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Hoy

Ésos. Ésas

 

Ésos, ésas, que han querido inocular su veneno nacionalista en las almas inocentes, hijas de nuestra Guardia Civil. No existirán ya nunca para ésos, ésas las palabras maestro, profesor, educador, pedagogo; ni las palabras aula, pizarra, banca, tiza, escuela, colegio, instituto. Es triste ver cómo se sigue propagando la violencia. No hemos aprendido todavía. ¿Qué maestros, profesores, pedagogos, educadores prepararon a ésos, ésas sin corazón? Porque estoy seguro de que fueron niños, niñas, y entraron un día, por primera vez, a un aula. ¿Qué les ha pasado hasta llegar a esa vergüenza? Seguimos en la caverna, si es que alguna vez salimos. Volvemos a despertar al monstruo de Caín, como si, una vez despierto, distinguiese entre los suyos y los otros. ¿Qué contarán de esa sociedad los historiadores dentro de cincuenta, cien, doscientos años? Los corderos convertidos en lobos. Un idioma, que presumía de concordia y de cultura, convertido en estiércol para seguir manchando el mundo. De nuevo a sembrar vientos para recoger tempestades. De nuevo la sangre en los cuadernos, en la tabla de multiplicar, en las páginas de los libros. ¡Tristes pueblos melancólicos, que justifican la podredumbre con basura! ¡Triste independencia si se ha de construir sobre los estercoleros de esas mentes! ¿Qué herencia de bilis corrompida dejarán a su tierra y a sus hijos? ¿Qué ejemplo? ¿Qué dignidad? ¿Qué nobleza? Triste pueblo, triste raza, triste descendencia de José de Calasanz, Antonio María Claret, Pedro Clavet, Eulalia, Raimundo de Peñafort, María Rosa Molas, Paula Montal. Triste tierra, triste herencia de tan nobles y pulcros payeses, comerciantes, marineros, viajeros, constructores, escritores, músicos, pintores, arquitectos. ¡Qué hondo injerto de carcoma sobre ese frondoso árbol de almas y de siglos! Porque también allí sale cada día el mismo sol; llegan cada día el mismo aire, el mar, la luz, la inocencia, el cielo, las estrellas. ¿Por qué esa violencia? ¿Para qué? ¿Dónde queda la libertad de la cultura? ¿Siempre la ira, la rabia, el odio, la estulticia? ¿Para qué aprendieron a hablar? ¿Para qué enseñan la concordia, el respeto, la armonía, la ternura? ¡Qué fácil es ser fuerte frente al débil! ¡Qué fácil es convertir las banderas en lanzas hacia un limpio corazón!

* Escritor

Opinión

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Milena Busquets

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Raúl Ávila

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Federico Medina Ramírez

Volver a la normalidad

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La pregunta

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