+
Accede a tu cuenta

 

O accede con tus datos de Usuario de Diario Córdoba:

Recordarme

Puedes recuperar tu contraseña o registrarte

 
 
   
 
 

el caballo como arte

Renacimiento ecuestre

Una serie de retratos de caballos de Ramón Azañón ofrece una novedosa imagen de esos animales, liberados de cualquier elemento añadido por el hombre, donde cobran protagonismo a nivel artístico

 

Las imágenes muestran la fuerza, el dinamismo y la belleza que poseen estos animales. - RAMÓN AZAÑÓN

Ocho caballos desnudos muestran la fuerza, el dinamismo y la belleza que poseen estos animales. - RAMÓN AZAÑÓN

Antonio Pineda Antonio Pineda
28/01/2018

La Edad Media vistió al caballo de acero. El Renacimiento le otorgó un ropaje de dignidad. El Barroco lo cubrió de recargadas vestiduras hasta lo sublime. Y bien adentrado el siglo XXI un nuevo concepto de arte ecuestre lo desnuda, liberándolo de cualquier encorsetamiento de riendas, cabezadas o monturas. El caballo adquiere su verdadera dimensión. Sin ataduras. Despojado de cualquier elemento que recuerde su servidumbre con el hombre, se muestra en libertad personal, de una manera original y sin ningún elemento que distorsione el espíritu del animal.

Esta visión del caballo se puede apreciar en una colección de 16 retratos realizados por el fotógrafo cordobés Ramón Azañón, que utilizando conceptos parecidos al pictorialismo fotográfico –movimiento artístico surgido a finales del siglo XIX en el que la fotografía no era un documento en sí, sino una obra de arte, a nivel de la pintura-, y tras una selección rigurosa y un tratamiento técnico donde solo queda el animal en estado puro, consigue una creación artística del más alto nivel. Su objetivo es precisamente ése, crear una obra de arte a través de una cámara y elevando la fotografía ecuestre a la máxima categoría, con esa novedosa visión que Azañón aporta al mundo del caballo.

La serie es un conjunto de retratos de caballos en los que el animal cobra un protagonismo casi renacentista, al mismo nivel que las personas. Encuadrados solo en su propia áurea, los caballos muestran toda su vitalidad tanto anatómica como de personalidad. Cada ejemplar, en movimientos libres, en ocasiones inverosímiles, posa, sin saberlo, para la cámara del retratista, ufano el caballo de su cuerpo, su fuerza, su plasticidad y seguro de su belleza.

Azañón libera a estos animales de su entorno para convertirlos en estrellas. Es la transformación que el caballo sufrió, tras centurias de guerras y conquistas, desde el siglo XIV al XVI, centurias en las que estos animales cambiaron a los ojos de los hombres. Ya no eran máquinas para la batalla o el transporte. Al igual que las personas, entró en un período de descanso –ayudado por el cambio que supuso el empleo de la infantería por el Gran Capitán durante sus misiones en Italia-. El caballo convivió en el renacer de las artes y el humanismo. Ya no fue a combatir. Se hizo –lo hicieron- asiduo de picaderos y artistas, en donde la formación del caballo y la belleza fueron las pautas principales. Entró a formar parte de un nuevo paisaje y del paisaje de las calles italianas. Dejó de ser un compañero de guerra convirtiéndose en centro de admiración del hombre.

En la Italia del quattrocento y del cinquecento le dieron un lugar preeminente al caballo. Fue el artífice de la gloria de los poderosos como elemento distintivo y de lujo. Lo cuidaron y lo educaron para formar parte de la élite. Los representó y unió a Papas y emperadores, como en la coronación de Carlos I en Bolonia, acompañado por el Papa Clemente VII. Fue un elemento admirado por los artistas italianos y encumbró en las grandes plazas a diversos prohombres elevados por el caballo. Las estatuas ecuestres fueron desafiando la gravedad y convirtiéndose en obras de arte. El caballo era el centro de estas obras. Llevaba el peso del prestigio. Formaba parte del arte.

Decoró habitaciones principales de palacios; fue protagonista de tratados enjundiosos; objeto de posesión envidiable; poseedor de jaeces realizados por artistas de diferentes ramas para ser ensalzados; se estabuló en pequeños palacios como fueron las caballerizas de los reyes y nobles; se procuró su salud; se vigiló su alimentación; se cuidó con prontitud y se valoró como animal noble. El más noble.

Esta fascinación renacentista es la que ha llevado a Ramón Azañón a enfocar sus trabajos precisamente en el caballo. No en el deporte; no en el ocio. Sino en el arte. Cada retrato es un nuevo concepto de fotografía ecuestre. El caballo es el único y auténtico protagonista, tras una minuciosa selección de la foto y un concienzudo tratamiento, centrándolo en fondos acordes con la capa del animal y con los movimientos de los que disfruta.

Son retratos en los que cada animal manifiesta una personalidad distinta, enriqueciendo la visión del mundo ecuestre, aunque con la desnudez natural, con la visión que el hombre renacentista lo quiso realzar en esta sociedad que miraba al pasado clásico, ese pasado en el que se representó al caballo desnudo junto a personajes mitológicos, como los dioscuros Cástor y Pólux. Es precisamente en este contexto en el que Azañón retoma el retrato ecuestre pero en fotografía, hasta adaptarlo al mismo nivel que la pintura, pero sin abusar de filtros, solo creando a través de las imágenes obtenidas, rodeándola de un entorno lleno de dinamismo, serenidad o elegancia, según el ejemplar que se trate, destacando unos movimientos que quizás no pertenecen a lo enseñado en los picaderos renacentistas italianos para elevar a categoría de arte la equitación, pero que los poseen estos nobles animales en su desenvolvimiento natural; movimientos que no se han adaptado a las escuelas ecuestres clásicas, pero que son propios de caballos soberbios en libertad. Este es el verdadero valor del retrato de esta serie de láminas, unos retratos que abandonan la rigidez de la fotografía ecuestre para mostrar la personalidad de cada caballo en un entorno de vitalidad, dinamismo y singularidad.

Los 16 retratos pertenecen a la colección Caballos toreros, que Ramón Azañón ha realizado sobre los ejemplares que la rejoneadora francesa Lea Vicens –número 1 en el ránking de rejoneadores- utilizará la próxima temporada.

Con este trabajo el autor anticipa un nuevo concepto de fotografía, cercano al pictorialismo y como hecho artístico en sí mismo, en donde el caballo es el elemento central per se, sin aditamento de ningún tipo.

Es el caballo como arte. Un arte que muestra toda la belleza del caballo desnudo.