Mañana, uno noviembre, celebramos el Día de Todos los Santos, y el dia dos, la conmemoración de los fieles difuntos. Desde la orilla de la fe, dos jornadas para la reflexión y para el recuerdo. La reflexión se centra en la caravana inmensa de los «santos anónimos, sin peana», cuyos nombres no figuran en el santoral de la Iglesia, pero que practicaron silenciosamente la plenitud del Evangelio en la vida cotidiana. El escritor católico francés Ernest Hello, que vivió en el siglo XIX, escribe: «Hubo muchos entre ellos que recibieron un nombre oficial singular: se llamaban los Santos. Permítame detenerme en esta palabra: los Santos. Olviden a los hombres, para recordar solo al hombre. Piensen en ustedes mismos. Miren en su abismo. Piensen en lo que debe pasar para que un hombre sea un santo. Sin embargo, ha sucedido. Todos llevan el mismo signo: el signo del mismo Dios. Sus vidas, todas prodigiosamente diferentes entre sí, contienen la misma enseñanza en idiomas diferentes. Todos tienen la misma fe, todos cantan el mismo Credo». El papa Francisco explica muy bien quienes son los santos: «Los santos y santas de todos los tiempos que ahora celebramos juntos, no son simplemente símbolos, seres humanos lejanos e inalcanzables. Por el contrario, son personas que han vivido con los pies en la tierra; han experimentado el trabajo diario de la existencia con sus éxitos y fracasos, encontrando en el Señor la fuerza para levantarse siempre y continuar en el camino. La santidad es una meta que no puede ser alcanzada por las propias fuerzas, sino que es el fruto de la gracia de Dios y nuestra libre respuesta a ella». Benedicto XVI, reflexionando sobre esta fiesta, nos ha hablado del doble horizonte de la humanidad, que expresamos simbólicamente con las palabras «tierra» y «cielo»: la tierra representa el viaje histórico; el cielo, la eternidad, la plenitud de la vida en Dios». Por esta razón, es muy significativo y apropiado que después de la fiesta de Todos los Santos, la liturgia nos haga celebrar el próximo dos de noviembre, la Conmemoración de todos los fieles difuntos que han muerto. Es la realidad de una familia unida por profundos lazos de solidaridad espiritual, que une a los fieles fallecidos con los peregrinos del mundo. Y ¿cuál es el camino para ser santos? Jesucristo ofrece en las Bienaventuranzas, el camino de la felicidad cristiana. Muy en síntesis, en el lenguaje actual, podríamos formularlas así: Dichosos los «pobres de espíritu», los que no adoran a los «dioses temporales», columnas de la sociedad de esta hora: el poder, el dinero, el placer. Dichosos los «mansos», aquellos que tienen dominio de sí, que dejan sitio al otro, que lo escuchan y lo respetan en su forma de vivir, en sus necesidades y en sus demandas. Dichosos los que «lloran», porque a pesar de todo, confían en el Señor y se ponen a su sombra, no son indiferentes ni tampoco endurecen sus corazones en el dolor, sino que esperan con paciencia el «consuelo de Dios». Dichosos los que «tienen hambre y sed de la justicia», los nuevos «buscadores de Dios» por los caminos de la verdad y del amor. Dichosos los «misericordiosos», los que ponen su corazón en las miserias humanas, porque toda miseria los primero que reclama es compasión. Dichosos los «limpios de corazón», los que caminan sin hipocresías ni engaños, a cara descubierta. Dichosos los «pacíficos», los que siembran la paz, no con palabras bonitas, ni con sonrisas placenteras, sino con obras de justicia. Dichosos los «perseguidos», porque alcanzarán la palma del martirio, muchas veces incruento, pero rebosante de solidaridad con todo el mundo.

** Sacerdote y periodista