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Para ti, para mí

La Virgen de Agosto

 

Antonio Gil Antonio Gil
16/08/2019

Ayer, Córdoba vivió la fiesta de la Virgen de Agosto, la Asunción de Nuestra Señora a la gloria celestial, conforme a la solemne definición dogmática del Papa Pío XII, el uno de noviembre de 1950: «Pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma de revelación divina que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial». Se han dado diversos nombres a esta fiesta: el más frecuente es el de la Asunción, una expresión que quiere contraponerse a la de la Ascensión, ya que, por así decirlo, María subió «ayudada al cielo». Tambien se le dio a esta fiesta un nombre que ha sido reflejado frecuentemente en la pintura religiosa, la «dormición de María» rodeada de los apóstoles que ven con tristeza morir a la Madre de su Maestro. María probó la muerte, vivenció, como su propio Hijo, esa experiencia final inseparable del destino y de la condición humana. Pero la piedad y la devoción del pueblo cristiano, como el dogma de la Inmaculada, ha vivido a lo largo de los siglos esa verdad de nuestra fe católica, inspirado y movido por el Espiritu que está presente en toda la comunidad eclesial. Córdoba centró ayer su devoción mariana en tres hermosos paisajes de nuestra ciudad: muy de mañana en la parroquia del Parque de Figueroa, en torno a la «Virgen chiquita»; a las once, en el santuario de Nuestra Señora la Virgen de Linares, con la Eucaristía, en la que tuvo lugar la Ofrenda Floral, organizada por la Real Hermandad de la Purísima Concepción de Linares; y por la tarde, en el barrio de san Basilio, la procesión con la imagen de la Virgen del Tránsito, la Virgen de Acá, entrando en la catedral y recorriendo las calles del casco histórico. Tres paisajes, tres celebraciones, tres abrazos multitudinarios de amor a la Virgen, porque la Asunción de Santa María no es sino el grito de esperanza de todos los creyentes que, en Ella, expresan su confianza de que el hombre no queda reducido al sepulcro. El destino final de nuestra vida es la glorificación junto a Dios de todo nuestro ser.

* Sacerdote y periodista

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