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Bajo el puente de hierro

Un balón deshinchado

Maradona fue lo más importante que le ha pasado al fútbol. Fue Jonás y el fútbol, su ballena

 

Antonio Agredano Antonio Agredano
28/11/2020

Maradona fue lo más importante que le ha pasado al fútbol y el fútbol es lo más importante que me ha pasado a mí. Gracias al fútbol decidí escribir. Gracias al fútbol conocí a mi esposa. Gracias al fútbol emprendí un camino, quemé el mapa, tuve sed, hice amigos, dormí en casas ajenas. Un balón fue el primer regalo que hice a mis hijos. La vida entera podría explicarles, gajo a gajo, desde el círculo central. La derrota y la victoria están hechas de la misma carne. La sangre tiene el sabor de un tornillo hundido en canela. En los saques de esquina hay que agarrar. En los saltos, sacar los codos. En la vida, todo eso y, además, la sonrisa aterida del gol. Ha muerto Maradona y con él una nostalgia que nos mantenía en ámbar. Ahora qué. Entiendo a todos, no comprendo a nadie.

Linkedin quiere que nos sintamos importantes. Cuando llueve olvidamos conducir. Que hagan flamenquín con queso fundido dentro, pero que no lo llamen flamenquín. Mueren los demás, pero aquí seguimos caminando. Idolatrar es una gimnasia irreflexiva. Ojalá tener la respuesta adecuada, pero los días se rompen sin pasión, como ramitas pisadas. No he llorado a Maradona, porque estoy seco por dentro, pero sentí mucha pena. Y luego un alivio incómodo. Gracias a su adiós nacerán pasiones nuevas. Maradona fue Jonás y el fútbol, su ballena. Conexión en directo. La capilla ardiente de Diego. Aficionados arrojan sus camisetas al ataúd. Mis hijos me acercan el mando a distancia. No hablan mucho aún, pero saben a qué juegan. Cambio de canal. Peppa Pig, cerda antropomorfa, eres redicha y por eso te queremos en esta casa.

El fútbol no se para. Está sucediendo ahora mismo. Mientras Peppa y George saltan en un charco, mientras mis hijos se acomodan en el sofá para ver los dibujitos, un niño golpea con el puño la hierba tras mandarla arriba, un cirujano interviene una rotura de menisco, un señor de cuarenta años pide unos guantes Uhlsport por internet para sus pachangas, Neymar dice te quiero a su novia en este momento, Spasic deja el coche en segunda fila para recoger a su perro del veterinario, Peter Shilton busca una canción de Culture Club en Youtube, un juvenil firma su primer contrato, un periodista pide permiso para hacer fotografías dentro del Restelo, el estadio donde juegan Os Belenenses. Las medias agujereadas. El escudo despegado. El fútbol es la fiesta de lo prescindible. Que dure lo que tenga que durar. El fútbol es una celebración ciega, que la muerte no moje las mechas de los cohetes.

Me reservo a Dios para cuando llegue lo importante. No quiero espichar sin tener algo a lo que agarrarme. Mientras tanto, dejo la tierra a los terrenales. Humanidad y miseria son dos hermanas que bailan, pecho contra pecho, en la verbena. «Maradona no fue un hombre admirable», leo. Y tienen razón. En un deporte que se juega con los pies, la cabeza no debería ser tan importante. Hay en el corazón un laberinto de paredes altas y mohosas. Veo sus fotos y también me siento viejo. Todo lo que amo de Maradona cabe en un rectángulo de cien por sesenta y cuatro. La pelota no se mancha, menos aún mi conciencia, llena de poemas, goles y películas de personajes deleznables.

Un adidas Azteca rodando para siempre en la base del esternón. Lamento haber dedicado mi vida a este deporte ceniciento. A este funeral de goles que no fueron, de títulos perdidos, de sueños quebrados. Nunca domé el balón. Me refugié bajo los palos para seguir creyéndome futbolista. La terquedad dulce de los niños. Las rodillas despellejadas. Un crujido en el tobillo. Un dedo morado. Nada. Casi nada comparable con marcar un gol. Con evitarlo. Con regalarlo a un compañero. No puedo explicar nada de esto sin Maradona. Se quedó con todos los adjetivos. También los del dolor. El propio. El fútbol no es la vida, pero se parecen. Se ha escrito muchas veces. Nunca lo suficiente. Está sucediendo el fútbol a los pies del edificio. Pablo y Pepe, los hijos de mi vecino, dan balonazos a una pared. No sé a qué futbolistas admiran. A mi edad, ya casi es mejor no saberlo. Dedicarme al pasado como un hilandero. Quitarle valor al presente. Sustituirlo por un ayer que ronronea solo en mi memoria.

No es Maradona. Somos nosotros. No fue Bowie, eras tú. Eras tú agarrado por el pecho con esas canciones. No es el balón, ni los acordes, ni los libros que apilamos, ni un verso como un cuchillo atravesando el pulgar. No son ellos, somos nosotros los que morimos si ellos mueren. Una parte de lo que fuimos. El cómico fantasma de lo que somos. Es el castigo incansable del tiempo que nos pasa por encima. Como perros de autopista. No hay claxon que pueda salvarnos. Se van los que nos hicieron así. Nos iremos nosotros. Regalé un balón a mis hijos. Un balón deshinchado por si alguna vez, un día de estos, tienen la tentación de inflarlo. Darle patadas. Elevarlo. Dejarlo caer. Desbravarlo.


* Escritor 

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