Estos conciertos del miércoles y jueves pasado se han constituido, por derecho propio, en la clave de bóveda de la temporada 20/21 de la Orquesta de Córdoba. Dice la RAE que conmoción es el movimiento o perturbación violenta del ánimo o del cuerpo. Las siete palabras de Gubaidulina vividas en el Gran Teatro solo pueden calificarse de emocionalmente conmovedoras. Fue una sucesión de momentos entre el abotargamiento de los sentidos y la exclamación rebelde en una atmósfera punzante y opresiva aligerada puntualmente por breves remansos líricos de la cuerda.

Obra maestra, capaz de narrar el estado psicológicamente tortuoso -discontinuo, exhausto- de la experiencia de la muerte por medio de unos recursos tan minimalistas como el diálogo entre chelo y bayán y la participación de la cuerda a modo de corales. Jean-Gihen Queyras hizo un alarde dominio apabullante de su instrumento. Cuando la obra lo posibilitaba sacó músculo sonoro y sonido expresivo. Para el recuerdo también las inflexiones de aire sin sonido que extrajo Esteban Algora del bayán imitando el estertor del moribundo.

Que el éxito de la velada se cimentaba en el arte de Judith Kubitz se evidenció en la Sinfonietta de Poulenc, donde, ya a solas directora y orquesta, se produjo, literalmente, magia sonora. Por conducción flexible, atención a los detalles y a las transiciones, la obra fue llevada con un pulso y una naturalidad asombrosas, y se desplegó toda la belleza, picardía y melancolía que contiene, con una orquesta transfigurada.

Emocionante también el Cantus in Memoriam Benjamin Britten de Pärt. Sobre un tempo base de gran lentitud, cada sección de cuerda entraba dibujando los intervalos descendentes del lamento sobre el resto de instrumentos en pedal y el toque a intervalos de la campana, así, poco a poco, hasta la disolución final del sonido, que pareció no acabar nunca, en el silencio sepulcral de la sala.

Que en menos de un mes, Oksana Lyniv y Judith Kibutz, como aquellas dos mujeres fuertes de Tara, hayan trabajado seriamente con nuestra Orquesta y nos hayan hecho soñar con la rutina de los grandes centros musicales centroeuropeos, representa un pequeño milagro cultural desconocido para el resto de la ciudad. En estos momentos de incertidumbre, tiene un valor incalculable. Aprendamos a cuidar lo que nos cuida.