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Las fronteras indecisas

Mi derecho a la tristeza

Hay una lógica clara en reivindicar el duelo por los fallecidos, por los que sufren esta crisis

 

Mi derecho a la tristeza -

Octavio Salazar Octavio Salazar
10/04/2020

Escribo estas líneas desde mi azotea privilegiada de funcionario que seguirá recibiendo su sueldo a final de mes, de trabajador al que incluso viene bien el aislamiento para buenas parte de sus actividades, de hombre que tiene la suerte de vivir acompañado este paréntesis, y lo hago, desde ese lugar tan cómodo, para reivindicar mi derecho a estar triste. A no ser parte de una ceremonia colectiva en la que cada día se nos insiste en resistir, en asomarnos a los balcones para sentirnos comunidad. Entiendo que estos gestos pueden ser útiles para levantar el ánimo, para sobrellevar en el encierro o para conformarnos con esa tranquilizadora percepción de que todas y todos estamos en el mismo barco. Lo cual es una verdad a medias, porque hay quienes están en camarotes de primera mientras otros malviven hacinados en las bodegas. Como tampoco es real la aparición espontánea de un sentido de comunidad que yo solo recuerdo similar cuando España ganó el Mundial, lo cual me demuestra que nos movemos por resortes emocionales que nos movilizan entre los extremos insoportables de la heroicidad y la miseria. Sin que hayamos aprendido que el éxito de una democracia consiste en no necesitar héroes ni en multiplicar miserables. O, lo que es lo mismo, en no vivir gracias a la caridad ni a los salvadores, sino en sostenernos gracias a la justicia social y a la solidaridad traducida en derechos fundamentales. Por eso me chirrían tanto los himnos en los balcones y las canciones convertidas en himnos, porque me temo que solo sean una tirita sobre una herida que previamente no limpiamos con desinfectante.

Reivindico mi derecho a vivir el duelo que supone escuchar cada mañana en la radio las cifras de personas muertas, el número de personal sanitario contagiado, la expansión del virus por países en los que ni siquiera cuentan con nuestros torpes medios de Estado imperfecto para luchar contra la pandemia. Me niego a esquivar la flecha que supone no poder abrazar a un amigo cuya madre ha fallecido sola en una residencia, y a la que solo pudo ver los últimos días a través de videoconferencia. Me rebelo contra los tutoriales de pasteles y bailes que pretenden que no piense en los muchos vecinos que ya están o que estarán en el paro, en los artistas de los que nadie se acordará cuando dejen de hacer conciertos gratis, de los muchos jóvenes y no tan jóvenes que estaban a punto de empezar el proyecto de sus vidas.

Nada ni nadie puede evitarme la punzada que me provoca no poder abrazar a mi hijo desde hace un mes, o el miedo que me asalta cuando pienso en su abuela, tan mayor y tan enferma, en una residencia de la que ahora parece que nos diéramos cuenta que existe; o la angustia, que trato de disimular, cuando cada mañana hablo con mis padres y siento la injusticia que supone que estén viviendo estos días tan amargos al final de sus vidas sacrificadas. Y, sobre todo, miro más allá de la emergencia sanitaria, y al vislumbrar el horizonte lamento no tener ni el cuerpo ni el alma para cánticos resistentes. Pasados ya más de 20 días en la jaula, reivindico ahora el silencio, la serenidad, incluso ese punto de espiritualidad que habitualmente esquivo.

Tengo la sensación de que, como vivíamos tan anestesiados, en una sociedad construida sobre la satisfacción inmediata de nuestros deseos y sobre la exigencia permanente de felicidad, ahora somos incapaces de gestionar la tristeza, el duelo, el fracaso. Y lo evitamos inventándonos paraísos artificiales donde creernos invencibles. Cuando tal vez lo más inteligente sería reconocer nuestra humana vulnerabilidad y vivir la tristeza como parte de un proceso que, una vez pasado el duelo, nos permitirá, al fin, salir de la rotonda. Porque recordemos que para muchos no se trata de resistir sino de sobrevivir.

* Catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Córdoba

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5 Comentarios
05

Por Uncordobésmas 15:29 - 10.04.2020

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Excelentes líneas que me hacen reflexionar en el momento que vivimos. Me sorprende, que siempre haya quien aproveche que el Pisuerga pasa por Valladolid, para meter la cuña de "ultra", por supuesto solo para la derecha. Aquí no hay otros ultras para determinados personajes, que solo van a dar caña a los de enfrente mostrando la miseria y el oportunismo mas descarado.

04

Por unnomada 12:47 - 10.04.2020

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Le animo, por cierto, don Octavio, a una deseable reflexión respecto a los requisitos de una verdadera democracia formal: el PRINCIPIO REPRESENTATIVO, esto es, que elijamos directamente no a un partido sino a la persona que, en nombre de su distrito electoral y por delegación siempre sometida a revocación, haga las leyes; con el PRINCIPIO ELECTIVO, señalando nosotros no a un partido que luego negocie la elección del gobernante sino a nuestro gobernante, directamente; y con la efectiva SEPARACIÓN, de raíz, de los tres PODERES del Estado. El régimen español, por tanto, mal puede ser adjetivado de democrático. No lo es.

03

Por unnomada 11:48 - 10.04.2020

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En todo de acuerdo, don Octavio, excepto en el punto en se puede colegir que lo de España es democracia, cuando no la hay ni en España ni en Europa; salvo Francia, en la medida en que se acerca a lo de EEUU.

02

Por vecino 11:04 - 10.04.2020

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Gran artículo profesor. Muchos pensamos lo mismo y no nos atrevemos a decirlo. Hartos de tantos chillidos por los balcones. Hartos de que en los telediarios se hable de superficialidades.

01

Por vecino 10:59 - 10.04.2020

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Pues sí profesor. Mientras en la Comunidad Valenciana sin apenas hacer ruido y centrados en la lucha contra el Coronavirus y no en chorradas de bots, bulos, etc ...Bueno, resulta que la ultraderecha española usa bots de Twitter y más últimamente para generar ruido y TT contra el gobierno Pero no todas las cuentas de Vox son bots, algunas simplemente son fachas