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Tribuna abierta

Estambul, estrella y pozo de Erdogan

Europa teme que acciones desesperadas del presidente por mantener el poder desestabilicen Turquía

 

El alcalde recién electo de Estambul, Ekrem Imamoglu, del principal partido opositor del Gobierno, el Partido Republicano del Pueblo, ofrece un discurso antes de asumir el cargo. - EFE

Georgina Higueras Georgina Higueras
10/07/2019

Estambul, la puerta de Asia, la ciudad que hace 16 años aupó a Recep Tayyip Erdogan, le ha vuelto la espalda y ha sacudido los cimientos de la supremacía del presidente turco. Ekrem Imamoglu, el candidato opositor a la alcaldía de la megalópolis que concentra casi la mitad de la economía de Turquía, asestó a Erdogan un doble golpe. El nuevo alcalde, un socialdemócrata conciliador que llamó a la unidad de los votantes contra los abusos del poder y la corrupción, no se dejó amedrentar por la presión que forzó al Consejo Electoral Supremo a anular su victoria en las elecciones de marzo. La soberbia impidió al presidente comprender que la repetición de los comicios, el 23 de junio, sería un referéndum sobre su despotismo y que Imamoglu redoblaría su triunfo con nueve puntos de diferencia sobre el candidato del gobernante Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP).

Europa teme que acciones desesperadas de Erdogan por mantener el poder desestabilicen Turquía, sumida en una crisis económica desde la intentona golpista del 2016, que frenó la inversión extranjera, desplomó la rupia en el 2018 y condujo a la recesión a principios de este año. El presidente, instalado en un autoritarismo que ha transformado la democracia en un régimen híbrido al estilo de la Rusia de Putin, la Hungría de Orbán o la Polonia de Kaczinsky, está empeñado en conservar el mando, para lo que necesita que el país vuelva a la senda del crecimiento económico. El 6 de julio destituyó al gobernador del Banco Central, Mjurat Centikaya, quien trató de preservar la independencia de la entidad y que, preocupado por la inflación, había rechazado reducir las tasas de interés tal y como le exigía el Gobierno para estimular la economía.

Con 83 millones de habitantes, la estabilidad de Turquía, puente entre Oriente y Occidente, es crucial para Europa. Su cooperación es clave para impedir la llegada masiva de refugiados a la Unión Europea, lo que concede a Erdogan una singular baza de negociación. Tras años de rechazar los esfuerzos de Ankara para ingresar en la UE, el acercamiento de Turquía a Rusia causa una honda preocupación en Bruselas, y la decisión de Erdogan de comprar el sistema de defensa antimisiles ruso S-400 levanta ampollas. Europa tendrá que hacer uso de sus mejores dotes mediadoras para atemperar el enfrentamiento Turquía-EEUU. Trump ha amenazado a Ankara con fuertes sanciones económicas si, como está previsto, los S-400 se instalan en territorio turco a finales de julio. Washington ha suspendido la participación de Turquía, uno de los 29 miembros de la OTAN, en el programa del avión de combate de próxima generación F-35 por temor a que, con el sistema ruso operativo, el despliegue del caza furtivo estadounidense se haga vulnerable a las defensas aéreas de Rusia.

La enorme bolsa de gas descubierta en aguas de Chipre, la tercera del mundo, ha contribuido también a profundizar el resentimiento turco contra Occidente. La República Turca de Chipre del Norte (que solo reconoce Ankara) y Turquía por un lado y, por otro, la internacionalmente reconocida República de Chipre, Estado miembro de la UE, se disputan el alcance de sus respectivas zonas económicas exclusivas para explotar los yacimientos gasísticos. La situación estratégica de Turquía respecto a los mercados y proveedores de energía propició proyectos como TurkStream con Rusia, Transanatol con Azerbaiyán y el gasoducto de Anatolia Oriental con Irán, que alimentan la voluntad del Gobierno de posicionar el país como el gran centro energético de distribución del mercado europeo. La formación, en enero pasado en El Cairo, del Foro del Gas para el Mediterráneo Oriental entre Chipre, Grecia, Israel, Egipto, Italia, Jordania y los territorios palestinos, dejando fuera a Turquía, Líbano y Siria, ensombrece las ambiciones turcas.

Erdogan, a caballo de un islamismo político moderado de fuerte carácter identitario, había soñado convertir Turquía en el país que capitalizara la voluntad del mundo islámico de liberarse de las rémoras coloniales y avanzara unido hacia el progreso. Los jóvenes que en el 2011 protagonizaron la Primavera Árabe vieron en Erdogan el espejo del líder que buscaban. Los intereses de Occidente contribuyeron a agostar la Primavera Árabe y la concentración de poder acabó con el ejemplo de la gran democracia islamista.

Estambul fue la estrella del líder que quiso acabar con la corrupción y la crisis política, económica y social de la Turquía de finales de siglo. Casi dos décadas después, Estambul se vislumbra como el pozo en que se ahoga la ambición sin freno de Erdogan.

* Periodista.

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