Mala experiencia, tema de mi artículo, hoy, y a modo de reflexión, de la que quiero sincerarme, comenzó tras la muerte de mi marido, hace ya treinta y un años. Hasta entonces creía contar con buenos amigos: literatos, maestros, médicos, sacerdotes, psiquiatras, psicólogos... Con todos ellos me había relacionado de forma cordial, amigable y frecuente, haciéndolos objetivo de mi confianza y afecto, así como erigiéndolos, más o menos, en consejeros, censores, confidentes de mi problemática y compleja vida. Pero he aquí que, transcurridos dos o tres días, ni uno más, de tan triste acontecimiento, mi casa se silenció de visitas, cartas, llamadas... No podía entender. Mentalmente, «pasaba lista» de nombres, circunstancias, palabras... y hasta los más íntimos, los que mejor conocían mis sentimientos más profundos, los que con más motivos podían imaginar mi soledad y dolor, se olvidaron de que los necesitaba, de que me urgían sus palabras, su afecto... su presencia. Y me refugié en mis hijos y en mi trabajo en una auténtica escalada, día a día, de dificultades nuevas, de situaciones desconocidas y, sobre todo, en la difícil maratón de vivir sin él, incondicional y amoroso compañero de treinta años. Me negué a mí misma la necesidad de seguir llamando de «puerta en puerta», suplicante como niña asustada. Me decidí a ser, en lo posible, mi mejor amiga, mi propio médico, psiquiatra... psicólogo. Me decidí, en definitiva, a ser adulta. Y aprendí algo importante y transcendente para mi futuro más inmediato: en soledad se busca mejor la verdad. Dice Aristóteles: bastarse a sí mismo es una forma de felicidad. Comprendí aquello de que... buscar en soledad la verdad es caer en la cuenta de que el hombre es un ser solitario que necesita la presencia de los demás para creerse acompañado, comprendido y amado.

* Maestra