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Diario Córdoba

REPORTAJE

Muertes de reyes muy reales

Se espera que un monarca muera en su cama, con solemnidad y rodeado de sus afectos | Un repaso por la historia de España desbarata esa imagen y construye un relato salpicado de muertes violentas y rocambolescas

Manuel García Parody, con el libro ‘Muertes regias’ en las manos. FRANCISCO GONZÁLEZ

El rey Favila que murió a causa de las heridas producidas por la lucha contra un oso en las montañas de Asturias; la caída de una teja o una pedrada que mató al rey-niño castellano Enrique I y provocó a la postre la unión de las coronas de Castilla y León; la picadura de un mosquito que aceleró la muerte de Carlos V por paludismo; o el supuesto envenenamiento de Felipe el Hermoso son solo algunos de los capítulos registrados por el historiador cordobés Manuel García Paradoy en su último libro de divulgación Muertes regias, cómo murieron los Reyes de España. La obra, publicada por Almuzara, aborda los fallecimientos reales producidos en extrañas circunstancias y los cambios decisivos que esas muertes originaron. 

«La muerte nos iguala a todos, desde el rey hasta el súbdito más humilde. Sin embargo, cuando la parca se lleva a una cabeza coronada, la trascendencia es mayor que si la guadaña actúa contra cualquier otra persona», reflexiona el historiador. 

«La mayoría de los reyes, eso sí, han muerto en la cama, pocos murieron en una batalla, entre otras cosas porque desde la Edad Moderna ninguno se ha puesto al frente de los ejércitos. La guerra es para la plebe», apunta Manuel García Parody para alejar la imagen que podría tenerse de la muerte de un monarca rodeado de pompa y solemnidad. 

Con todo, hubo, cómo no, muertes ocurridas en el campo de batalla, siendo una de las más curiosas la de Pedro II de Aragón, que había sido cruzado y recibido por ello el apelativo del Católico. Sin embargo, el cruzado falleció combatiendo a los cruzados de Simón de Monfort en la localidad francesa de Murte (1213) mientras defendía a sus súbditos de Occitania. 

Felipe I | Pudo morir envenenado por su suegro. IRINA MARZO

Tanta sangre salpica las últimas horas de algunos de nuestros reyes, que ironiza el autor con lo naif de series como Juego de Tronos si se las confronta con el saldo de muertes regias ocurridas en España. Por solo apuntar unos datos: de los 33 nombres que engrosan aquella lista de los reyes godos que muchos escolares tuvieron que memorizar, 17 fueron asesinados (el 51%). Similar suerte corrieron entre los años 1009 y 1036 los califas, de los que 9 murieron de forma violenta. Además, muchas de estas muertes provocadas fueron «para aquello del quítate tú que me pongo yo», que fue el caso del primer rey godo Ataulfo, asesinado por Sigerico; Pedro I de Castilla, muerto por un sicario de su rival, Enrique II, en Montiel; o Ramón Berenguer III, el Cabeza de Estopa, liquidado por su hermano gemelo Berenguer Ramón. 

Teniendo en cuenta que para que llegue la autopsia moderna hay que esperar al reinado de Carlos V, muchas de las anteriores muertes no pudieron ser desveladas con rigor científico. Algunas otras, ya con medios, tampoco por motivos más espúreos. «Un caso que aún se debate es si la muerte de Felipe el Hermoso fue por beber un vaso de agua fría después de un partido de pelota o por el veneno que alguien colocó en el vaso. Piénsese que esa inoportuna muerte permitió a su suegro Fernando el Católico, personaje que sirvió como modelo nada menos que a Maquiavelo, recuperar el control de la Corona de Castilla que había perdido a la muerte de su esposa. Conociendo el talante del viejo aragonés cualquier cosa era posible», comenta García Parody, que emplea estas muertes también para desmontar mitos falsos de la Historia de España «como que fueron Isabel y Fernando los artífices de la unidad de España». 

Igual que en los robos hay que seguir la pista del dinero, en algunas coronaciones hay que seguir la pista de las muertes que las antecedieron para atar cabos. Así, por ejemplo, para que la corona llegara a Carlos V tuvo que morir el único hijo varón de los Reyes Católicos, el príncipe Juan, Isabel, entonces reina de Portugal, y su hijo Miguel. Además, tuvieron que apartar a Juana tildándola de loca, para que Carlos V pudiera englobar los reinos de España en una multinacional llamada imperio. «Para hacerse una idea: si esto se hubiese producido con la abdicación del rey emérito, el Rey de España ahora sería Froilán», explica el autor.

San Hipólito | Fernando IV fue enterrado en Córdoba. IRINA MARZO

García Parody emplea la muerte de los reyes para contar de otra manera la Historia de España y sitúa entre la más curiosa de todas la del castellano Sancho II en el asedio de Zamora, a quien el noble aragonés Vellido Dolfos quitó la vida cuando estaba haciendo sus necesidades biológicas a causa de un inoportuno apretón de vientre.

En Córdoba nació Don Rodrigo, el último de los reyes godos, posiblemente en el Alcázar. De este rey se pierde la pista en la batalla del Guadalete y entra en el terreno de la leyenda lo que le ocurrió. «Le acusan de la pérdida de las españas porque había pecado de codicia y de lujuria con Florinda la Cava, pero lo cierto es que la derrota de Don Rodrigo propicia la llegada del Islam a la península».  

En Córdoba, además, hay dos reyes enterrados en la Colegiata de San Hipólito: Fernando IV, conocido como El Emplazado, y su hijo Alfonso XI, muy vinculado con la ciudad e impulsor, entre otras cosas, de la construcción de Alcázar. La relación de su padre con Córdoba fue más fortuita y se debió a que el monarca había muerto en Jaén en pleno verano, «posiblemente después de haber comido demasiado y echarse una siesta», tras ser emplazado ante un tribunal por los hermanos Carvajal, que habían sido acusados, al parecer, de manera injusta de cometer un crimen. Fernando IV termina siendo enterrado en Córdoba accidentalmente, porque, aunque lo llevaban a Toledo o a Sevilla, el temor a la descomposición del cadáver por el calor precipitó la decisión de enterrarlo aquí.

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