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Moro, el perro de los entierros de Fernán Nuñez

La leyenda de un animal que predecía la muerte | Desde 1995, el animal cuenta con una escultura en la localidad cordobesa

Estatua de Moro en el parque Llano de las Fuentes.

Siempre se ha dicho que los animales tienen un sexto sentido y que pueden ver cosas fuera de nuestro alcance. De hecho, hay una leyenda que aún resuena entre las calles de Fernán Núñez. Se trata de la historia de Moro, más conocido como "el perro de los entierros", un animal que, se dice, podía oler a la misma muerte.

En la década de los 70 su historia resonó más allá de nuestras fronteras. En la localidad cordobesa todo el mundo conocía a Moro, un perro callejero negro, de tamaño mediano, rabo corto y con las orejas gachas. Se paseaba por la plaza y por las puertas de los bares, buscando a alguien que le diera algo para comer.

No se conoce bien su origen, pues nadie se pone de acuerdo sobre la forma en que apareció allí. Unos dicen que lo abandonó un camionero que pasaba de paso, mientras que otros cuentan que se encontró junto al cadáver de un vagabundo. Francisco Crespín Cuesta, en un libro que recoge la historia de la localidad, cuenta que el can perteneció a un vecino de la localidad sin familia, que, al fallecer, el noble animal acompañó el cuerpo sin vida de su amo y esperó durante tres días en el cementerio hasta que, por el hambre, se vio obligado a bajar al pueblo para rebuscar comida en los cubos de basura.

Al poco tiempo de su llegada, Moro se hizo muy popular entre los vecinos, debido a veces se quedaba quieto junto a la puerta de alguna casa, y, a las pocas horas, se producía un fallecimiento dentro de la misma. No tenía por qué haber una persona en un delicado estado de salud para que esto sucediera. Además, distinguía el sonido de las campanas cuando tocaban para un entierro y, en la puerta del difunto, se echaba y permanecía ahí hasta que la comitiva se pusiera en marcha, acompañándoles durante todo el itinerario. Una vez en el cementerio se echaba al pie de la fosa y esperaba a que se marchase el último de los asistentes. Incluso cuando un fernannuñense fallecía en otra localidad, el perro se colocaba a la entrada del pueblo, aguardando la llegada del coche fúnebre para luego seguirlo hasta el velatorio. ¿Quién le había dicho a este animal lo que había ocurrido? Todo era un auténtico misterio.

José Luna Eslava, alcalde que hizo la promesa, Andrés Romero Pérez, valedor de la promesa, Juan Ramírez, alcalde ejecutor de la promesa y Juan Polo, realizador de la escultura, el día de la inauguración.

Su enigmático comportamiento produjo diferentes reacciones: algunos vecinos lo acariciaban y le daban de comer, pero la mayoría lo repudiaba al creer que portaba la misma muerte. Su fama se extendió por todo el mundo gracias a medios internacionales. Por ejemplo, un grupo de reporteros de la televisión alemana se hicieron eco de la noticia y su leyenda fue en aumento. Moro se convirtió en una estrella, pero una estrella que todos querían observar desde la distancia.

Son muchos los que han dudado de la supuesta capacidad premonitoria de Moro. Los más escépticos señalan que el perro relacionaba las reuniones familiares que se producían en los velatorios y funerales con una mayor posibilidad de conseguir comida, y que, por tanto, era capaz de aprender qué patrones de comportamiento se repetían en una familia que se prepara para perder a un ser querido. Sin embargo, de haber sido este el motivo, también se hubiera acercado seguramente por las bodas y bautizos. Andrés Romero, presidente de la Asociación Cultural Los Caños Dorados de Fernán Núñez, cuenta en su libro que no sabe cómo: "no sé qué cosas harían ver al perro que en una casa había muerto un ser querido. No iba a las bodas, ni a las manifestaciones, ni a los jolgorios; solo a los entierros".

Una noche de 1983, Moro falleció en el parque Llano de las Fuentes, según cuentan los vecinos, después de que una pandilla de desalmados le propinó una gran paliza en una calle. Una vecina intentó refrescarlo con agua, pero el animal hincó la cabeza y murió. El pueblo lloró la pérdida de este animal, agradecidos por su compañía en el dolor de tantas familias.

Moro, en un entierro AYUNTAMIENTO DE FERNÁN NÚÑEZ

José Luna, alcalde en 1987, hizo la promesa en nombre del pueblo de construir una escultura en honor al animal. Sin embargo, no fue hasta el 14 de junio de 1995 cuando el alcalde en funciones de aquel entonces, Juan Ramírez, dio el empuje necesario para su ejecución a través de una suscripción popular e hizo suyo este compromiso construyendo un monumento. Andrés Romero, perteneciente a su vez a la Asociación Cordobesa Protectora de Animales y Plantas San Martín de Porres, se mantuvo durante ocho años insistiendo ante las distintas autoridades municipales para que el pueblo fuera pionero en toda España y parte del extranjero al levantar un monumento en honor a un animal. El escultor Juan Polo fue el encargado de plasmar en bronce la melancolía y tristeza que emanaba Moro. La obra fue parte de la prolongación tardía de su Museo al Aire Libre, perpetuando así la hermosa historia del "perro de los entierros". A día de hoy aún podemos encontrar la hermosa estatua en el parque donde murió.

Ante lo que se pueda pensar, esta escultura no solo representa a la cultura local y viva que no se olvidará nunca, sino que también es una estatua que representa la lucha por impedir el maltrato de los animales, debido al desgraciado final de este perro querido por todo un municipio, que durante dos décadas acompañó a más de seiscientos vecinos en ese largo y último paseo hasta el camposanto.

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