Hay personajes que, para seguir vivos, necesitan vampirizar la indiferencia. Puigdemont lo ha vuelto a hacer. Ha clavado sus colmillos en los titulares en esa tocata y fuga sardesca -tomen todas las acepciones del vocablo, incluido el topónimo referente a Cerdeña-. Los articulistas tenemos que refrenarnos para no darle mucho pábulo, pero es difícil resistirse a la tentación cuando encuentras en su proceder una mixtura entre Antonio Pérez y Detritus, aquel tipo que sembraba la cizaña en uno de los más memorables álbumes de Astérix.

Sus incondicionales no verían mal entronizarlo como un Maquiavelo chico, pues el calificativo no ha sido peyorativo en la estirpe de los toreros. Se admiten adulaciones mayores, como los comparativos con José Martí, José Rizal o el propio Companys, sabedor de que en su caso no hay mayor fusilamiento que el descorchado de cava de los propios, en una nueva pedorreta a esa vil España. Pero el huésped de Waterloo reincide en las pillerías del provocador, metiendo sus deditos en la llaga de nuestro sentimiento trágico. Se jacta de que España no pierde la ocasión de hacer el ridículo, un reflejo de que la inquina a esta nación es superior a los resortes de una liberadora provocación.

El ridículo puede ser un corsé individual o institucional, pero difícilmente un dogal colocado a una nación. ¿Es ridícula Albania? ¿Puede ser ridícula Tuvalu? Como español, ¿qué cuota de ridiculez me corresponde en este galimatías judicial? En cualquier caso, nuestros ridículos son sus ridículos, fruto de esta dinámica constructivamente autodestructora que unos orean en un ardor de banderazos y otros revisten del taimado pudor de camisa blanca de la esperanza. Al otro lado de los Pirineos, no se consienten esos ridículos. Los suyos se tamizan por la grandeur que se gallea mismamente en quíteme usted esos submarinos australianos.

En cualquier caso, deberá reconocer el señor Puigdemont que nuestros ridículos han ido evolucionando. Muy atrás queda el del apolillado sentido del honor; el que hundió a los barcos sin honra y azuzó esa picardía tan española, precisamente de la que bebe esta suerte de Ubú rey de la Generalitat. Y mientras sigue poniendo el huevo en distintos países de Europa para laminar nuestra credibilidad, hay que levantar diques de autoestima al tiempo que se combaten nuestras incongruencias. Un país que encabeza año tras año los trasplantes por donaciones de órganos; que ha dejado en un papel testimonial a los negacionistas entre otras cosas por creer a pie juntillas en su sistema público de salud; que aparta los reñidores en la desgracia mostrando palpables muestras de solidaridad -el último, el desborde de altruismo de los palmeros tras el volcán-. Un país que ha vencido al terrorismo etarra sin espadones y con la potente legitimidad del Estado de Derecho no ha hecho el ridículo.

La ridiculez es el mensajero de un axioma más viejo que la Tana: cuanto peor, mejor. Es el descascarillado de las debilidades para tensionar posiciones antagónicas y conseguir a través de la fuerza del contrario la imposición del victimismo. Puigdemont busca torpedear cualquier acercamiento, confiado de que, con otro Gobierno en la Moncloa, aquí no habrá Acuerdos de Viernes Santo. Pero, lamentablemente para sus propios, tendrá que asumir ese vicio compartido. Porque el ridículo no es patrimonio del alma o de Dios. Simplemente, un estúpido prejuicio.

** Licenciado en Derecho. Graduado en Ciencias Ambientales. Escritor