reportaje

Luis del Río, un artista intuitivo que llegó a ser un genio de la danza

Este año se conmemora el centenario del nacimiento del bailarín cordobés, que recibirá un homenaje el jueves en el Gran Teatro

Luis del Río, del que se conmemora el centenario de su nacimiento, en una de sus actuaciones.

Luis del Río, del que se conmemora el centenario de su nacimiento, en una de sus actuaciones. / CÓRDOBA

Solo muere quien es olvidado, y por eso la figura del bailarín cordobés Luis del Río siempre se mantendrá viva en el mundo de la cultura cordobesa, especialmente en el de la danza. En el centenario de su nacimiento, en el Gran Teatro se le rendirá un homenaje el próximo jueves con el espectáculo Tiempo de danza en Córdoba, que será conducido por la actriz y sobrina del artista Belén Benítez.

Siendo un niño, Luis del Río se inició de manera completamente intuitiva en el mundo del baile. Según cuenta otra de sus sobrinas, Carmen del Río, «no había ningún tipo de trayectoria dancística en la familia». Tampoco había en su ciudad natal ningún lugar especializado en danza al que poder acudir a aprender y desarrollarse como bailarín. Fue por eso que la Obra Sindical Educación y Descanso, organización española de tipo cultural y recreativo que existió durante la dictadura franquista con el fin de promover todo tipo de actividades artísticas y deportivas, fue el lugar que le vio dar sus primeros pasos en este arte del que después se convertiría en referente.

Acabó como profesor de la obra sindical siendo aún muy joven, ya que enseguida empezó a despuntar y a avanzar mucho más rápido que el resto. Carmen del Río cuenta entre risas que los profesores no eran capaces de entender cómo no había ido a otros sitios a aprender a bailar de esa manera, que no llegaban a creerse que eso fuera posible, pero que él siempre les contestaba que todo nacía de su intuición, porque le gustaba, le apasionaba, lo sentía, lo llevaba dentro.

Espectáculos 8 Carteles y programas de montajes en los que participó.

Espectáculos | Carteles y programas de montajes en los que participó. / CÓRDOBA

Realizó innumerables puestas en escena siendo profesor y bailarín de esta obra sindical, trabajos que ya ponían en evidencia que en Córdoba había nacido uno de los grandes prodigios del mundo de la danza. De hecho, ya en el año 1942, y con tan solo 18 años, se subió a bailar al teatro más mítico de la ciudad cordobesa, que ahora le rinde homenaje orgulloso de haber contado como paisano con un artista como él.

Por y para la danza

Cuenta también su sobrina que durante todo este tiempo de sus inicios en Córdoba, su abuela, madre de Luis del Río, intentó que este visitara Sevilla para poder nutrirse un poco más del mundo de la danza profesional, pero los prejuicios de la época le frenaron y solo acabó yendo un par de veces.

Aún así, en el año 1947 acabó marchando a Madrid, ya que el baile se había convertido en su vida y su vida se movía por y para la danza. Allí pudo formarse de manera profesional con grandes maestros como Karen Taf, el maestro Román, La Quica, Laura de Santelmo, Regla Ortega, El Estampio o Luisa Pericet, entre otros.

Pronto se señala como «el alumno predilecto» de sus profesores y acaba en las compañías de danza más importantes, haciéndose un gran hueco como bailarín dentro de esta disciplina artística. Recorre durante esta etapa numerosos teatros y televisiones tanto en España como en el resto de Europa, en América del Norte, Oriente Medio e incluso en la África Sudanesa. En 1964 decide volver a su ciudad natal porque el grupo de intelectuales y personajes importantes del mundo cultural de Córdoba con los que se juntaba le comentaron que iba a salir una plaza de profesor titulado en el Conservatorio profesional de Córdoba.

Nada más aterrizar, y antes de titularse como profesor en el conservatorio, decidió abrir una academia en su propia casa, de donde salieron sus primeras alumnas, entre ellas, su sobrina Carmen del Río. «Nos inculcó tanto la pasión por la música y la danza que todas aquellas alumnas hemos acabado dedicándole toda nuestra vida a ello», cuenta su sobrina, que, de hecho, ha sido directora del Conservatorio Profesional de Danza Luis del Río durante más de veinte años.

Su sobrina 8 Carmen del Río, ante una imagen de su tío.

