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Tribuna Imparcial

La profecía de Tarradellas

 

Julio Merino Julio Merino
06/03/2018

Conocí al Honorable Tarradellas en su primer viaje oficial a Madrid y en la comida que le ofreció el entonces presidente de la Agencia EFE, Luis María Ansón, en la sede de Espronceda...Y de aquella velada periodística recuerdo en especial una anécdota curiosa. A la hora de las preguntas uno de los asistentes (creo que mi admirado Pepe Oneto) le interpeló muy en directo de este modo:

Honorable president: ¿Y no cree usted que el tema de las transferencias va muy lento?

Entonces Tarradellas, un hombre casi gigante y vestido elegantísimamente, se volvió un poco al anfitrión, Luis María Ansón, y dijo:

--Señor presidente de la Agencia EFE, con su permiso le voy a responder al señor Oneto a la gallega (y dejó escapar una ligera sonrisa)... Mi querido amigo ¿a que no sabe usted lo primero que hace mi señora cuando se levanta? ¡No!, no se rían ustedes. Mi mujer se levanta, se va hacia las ventanas, corre las cortinas, se asoma a ver la calle, se vuelve y me dice: «Joseph, es verdad, estamos aquí». Señor Oneto, si durante 40 años hemos estado soñando con estar aquí no quieran ahora hacer en tres días lo que no fuimos capaces de hacer en todos esos años.

Luego, y después de la anécdota, expuso con más detalle su teoría del ritmo político y cómo los españoles de un color u otro habían perdido siempre el tren por llegar demasiado pronto o demasiado tarde.

Un año después yo desembarqué en Cataluña, como director del Diario de Barcelona, y no solo fui a saludarle sino que le puse el periódico a su disposición, gracias a lo cual nació entre nosotros como una cierta amistad y complicidad político-histórica. Tuve con él varias y largas conversaciones en su despacho presidencial que algún día publicaré. Pero hoy, y ante lo que ha pasado y colea del «Caso Rovira», no me resisto a reproducir las palabras que me dijo en aquellas entrevistas (aquel 19 de enero de 1980 Tarradellas cumplía precisamente 81 años y me invitó a un aperitivo).

--Mire usted, amigo Merino, no insista más (aquella mañana habíamos publicado en portada con grandes caracteres tipográficos un titular que decía: «Tarradellas no puede abandonar. Cataluña le necesita»)... Mi decisión es firme. Me voy. Esto no me gusta... Y usted, que conoce bien lo que pasó durante la República y lo que viví aquellos años, lo tiene que entender. Entonces viví, vivimos todos, como una locura incalificable, con violencia y muertes salvajes, con fusilamientos, con paseos... ¿Qué quiere que le diga? ¡Un horror! Luego, tuve que salir por pies y me he pasado casi 40 años en el exilio. ¿Y qué me encuentro a la vuelta?... (aquí guardó un silencio pronunciado)... pues me encuentro unos jóvenes ambiciosos que no conocieron aquello y algunos viejos resentidos que quieren empezar de nuevo lo de entonces. ¡No!, amigo mío, no estoy dispuesto a repetir, ¡aquello terminó en tragedia y esto lleva el mismo camino!... ¡Pobre Companys!... Cataluña es un gran barco, pero mire como terminó el Titanic...».

Entonces se puso de pie y con las manos apoyadas en la mesa del despacho dijo:

--No, amigo mío, no estoy dispuesto a tropezar en la misma piedra, y le aseguro que esto no terminará ¿cómo dicen en su tierra?... Como el Rosario de la Aurora... ¡Que se maten ellos!

El resto, todo lo que hablamos en aquellos meses, a caballo entre 1979 y 1980, sus opiniones sobre Barrera, Raventós y Pujol lo escribiré en otro momento ¡Dios, si el Honorable Tarradellas levantase la cabeza y viese lo que está pasando con el procés, el huido Puigdemont y el 155!

* Periodista y miembro de la Real Academia de Córdoba

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