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REPORTAJE

En los cristales del tiempo

Una exposición recoge imágenes de cómo era Pozoblanco a principios del siglo XX tras el descubrimiento de más de sesenta fotografías estereoscópicas | La muestra se podrá ver hasta el 1 de noviembre

La exposición: Numerosas personas han pasado ya por la muestra. RAFA SÁNCHEZ

Pozoblanco descubre, después de más de cien años, los cristales del tiempo. La reciente aparición de un elenco de más de sesenta fotografías estereoscópicas (comprendidas entre 1900 y 1905), pertenecientes a una colección particular, son motivo de alegría y regocijo para la población. La Historia, siempre ávida y ayuna de fuentes documentales, amplía su espectro con una aportación sorprendente. Los nuevos cristales tridimensionales incrementan de alguna forma el espectro de un legado ensombrecido y el avance de perspectivas distintas de la ciudad y sus gentes. Ahora se abre una ventana al pasado en el aula cultural de La Besana de Pozoblanco, con una exposición pública desde el día 20 de septiembre, que se prolongará hasta el mes de noviembre.

Ciertamente cien años no son mucho, pero lo bastante como para apreciar cambios en las formas de vida, realidades urbanísticas y el devenir del tiempo. La fotografía histórica ofrece una mirada muy particular de la vida en los horizontes del siglo XX. La técnica estereoscópica representa un hito en la evolución de los descubrimientos de la imagen; con la posibilidad de captar la realidad, proyectándola en un plano tridimensional a partir de una sencilla toma de varias fotografías con ligeras diferencias; creando en el cerebro sensación de profundidad, y una hipotética percepción de tres dimensiones metiéndonos de rondón entre el paisanaje y sus calles. La impronta fotográfica en cristales y los visores necesarios conforman el acierto del nuevo método fotográfico. Pozoblanco se incorporaba a los nuevos avances.

Pozoblanco disfruta en la actualidad del nuevo retrovisor de aquella aurora del siglo XX. Las nuevas imágenes descubiertas aportan otra mirada de la Historia. Son mucho más que un relato literario. Son verdades descarnadas que hablan muy alto sin recato. Los objetos y gentes retratadas, congeladas en un periplo del pasado (únicas e irrepetibles), ofrecen una panorámica distante de la nuestra, retrotrayéndonos a lo que hemos oído y escuchado de nuestros abuelos; lo que vislumbramos en fuentes históricas similares y hemos visto parcialmente en las pasadas décadas.

Pozoblanco se nos retrata en el primer lustro del siglo XX con esa bisagra centenaria que aúna la tradición con la modernidad. La primera y más destacada perspectiva que nos atrae, en términos admirativos, es el escenario físico y material de la villa tradicional en trance de transformación. Es el Pozoblanco que habitamos timbrado con el velo de sepia de un tiempo pasado. Aún prevalece la imagen de un poblachón centenario (5 veces) con caserío al uso, de calles y plazas sobradamente conocidas con una fisonomía más añeja de lo habitual, pero muy reconocibles. Bien parecida y tradicional resulta la calle de San Sebastián con trasiego del Nazareno, con el humilde caserío alineado, de fachadas uniformes de una planta con cámara, sencillas puertas con dinteles de piedra de granito y el ventanuco en lo alto; sin disonancia alguna de modernidad; asimismo, las casas más atildadas de la calle Real de los mayores hacendados, que recogen en sus fachadas el ornamento significativo de cornisas y labrados dinteles con pequeños alfices, ocasionalmente, mostrando el distingo social de algunos vecinos que hacen valer su poder y la renta de situación de sus propiedades; al fondo destaca postinero, junto a alguno de sus adláteres, el edificio empingorotado de renovación, el Café Colón, quebrantando la quietud y linealidad de construcciones tradicionales. El templo sempiterno de Santa Catalina se presenta aún manco de la torre, que se erige muy poco después, adquiriendo prestancia arquitectónica y magnificando una estampa que nos parece de siempre.

El ferrocarril

En aras de modernidad descuellan, igualmente, varias fotografías estereoscópicas del ferrocarril, que constituye la quintaesencia del progreso de la contemporaneidad. En primicia de escaparate se retrata la nueva estación, de edificio postinero con la factura arquitectónica de la empresa, que proyecta (de inmediato) un eje urbanístico de desarrollo (el Paseo de la Estación). A su lado se descubren –minimizados y casi obsoletos– los caballos y carruajes que antaño fueron instrumentos de progreso. La vecindad visita la construcción en lontananza con admiración e incertidumbre, como quien espera una buena nueva de fortísima resonancia. Han oído hablar de una nueva era y de las máquinas con ruedas de hierro, pero no saben muy bien lo que es. La nueva red de comunicación es promovida por la Compañía Minero Metalúrgica de Peñarroya-Pueblonuevo para sus intereses económicos, que enlazan las minas del Guadiato con las de Conquista y, posteriormente, Puerto Llano, en Ciudad Real. La coyuntura sirve a los pueblos de Los Pedroches para contar con el nuevo medio de comunicación, que se convierte en santo y seña de progreso. En los cristales de Pozoblanco apreciamos al nuevo gigante junto a un vecindario que observa expectante el invento de modernidad con la mayor satisfacción del mundo: posan y se agarran a él con el orgullo de quien captura una pieza de caza mayor; como quien se sube al tren de la modernidad en un arrebato de valentía. Son poses de intensos sentimientos de alegría y contento. Están protagonizando un momento histórico de la población y de su existencia. El tren pasa por primera vez por Pozoblanco el 5 de agosto de 1906.

De mayor significación son los retratos sociológicos (colectivos y particulares) del álbum fotográfico. Traducen con celeridad la historia de un país, de un pueblo; en ellas fluye el alma colectiva. El paisanaje del Pozoblanco del Novecientos resulta altamente interesante. A través de las imágenes percibimos con mucha nitidez las diferencias de clase, género y edad; actitudes de grupo y comportamientos individuales. En la construcción del ferrocarril despunta el tumulto de hombres y mujeres visitando el nuevo edificio, con incertidumbre general, pero ante la máquina del tren ya se observan simplemente hombres; asimismo, en el Pregón del Nazareno con todo el gentío revuelto, pero también en rituales particulares –visita del Santo en el callejero– con la compaña simplemente varonil. Los niños aparecen en las panorámicas agitados y dispersos, pero están ataviados generalmente como personas mayores, con chaquetas y un cierto desaliño de imponente humildad; bien distintos de aquellos grupos acomodados con mayor recato de clase y ajuste a sus edades, como la niña en la terraza con su refinado padre (chaqueteado) que está tan bonita y elegante. Entre las mujeres se observan las amplísimas panoplias de atavíos propios de género y oficio (criadas con mandiles), burguesas (con velos y delicados vestidos) y criadas con mandiles, mozas, manolas con pañuelos típicos.

Los retratos particulares adquieren carta de naturaleza, porque empieza a ser uso y costumbre de la fotografía personal, familiar o de grupo, vinculada generalmente a los poderes económicos y grandes eventos sociales. En los retratos particulares destacan rostros que son todo un poema; formas y afecciones encontradas, de protocolo y solemnidad, orgullo y altanería, circunspección, dolor... La religiosidad sigue siendo santo y seña de la población. Pozoblanco vibra con pasión la tradición más señera de los rituales religiosos. Con distingo festero muestran algunas fotografías las mayores alegrías y concurrencias de ocio y divertimento.

El nuevo legado de fotografía estereoscópica suma de nuevo, de forma inesperada, una panorámica más amplia de nuestro imaginario colectivo, con sorpresiva dosis de innovación técnica decimonónica.

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