EL ZAGUÁN

Pere Gimferrer

Alejandro López Andrada

Alejandro López Andrada / CÓRDOBA

El hombre azul de las palabras fértiles, el que sabe inyectar lirios y jazmines sobre sus versos heridos de belleza. El digno sucesor de Juan Ramón que puso el mar en lenta ebullición con la tersura añil de sus metáforas sutiles como vuelos de oropéndola entre los olmos heridos de grafiosis que un día Machado en trance dibujó. En Pere Gimferrer los versos brotan como amanitas dulces. Qué fervor de plata con arándanos y endrinas recubre y enaltece su escritura. Nadie como él sabe extraer gaviotas del blando corazón de un arcoíris y extrañas frutas de oro en el temblor de los relámpagos sobre la inocencia de un verso aquilatado por su voz al mismo tiempo clásica y moderna.

Ha sido, es y seguirá siendo un maestro de la palabra envuelta por el sol que adorna de vainilla los silencios labrados por la luz de un cielo en llamas. La luz, siempre la luz abre el temblor de sus poemas ágiles y sublimes como siseos de un alcaraván surcando las colinas del amor con su aleteo de blenda. Nadie sabe urdir como él los líquenes de otoño, «la abubilla que habla a los espíritus». No hay voz como la suya, el poeta mago, la luz de Pedro el Grande, el rey del mar ardiendo con Venecia ya ido el sol.

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