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POESÍA

El que anda en el aire

 

El que anda en el aire -

José Antonio Sáez
22/12/2018

‘Versos del equilibrista’. Autor: Carlos Vaquerizo. XXXVII Premio Internacional de Poesía “Juan Alcaide”. Editorial: Verbum. Madrid, 2018.

El poeta Carlos Vaquerizo (Sevilla, 1978) obtuvo con Versos del equilibrista, su séptimo poemario, el XXXVII Premio Internacional de Poesía Juan Alcaide. Con anterioridad había publicado Fiera venganza del tiempo (2006), que fuera premio Adonais, Tributo de Caronte (2014), premio Ciudad de Almuñécar, Preludio de una mirada (2014), premio Ciudad de Pamplona, Consumación de lo eterno (2015), Quienes me habitan (2015) y Rebato del tiempo (2016). Se trata de un poeta que escribe esencialmente desde el desasosiego y la desazón existencial, pero siempre de forma reflexiva y contenida, nunca desesperada. Su poesía constata aspectos como el paso del tiempo, el amor, la infancia y el sentido mismo de escribir, en ocasiones, con una fina ironía. El equilibrista, pues, es un ser humano que además es poeta y se ve obligado por la realidad a guardar el equilibrio mental necesario para sostenerse en la cuerda floja.

La realidad, el mundo, conforman un elemento desestabilizador y la escritura se convierte en asidero para recuperar el equilibrio amenazado, si no perdido. Por ello, la palabra poética, fecundada, es fruto de reflexión, de necesaria profundización y ahondamiento entre los temas mencionados que configuran su universo poético. Entre el verso, el versículo, la prosa poética y el poema en prosa, discurren los textos que conforman el corpus de este poemario, abierto a las corrientes líricas del siglo XXI y que ya, inicialmente, se dirige a un posible lector al que reclama su complicidad a partir de los fragmentos (así los califica) que constituyen sus textos (Arquímedes lector, p. 11). Nace, pues, el libro con una intención: reclamar esa necesaria complicidad entre autor y lector para hacer fructífera la lectura del poemario.

«Job» (p. 12) es uno de los textos con más abierta carga dolorida del conjunto, pues, como apunté, cuando esta se asoma lo hace, en general, de manera más sugerida que expresa. Unos sones de acordeón o las notas de un violín en una calle pueden devolver la memoria de la infancia o invitar al ensimismamiento y, con sesgo clásico, trae a Cicerón, quizá trasunto del poeta, alentado por la amistad a retirarse para vivir una vida provinciana, aunque siempre tentado por el regreso a Roma.

El paso del tiempo parece correlato ineludible del tema de la muerte, que se halla presente en poemas como «Metempsícosis» (p. 16), en su vertiente transmutadora, y de ella a la panacea de la palabra y su fecundidad, la necesidad de hacer de las palabras algo propio para impregnarles un sello de autenticidad. En «El poeta» (p. 25) asegura: «He venido a vivir lo que leí en los libros» y reincide en la paridad de tiempo y muerte como sellos indelebles de la condición humana, no sin recurrencias filosóficas (Lacan) que sirven de apoyo para sostener el discurso poético, sin desdeñar maestros literarios: «me había ensimismado con Rilke, Juan Ramón o Darío» (Un día en la ciudad, p. 27). A través del amigo descubre el poeta necesidad de bajar a la calle y mezclarse con las gentes para conocer de cerca el pulso de sus corazones, como si procediese desde un refugio, desde una torre de marfil o buscase la protección de una urna de cristal. Toma de Machado el símbolo de la fuente para ver reflejado en el agua el tiempo que transcurre y apela a la poesía como puente de comunicación, a la evocación y al sueño como medios de recuperar, siquiera sea a través de la memoria, lo perdido, y la felicidad posible; puesto que todo es efímero y el paso del tiempo conlleva la degradación de lo existente. En Luis Cernuda reconoce parte de su identidad y sus anhelos, aunque el inicio del poema posea un innegable aliento machadiano y, ante la sensación de acabamiento subraya la necesidad de soñar y no renunciar a la esperanza. En «A Rubén Darío» confiesa: «Yo quise ser azul como tus versos» (p. 43), a quien identifica con la perfección para, posteriormente, afirmar que el reino del poeta es la palabra y su necesidad del lector para complementarse. Amor y amistad ponen el contrapunto al paso del tiempo y a una cotidianidad decepcionante.

Versos del equilibrista resulta, en fin, como una caja que, al abrirse, va desvelando paulatinamente sus misterios a quien está dispuesto a dirimir en profundidad sus laberínticos resortes y, en ese sentido, exige el compromiso del lector.