De fondo, los fundamentales no han variado mucho para los mercados financieros. Resuelta de momento la variable sobre el momento del tapering, es decir, la retirada ordenada de los estímulos de los bancos centrales, y, por tanto, la subida de los tipos de interés, las miradas están puestas en los peligros recurrentes, y sus efectos sobre unos mercados, en especial los bursátiles, y sus posibles correcciones de aquí a final de año.

Como sostiene Nassim Taleb, y más allá de sus conocidos «cisnes negros», cuanto más viejo es algo más probabilidades hay de que sobreviva. Es el efecto Lindy, por el cual, una idea o tecnología, algo no perecedero, tiene una esperanza de vida proporcional a su edad actual.

 Y la esperanza de vida de la variante delta del covid, el pico inflacionista, las tensiones en los suministros para las industrias y los precios de la energía, entre otros, se ajustan a ese efecto en relación a las expectativas de los mercados financieros. Los más recientes se atenuarán paulatinamente, el caso de la energía o los suministros, y los más perennes, el covid y la inflación, se mantendrán en mayor medida.

 Esta es una lectura más o menos generalizada en los mercados, factores descontados que, salvo ese cisne negro que podría aparecer, invariablemente se está citando estos días el caso de la inmobiliaria china Evergrande y su desenlace, no prevén demasiados sobresaltos para los niveles -bolsas y bonos- actuales. Como está siendo habitual este año y en los últimos doce meses, la renta variable americana, la europea (del conjunto no solo de la eurozona) y la internacional, siguen a la cabeza de las rentabilidades. En el caso contrario, están los fondos monetarios, es lo que tiene la liquidez inmediata, y la renta fija europea a largo plazo. Mientras sigan estos tipos, naturalmente.