los que subliminal un orden añejo frente a una inapreciada concordia. Que Almudena Grandes haya fallecido en el Brumario castizo retumba nuevamente ese estado de las cosas.

Madrid se cruza en el camino de la escritora. No para importar, sino con el propósito de seguir el camino de su admirado Galdós. Existía un desiderativo de emular en torno a la capital una suerte de continuidad de los Episodios Nacionales; la guerra civil y sus postrimerías como epílogo de las turbulencias decimonónicas. Grandes muere un siglo y un año después de Don Benito, y cuadra la centuria de su óbito con Emilia Pardo Bazán, la escritora gallega que fue amante del novelista canario en inmaterial propietaria del Pazo de Meirás. Otra mujer con carácter que se cruza en las cuentas pendientes de los retrógrados.

En un país tan caracterizado por los buenos entierros, la extrema derecha ha las condolencias que sobrepasan las rencillas en aras de mantener la dogmática del revanchismo. Despiden a la autora de Las tres bodas de Manolita con uno de sus más sórdidos epitafios: «Con odio has vivido y con odio has muerto». Almudena Grandes nunca ocultó su pátina de izquierdas y muchos no le perdonaron ese papel protagónico en esa intelectualidad visceralmente más crítica con la estereotipada foto de Colón.

Grandes era una pieza mayor contra esa mediática élite progre que hizo de Madrid su leyenda de una ciudad con nombre. Era el Bloomsbury canalla y envidiable que desde la brillantez torpedeaba a la derecha rancia, pero que podía sufrir cierta esclerosis al no incorporar los fallos de los propios -llámese Gobiernos progresistas- en el decálogo de sus Manifiestos.

Pero ese grupo de colegas que, pongamos que hablaban de Madrid, consiguieron convencer a los españolitos, una vez enterrados los Principios generales del Movimiento, que la libertad era una propiedad distributiva. Allí está su marido, el también escritor Luis García Montero, al frente del Cervantes, para visibilizar ante los ultras que al menos en el idioma seguimos siendo un imperio.

Joaquín Sabina se enlutará por su amiga con su bombín, tentado a reducir sus sonetos a cualquier tiempo pasado fue mejor. No añoro las edades de Lulú por Sy sexo, sino por la frescura de los inicios. Pero lo que realmente joden son las muertes prematuras, las que revalúan la narración habidas y extinguen la creatividad por haber. Madrid es plural. Su apellido también. Madrid es Grandes.

 ** Licenciado en Derecho. Graduado en Ciencias Ambientales. Escritor