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LA REGULACIÓN DE UNA ACTIVIDAD CLAVE

Los grandes destinos intentan poner puertas al turismo

Las medidas incluyen prohibición de algunas prácticas, reducción de visitas y el cierre de calles. Los países fijan cada vez más límites para proteger sus joyas y a sus habitantes de las visitas

 

Un agente de policía informa a una turista que está prohibido sentarse en la escalinata de la plaza de España de Roma. - CLAUDIO PERI / EFE

Redacción
23/08/2019

No se pueden poner puertas al campo. No se pueden poner puertas al mar. ¿Se pueden poner puertas al turismo? Ningún país quiere ni puede renunciar a una actividad que reporta tantos tangibles e intangibles, pero la masificación de los últimos tiempos ha empujado a muchos gobiernos a marcar ciertos límites, tanto para preservar sus joyas como para garantizar cierta paz y convivencia a los oriundos del lugar. Estos son algunos ejemplos.

En el centro histórico de Florencia, uno de los más prietos de Italia en cuanto a monumentos, museos y palacios históricos, nadie puede comer en los escalones de ningún edificio, monumento o iglesia, así como tampoco en las aceras ni frente a las tiendas. Roma prohibió recientemente a los turistas sentarse en la escalinata de la plaza de España.

En Venecia, que ya tiene un «número cerrado» de turistas por día y una entrada de pago según el tipo de vacación (una jornada, dos o más), se quiere redoblar el coto a la entrada de cruceros. También se ha establecido que quienes paseen o viajen en góndola con el torso desnudo sean castigados con lo que se llama Daspo, que es un decreto de expulsión de la ciudad por un tiempo que puede variar.

Y en la misma línea van las autoridades de Milán. Allí el lugar de la movida es la Darsena, en las zonas de los Navigli y la Porta Ticinese. En esos lugares no se puede pasear con botellas en la mano, ya sean de plástico o de vidrio, latas de cualquier bebida, vender comida callejera u organizar, como ha sucedido en los últimos tiempos, subastas para hacerse un selfi con las mejores vistas de la ciudad de fondo.

Más de 50 millones de turistas visitaron París en el 2018. Una cifra récord para la capital francesa. Pero no es oro todo lo que reluce. Más allá de las caravanas de turistas que transitan por las principales avenidas parisinas, de las infinitas colas a las puertas del Louvre y del maremagno de nacionalidades que se apila a la entrada de la torre Eiffel, son los autobuses turísticos el principal motivo de crispación para los locales. Con las elecciones municipales del 2020 a la vista, el teniente alcalde de París, Emmanuel Gregoire, prometió en julio poner fin a la «total anarquía de los autobuses turísticos en París». Su paso por el centro de la ciudad está en el punto de mira. En su lugar, el consistorio quiere apostar por rutas guiadas en bicicleta y también por caminatas a pie acompañadas de audioguías.

EN CONTRA DEL BUS TURÍSTICO/ Aunque hay quien aún quiere ir más allá contra el bus turístico. La primera promesa de Benjamin Griveaux, candidato a la alcaldía de La République En Marche (LREM), no ha sido otra que prohibirlos de aquí al 2024. «No habrá más autocares diésel, ni filas infinitas frente a los grandes almacenes ni frente a lugares turísticos como Montmartre –explicó el candidato macronista a France 3–. Constituyen principalmente una contaminación visual y también una contaminación industrial». Según las cifras de Griveaux, entre 1.500 y 2.000 autobuses turísticos circulan a diario por el centro de París. Su hipotética supresión, por ahora una simple promesa electoral destinada a complacer a los residentes de la capital francesa, exacerba a la industria del turismo y el transporte. «Es una medida dogmática y perjudicial para el atractivo de París […], va en contra de las decisiones responsables y racionales destinadas a promover la economía turística», ha reaccionado la Federación Nacional de Transporte de Pasajeros (FNTV).

El Gobierno ruso prevé poner límite al número de turistas que pueden visitar una de sus joyas naturales: el Baikal. El lago más antiguo y profundo del mundo, patrimonio de la Unesco y cuyo fondo llega a situarse en algunos puntos a 1.600 metros de la superficie, es la mayor reserva de agua dulce no congelada del planeta, pues representa una quinta parte del total. Sin embargo, la afluencia masiva de gente pone en riesgo su ecosistema: unos 1,6 millones de turistas visitaron el lugar entre enero y junio, unos 300.000 de ellos extranjeros.

Por ello, el representante especial del presidente de Rusia para el Medioambiente, Serguéi Ivanov, anunció hace dos meses en un foro sobre el agua que se pondrá un tope de visitas y se limitará la construcción de alojamientos en sus costas.

Ámsterdam es una de las 10 ciudades más visitadas de Europa. Atraídos por el turismo cannábico, por el sexual o por la belleza de sus canales, en el 2018 la capital neerlandesa recibió hasta 5,43 millones de visitantes. Para poner freno a la masificación turística de la ciudad, el gobierno local prohibió en abril pasado los tours por el barrio rojo a partir de las siete de la tarde, pero es que su intención es vetarlos totalmente cara al año que viene. Además, cuando hay demasiada gente, las autoridades optan por cerrar las calles a las visitas.

El consistorio también ha aprobado restricciones que obligarán a los guías turísticos a tener un permiso especial, una medida para descongestionar el centro de la ciudad, y desde este año los pasajeros de cruceros que quieran desembarcar en Ámsterdam deben pagar un gravamen adicional. Eso se suma a un impuesto turístico que se aplica desde hace años y al hecho de que la policía controla y sanciona a los transeúntes que tiran basura en las calles, beben, gritan u orinan en público, ya sean turistas o locales. Además, la ciudad limita desde el 2017 la apertura de nuevos locales enfocados a los turistas.

Batallando siempre con Francia y EEUU por el podio de los países más turísticos, España también se ha puesto las pilas tratando de embridar la masificación. Ecotasas al margen, las medidas son de todo tipo. Curioso es que en Altamira (Santillana del Mar) solo se puede visitar la cueva los sábados, y lo hace un grupo muy reducido de personas que se ganan el puesto por sorteo. El resto se tiene que conformar con ver una réplica. También se ha fijado un límite de acceso en islas como las Columbretes (Castellón) y Cabrera (Baleares), por no mencionar otras actuaciones de tanto o más calado, como el veto a la construcción de más hoteles en la ciudad de Barcelona, aparte del rosario de normativas municipales sobre comportamientos y vestimenta adecuada.

Con información de Rossend Domènech, Irene Casado Sánchez, Javier González y Carles Planas Bou.

   
1 Comentario
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Por vecino 8:18 - 23.08.2019

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Muchas de estas medidas son para que la Hostelería gane más dinero aún.