Su sobrina | Carmen del Río, ante una imagen de su tío. / FRANCISCO GONZÁLEZ

Sacó sobresaliente en el examen por unanimidad y fue primer premio extraordinario de fin de carrera. Por tanto, en 1966 es nombrado primer profesor titulado para impartir estudios reglados de Danza Española en el Conservatorio de Música y Declamación de Córdoba, convirtiéndose así en el maestro fundador que organiza todo el programa educativo oficial de los primeros estudios reglados de danza española existentes en toda la comunidad andaluza y de los pocos de todo el territorio español.

‘Las cordobesas’

Empieza aquí su importante legado como docente en el mundo de la danza. A los dos años de obtener su plaza como profesor titulado recibe el premio de la Real Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes de Córdoba con el baile popular 'Las cordobesas', que se volverá a representar en el homenaje que recibirá en el Gran Teatro. En 1972 obtiene la plaza de profesor numerario tras oposiciones libres en Madrid y en 1983 consigue, junto a un grupo de alumnas, el primer premio en el concurso Gente Joven de Radio Televisión Española con la coreografías El guerrillero y La caña y la petenera.

En 1988 termina su etapa como docente tras haber sido el director de la Escuela Superior de Arte Dramático y Danza de Córdoba, y en 1999 se concede al conservatorio la denominación de Conservatorio Profesional de Danza Luis del Río por una petición unánime del consejo escolar como reconocimiento a sus incansables e innovadoras aportaciones al mundo de la danza.

Luis del Río vivió por la danza pero la danza en Andalucía, y especialmente en Córdoba, también vivió gracias a él. Su sobrina lo describe como una persona muy inquieta que, desde incluso antes de entrar en el conservatorio, sintió la necesidad de mostrar y llevar la danza académica a toda la ciudad. Él quería crear escuela, pero no únicamente de apasionados y apasionadas por la danza, él quería crear escuela de admiradores y asistentes a los espectáculos.

En el escenario 8 El bailarín cordobés, en uno de sus espectáculos. | CÓRDOBA/FRANCISCO GONZÁLEZ

En el escenario | El bailarín cordobés, en uno de sus espectáculos. | CÓRDOBA/FRANCISCO GONZÁLEZ / CÓRDOBA

«Su objetivo y su misión eran que el alumno tenía que bailar para mostrar, para compartir su arte, no puede uno hacer una obra de arte para simplemente dejarla guardada», continúa su sobrina Carmen, que también relata que incluso él mimo se incluía en los primeros espectáculos de danza que hizo con sus alumnas de cara al público para también transmitirles a ellas la seguridad de que todo iba a estar bien y de que estaban haciendo lo correcto, compartiendo su pasión, su arte y su manera de expresarse con el resto del mundo para hacerles sentir y despertar en ellos una ilusión nueva e interés por la belleza del movimiento.

Su entorno cuenta que esta época fue inmensamente feliz para él, que todo su descanso, toda su afición y todo su ocio era el mundo del baile y de la música. Su vida era conocer música para poder coreografiarla y darle movimiento. Creaba recitales todos los años y se ofrecía siempre a estar presente para bailar con sus grupos de alumnas allá donde hiciera falta.

En una época en la que la enseñanza era individualista, él, pionero desde sus inicios, apostó por la interdisciplinariedad, por la colaboración, por el trabajo en grupo y por contar con todas las artes escénicas en su conjunto para que todo quedara perfecto.

Como profesor, era adorado y admirado por todas sus alumnas, pero también por las familias de las mismas. «Mi tío tenía eclipsadas a los padres y madres con su personalidad, se llevaba de calle a todos y siempre estaban dispuestos a ayudar con cualquier cosa que propusiera mi tío», cuenta Carmen.

Y es que, a pesar de ser una persona muy exigente, que no permitía un brazo mal colocado, hablar en la clase o vaguear lo más mínimo, también era una persona muy cercana que sabía transmitir lo bello de la danza y la pasión por la coreografía y el movimiento. También era muy generoso con sus alumnas y las ayudaba a conseguir plazas, avisándolas de cuando salían nuevas para que estuvieran alerta. «Sus alumnas hemos sido muy felices, sigo en contacto con todas y puedo asegurar que esa época fue maravillosa para todas», relata Carmen emocionada. Y no es para menos, su tío dejó un legado imborrable del que ella, además, forma parte.